Un poeta puesto a escribir un diccionario. A "perpetrar", dirá Andrés Neuman, autor de "Barbarismos", el delicioso volumen que Páginas de Espuma editó en los últimos días y que el escritor, que vive desde la adolescencia entre Granada y Buenos Aires, vino a presentar a la Feria del Libro junto a la reedición que publica Alfaguara de su novela "Bariloche".
Desde que comenzó a publicar, los lectores saben que cada vez que se enfrentan con un texto de Andrés Neuman acuden a una cita de honor con el lenguaje. Sea en sus novelas ("Bariloche", "La vida en las ventanas", "Una vez Argentina", "El viajero del siglo" y "Hablar solos"), sus cuentos, sus poemas, sus haikus o sus aforismos (hay que leer una y otra vez "Década", que compila diez años de su obra poética), siempre sobre el papel vive el resultado de una artesanía construida con palabras, metáforas y signos de puntuación. Y con la cadencia que el escritor heredó de sus padres músicos.
Es posible postular que frente a una obra extensa y compleja (Neuman cumple 40 años en 2017) el rumbo hacia la confección de un diccionario propio era natural. Es sólo una conjetura a la que alguien podrá sumarle otra: Neuman ama a Jorge Luis Borges y por eso decidió homenajear su pasión por los diccionarios con un catálogo de palabras definidas con belleza poética.
Andrés Neuman visita por estos días Buenos Aires y en su apretada agenda se hizo un espacio para visitar la redacción de Infobae y entregarse a esta charla cruzada por Borges, el lenguaje, los diccionarios y el valor que le asigna a la reescritura.
—Qué linda idea. O una raíz cuadrada también, porque tiene algo de dispersión, de multiplicación; es un diccionario irónico, una especie de sátira de los diccionarios y en ese sentido tiene algo de multiplicador verbal, pero también tiene algo de reducir a la mínima expresión, de destilar en unas pocas palabras cada uno de los verbos. Es lo que tiene ese género literario llamado diccionario, que es un género literario, a pesar de que parece una prosa muy neutral y objetiva. En realidad tiene que hacer varios esfuerzos literarios: por un lado, es un proyecto unitario articulado que tiene algo de novela imposible y, por otro lado, necesita la precisión absoluta del género aforístico. Verdaderamente, definir un concepto en una sola oración es un ejercicio literario de primer orden, pero también tiene algo, que para mí es lo más conmovedor de los diccionarios, de quimera poética. ¿De verdad se puede definir un objeto o una idea en unas pocas palabras? ¿Es eso posible? Entonces hay algo de disparate poético en perpetrar un diccionario.
—Qué linda palabra deleitable. Borges hubiera sido capaz incluso de decir delectación, que ya nadie sabe qué es. Estoy de acuerdo y de hecho un diccionario tiene —por seguir con Borges— algo de El libro de arena. Es muy difícil leer dos veces el mismo diccionario, además es una lectura que nos acompaña a lo largo de toda la vida. Es un libro que está destinado a no ser agotado, por un lado, por su lector y, por otro, por su propio objeto de estudio, porque la lengua no deja de crecer, no deja de modificarse, hay palabras que salen, palabras que entran, palabras que se redefinen y es la parte que más me interesa del diccionario: que parece una operación museística de institucionalización de la lengua, pero en realidad es un territorio de batalla política y es una cosa muy líquida. Según cada época y cada ideología de época, las palabras van cambiando de definición; no solamente hay palabras nuevas y palabras que caen en desuso, sino palabras que necesitan ser redefinidas.
—Un ejemplo realmente absurdo del diccionario de la Real Academia: hasta la edición de los años noventa definía alcaldesa como 'esposa del alcalde' y nos consta que para entonces hacía ya rato que existían las alcaldesas. ¿Esa demora a qué obedece? Uno puede decir que el diccionario —argumentan los académicos— es de tranco largo y necesita verificar los cambios históricos antes de introducirlos en el diccionario; sin embargo, las palabras que provienen del entorno digital entran rápidamente en el diccionario. El léxico asociado a Twitter ya está en el diccionario. Sería interesante por qué para algunas cosas el diccionario demora mucho y, para otras, se apura. Ahí hay una toma de postura y de esa toma de postura está hecho este libro. Es una especie de diccionario otro o contradiccionario que trata de reflexionar acerca de cómo viven las palabras adentro de los diccionarios.
