—El término tercer mundo es casi un termino vintage hoy. Sin embargo, hay una vuelta a ese vintage político en el que esta el mundo. Los últimos días hemos visto como Barack Obama en Cuba ha dicho que este es el fin de la Guerra Fría, y que este acercamiento entre los Estados Unidos y Cuba marca el fin de una era. Y esa era de la que el habla es precisamente la era en la que existía el tercer mundo. Yo tengo la sensación de que el tercer mundo se está volviendo a poner de moda. El mundo tiene ahora un Papa tercermunidsta, el presidente de los Estados Unidos es hijo de un africano, hay atentados de Europa que vienen pensados desde países tercermundistas. Hay un cruce y una participación que me interesaba a mí, en la que el mundo giraba hacia el tercer mundo, que es lo que siento que está pasando.

—Mira, yo estaba haciendo un viaje de Madrid a Santiago de Chile y venían muchos españoles que venían a buscar trabajo a Latinoamérica. Y una de las chicas me dice: "Esto es una vuelta a tercer mundo". Me gusta la idea de plantear el tercer mundo como una amenaza permanente de volver a nuestras precariedades. Entonces, cuando estamos caminando por Buenos Aires y vemos que hay un tránsito muy lento decimos que es el tercer mundo. Si en España hay crisis, lo mismo. Durante su campaña, Donald Trump dijo: "Estados unidos parece un país del tercer mundo". La amenaza del tercer mundo me motivó a dar una vuelta al tercer mundo y ver en qué cosas conectábamos y en cuáles no.

—Entonces fue ése el motivo de su viaje.

—El motivo central del viaje es que a mí me invitaron de una revista colombiana a hacer un viaje al espacio. Y después de mucho ida y vuelta, yo lo rechacé. Nunca había rechazado en mi vida un viaje, yo hacía todos los que me invitaban. Me parecía casi una coquetería decir que el primer viaje que iba a rechazar era un viaje al espacio. Pero es que me interesaba mirar el mundo no desde afuera, sino desde la primera línea de fuego, que es lo que siento que tiene que hacer un cronista. Una vuelta el tercer mundo es un libro que tiene la parte clásica de los libros de viaje históricos, pero como es solo por lugares tercermundistas tiene distintas conexiones. En todos los países había cosas que se repetían.

—La camiseta del "Che" Guevara.

—Y sí, este es un libro de turismo en el que el tercer mundo termina siendo una caricatura. Y donde todo el tercer mundo termina inventándose una caricatura turística para que venga la gente del primer mundo, nos compre y nos pague. Pero desde un principio yo en este libro estoy buscando un pensamiento global tercermundista. Como nos podemos unir en el tercer mundo.

—Para mí, lo principal sería pensar que hay una identidad tercermundista y no que el tercer mundo quiera ser como el primer mundo. Ha habido muy pocos caminos en los cuales se quiso instaurar una identidad, y precisamente han sido principalmente argentinos los que han querido hacer este proyecto ambicioso de unir al tercermundo a nivel mundial. Estaba Perón, con el tercerposicionismo, que obviamente no terminó resultado; el Che Guevara, con la internacionalización del socialismo; y ahora esta el papa Francisco. Yo voy cuando asume el Papa y en un momento él se junta con la presidenta de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, y el presidente de México, Enrique Peña Nieto. Y cuando están los tres con el Papa, yo digo: "Es el gran momento de Latinoamérica para el planeta, ¿qué es lo que van a decir en el discurso?" Y al final no dijeron nada y estaban todos preocupados por quién salía más cerca del Papa en la foto. No tenemos una identidad y siempre llevamos todo a vendernos como un folclore.

—También está el caso de los mineros de Chile.

