Dos historias de sufrimiento de "los otros dreamers" mexicanos

 AFP 163
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El libro de la doctora en Estudios Mexicano-Estadounidenses Jill Anderson (nacida en Utah, criada en Texas y residente en México desde 2007) y la fotógrafa Nin Solís cuenta la historia de Saúl, el segundo de los cuatro hijos de un matrimonio de comerciantes de frutas y verduras. "Era constante nuestra crisis económica y carecíamos de ropa y comida", dijo a la autora. "En un momento de desesperación tomé una decisión de ir a Estados Unidos a los 14 años de edad".

"Pasé el examen de admisión a la universidad, pero no admitían indocumentados y me decepcioné mucho. Ahí se murieron mis sueños"

Se fue solo. Debió sobornar a la policía antes de llegar al punto de cruce, donde se sumó a un grupo coordinado por coyotes. "De ahí me subieron a una minivan con doce personas y nos íbamos acalambrando, sudando, llorando, sufriendo por no poder movernos, y así llegamos a Phoenix, Arizona". Un primo que vivía en el estado de Washington lo buscó y lo llevó con él; luego de trabajar en el campo marchó con un amigo a Milwaukee.

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En una agencia de trabajos temporales le consiguieron encargos para cortar pasto y le sugirieron que comprara los documentos de otra persona. Se convirtió en Jovany. Consiguió un trabajo de operador de máquinas, y allí conoció a un profesor del Milwaukee College que lo contactó con la encargada del programa HELP, para inmigrantes que quisiera aprender inglés y terminar la escuela media.

"Me sentí seguro de mí mismo para hacer el examen de admisión para entrar a la universidad. Lo pasé, pero no admitían indocumentados y me decepcioné mucho. Ahí se murieron mis sueños".

Pasó siete años más en diferentes tareas, con el denominador común de un techo de crecimiento. En 2009, cuando su hermano le avisó que se casaba, tomó su carro y manejó desde Milwaukee a su pueblo en Oaxaca. Se casó, ha probado con varios negocios sin mucha suerte por ahora. Tiene un hijo al que quiere dejarle "un buen legado".

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De Durango a Wichita

Al padre de Claudia lo asesinaron en Durango en 1987. La madre, que recibía amenazas y temía a la indiferencia policial, decidió llevarse a sus hijas a los Estados Unidos. Claudia tenía casi 12 años. En Wichita, Kansas, se casó en 1998, y allí nació su hijo en enero de 2000. El niño tenía cinco años y estaba en la escuela cuando detuvieron al marido de Claudia, y a Claudia apenas ingresó en la unidad policial donde lo retenían. "Con una fianza me dejaron salir del país un par de días después, pero el caso de mi esposo fue más difícil, pues lo acusaron de usar un seguro social falso. En 2006, cuando el juez deportó a mi esposo, a mí se me derrumbó el mundo", contó para Los otros Dreamers.

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La familia les dio la espalda; creían que su esposo era un delincuente. Ella se certificó como maestra de inglés. El niño sufrió mucho: primero confundido entre el inglés y el castellano, luego por el bullying en la escuela, donde lo llamaban "pocho" y "gringo". La policía secuestró a su esposo y lo liberaron a cambio de dinero; dos asaltantes les robaron su vehículo; la universidad la rechazó porque no aceptaba su diploma de high school estadounidense. "Hay días que me siento tan vacía, pues pareciera que mi pasado no existe, pareciera que todo fue un sueño, y si veo el futuro no hay nada".

Desesperada por regresar a los Estados Unidos, divulgó su historia en redes sociales. Un día recibió un llamado de la National Immigrant Youth Alliance. La invitaron a cruzar a los Estados Unidos con su hijo para participar de una acción de desobediencia civil y solicitar una visa humanitaria. Cruzó el puente en Nogales con varias personas. Fue llevada a un centro de detención. Busca su victoria en el país que llama hogar.

"Y trato de dar esperanza a las familias expuestas a la separación injusta"

, como la de ella.