—Hay mucha política en el libro, mucha literatura y cultura, y hay mucho léxico asociado a lo íntimo y a lo sentimental. Creo que son los campos semánticos que más aparecen: lo público, colectivo e ideológico; lo emocional, intimista y más subjetivo, y, finalmente, lo asociado a la literatura en particular y a la cultura en general. En cuanto a lo político, me interesaba que el libro se dejara impregnar de la temperatura de época, porque los diccionarios acompañan a su época también. Esto fue escrito en un momento de mucha crisis financiera y con la idea misma de la democracia y su capacidad representativa. Vivo en España desde chico, pero estoy muy conectado con Argentina y se acordarán de todo lo que pasó en Grecia a comienzos de la década pasada y en esa época escribí una de las entradas, que es democracia y que en una de sus acepciones dice 'ruina griega', haciendo un poco una observación irónica en dos sentidos históricos. Uno, por supuesto, a la cuna de la democracia y a la historia ateniense de la democracia, pero también a la situación actual de Grecia. Es algo que también procuré hacer en este librito, recurrir a la memoria larga de las palabras y aquellos vocablos que están muy conectados con el comienzo de la cultura: muerte, amor, corazón, dolor, madre. Esas palabras que atraviesan todas las épocas y, por otra parte, aquellas otras que tienen que ver con el debate muy actual, como dolor o Twitter. Me interesaba que este diccionario tuviese un rango temporal amplio, porque las palabras sirven para hacer memoria y también para nombrar la actualidad, ese es el gran poder del lenguaje.
—Es posible, me interesa mucho el mundo digital como fenómeno, pero también como conflicto léxico. ¿Hasta qué punto van a permear nuestro habla del futuro inmediato todas estas palabrejas que se meten en nuestras conversaciones? La decisión tan difícil que debe tomar un diccionario, que necesita ser un libro de arena, como decíamos, para poder incorporar ese repertorio léxico. Precisamente, que los diccionarios tengan que hacer el esfuerzo de pararse frente al presente es lo que los salva. Mi idea de la lengua no es para nada museística y mucho menos centralizada. La definición de español es 'idioma que le queda grande a España'. Es decir, me interesa cómo la lengua está en constante tensión transatlántica y esa tensión tiene mucho que ver con mi vida, familia argentina e infancia española. Es interesante tratar de tener un oído ambidiestro, cómo la lengua viaja y se modifica, de un lado al otro del mar, y también a lo largo de Latinoamérica, porque evidentemente las palabras que se emplean en México o en Colombia no son las mismas que se emplean en Argentina. Esa especie de ejercicio de reflexión sobre lo que nos une y lo que nos diferencia se puede reflejar muy bien en un diccionario de la lengua, una lengua que es la que más países tiene.
—Sí, y de nuevo con una ayudita de Borges, creo mucho en la reescritura. Me parece que la escritura y la reescritura forman parte del mismo proceso. No tengo una idea muy esencialista de la palabra dicha, lo dicho puede ser redicho, contradicho, posdicho. [Miguel de] Unamuno hablaba mucho del posjuicio frente al prejuicio, que él prefería el posjuicio, es decir, todo aquello que se piensa después y eso, por supuesto, modifica una escritura, independientemente de cuánto uno haya corregido un libro. Puedo pasar dos, tres o cuatro años corrigiendo un libro, pero diez o veinte años después ese libro no solamente va a decir otra cosa para sus lectores, sino para su propio autor. Creo que los libros que son reescritos, por supuesto con respeto por el original y tratando de dialogar con la estética del libro, no tratando de que sea otro libro, sino un libro mejor. Creo que esos cambios le dan como capas geológicas a la escritura, me parece que, cuando un escritor reescribe, no es que deja de ser él mismo, es más él mismo, es un libro que registra también los cambios lingüísticos, emocionales del propio autor.
—A mí me gusta mucho, como lector medio fetichista, comparar las versiones de un texto y el mismo Borges, que parece ser el leitmotiv de nuestra conversación, cuando reeditó sus libros de poemas de juventud y no tan de juventud, en sus Obras completas, decía: "He pulido algunos excesos, he modificado algún otro exabrupto" y comparás el original con lo que hizo y los cambios fueron bastante más drásticos que eso. Cuando tuve ocasión de que los primeros libros que se publicaron en Anagrama, hace aterradoramente para mí quince años, fueron venciendo contrato, los fui pasando a mi editorial actual, que es Alfaguara, y me pareció que valía la pena rehabitarlos y volver a trabajarlos y es una experiencia casi de taller, fascinante: cómo afrontamos la relectura del propio texto y la intervención en él sin bastardearlo y sin violentar sus sentidos originales, pero aportando otros. En cierto modo uno se convierte en una especie de traductor de un original que muy accidentalmente era de uno.
—La idea del barbarismo era indefinible, porque de algún modo la definición de esa palabra recorre todo el libro. Atravesar este libro es empezar a definir la palabra barbarismo. La pensaba en todos sus múltiples sentidos o acepciones. Hay un juego con toda la raíz de lo bárbaro. Por un lado, hay un ejercicio de reescritura salvaje de la norma lingüística; por otro lado, es un libro que trata de reflexionar sobre la barbarie de nuestro presente y en la que participamos todos. Está, sin duda, el término técnico-lingüístico de barbarismo, que fue definido antiguamente como una palabra o malsonante o inapropiada, que provenía de afuera, una palabra que agredía el idioma y a mí me parecía interesante invertir el valor y que el barbarismo fuese algo positivo.
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