—Yo viajo a la mina y estoy con uno de ellos. El minero me dice: "Yo quiero convertir esto en Disney". Y no me lo dice porque sí, sino porque cuando a ellos los sacan de la mina, al primer lugar donde los llevan es a Disney, y los hacen desfilar a los 33 con las orejas de Mickey afuera del castillo. Después lo llevan a Hollywood y luego a Londres, a un partido de la Champions. Ellos querían convertir su tragedia en una película de Hollywood, que la terminaron haciendo y estaban muy felices porque Antonio Banderas interpretó a uno de ellos, pero además querían hacer un destino turístico para que viniera gente de todo el mundo.

—Para mí fracasó desde su origen, porque ellos podrían haber dicho: "Nosotros vamos recorrer el mundo dejando en claro que no pueden existir minas donde se trabaje en estas condiciones. Nuestro ejemplo va a ser para que no se repita más". Pero no, su ejemplo fue hacer un Disney para que vengan todos los gringos. Ellos se comparan mucho con la tragedia de los uruguayos, quienes llevan 50 años haciendo una verdadera industria de su tragedia porque tenían otro nivel de preparación. De los mineros, más del 70 por ciento sigue siendo alcohólico y más de la mitad ya volvió a trabajar en la mina. Por los derechos de la película les pagaron 500 dólares. En general, todos los intentos del tercer mundo de hacer un cambio y una revolución terminan siendo absorbidos.

—Entonces este pensamiento global tercermundista del que habla es una identidad en común para generar una revolución.

—Nosotros somos países tercermundistas y tenemos que entender que el sueño de un país tercermundista no puede ser ser del primer mundo.

—En muchos casos sí, y ese es el problema, que entonces nuestra identidad es querer ser lo que no somos. Este sueño de que la meta es el primer mundo no nos permite tener una identidad propia, que no se cuál es y en el libro la salgo a buscar. Pero además, en el caso de Chile, los políticos dicen que no nos hemos podido convertir en un país desarrollado por el barrio en el que nos tocó vivir. Como si nuestro barrio hubiera tenido que ser Suecia...

—Yo estoy seguro de que la crónica latinoamericana y el boom que ha tenido es precisamente porque nuestras historias son muy fuertes, muy entretenidas y muy sintomáticas de una realidad. En el libro, por ejemplo, cuando voy a Chiapas quiero ver qué pasó con la revolución del subcomandante Marcos. Cuando voy por San Cristóbal de las Casas entrevistando gente, en un momento le pregunto a una chica dónde está la revolución. Porque uno ve que venden souvenirs pero no mucho más. Y esta chica me dice: "La revolución está dos cuadras para el frente, doblas a la derecha y caminas 500 metros". Yo sigo el camino y veo que en la esquina hay un gran bar que se llama La Revolución. Hay que contar esa historia, nosotros nos tenemos que hacer cargo de Latinoamérica. Que los problemas del narco en México los cuenten los cronistas mexicanos y no Sean Penn o Hollywood.

—¿Qué influencias reconoce en su actividad? En el libro lo menciona a Martín Caparrós.

—Yo viví acá y a Caparrós lo conozco mucho, él esta haciendo un trabajo hace tiempo. Tomás Eloy Martínez fue mi maestro en Fundación Nuevo Periodismo y trabajé con él. Pero esta es una cosa que viene de muchos años antes. José Martí y Rubén Darío son personas que estaban haciendo lo mismo. Yo tengo un concepto que es periodismo portátil , que se trata de viajar por el mundo y contar historias para cualquier parte. Martí lo hacia hace 100 años.

—Yo soy enemigo declarado de esa gente. De hecho, les puse un nombre: cronistas miseria. Hacen una crónica de una miseria, dividen el mundo en blanco y negro, y entonces todos los problemas son de una lado y no del otro. Y este cronista miseria después, en un bar de Nueva York, donde se ganó un premio que le dio el primer mundo, cuenta con un Martini en la barra cómo fue que se sumergió en la gran pobreza para ganarse un premio afuera. Yo creo que el problema que tienen ese tipo de cronistas es que no entran en la miseria humana, que es con la cual uno puede hacer algo mas universal. Si uno hace un libro donde pueda penetrar en esa miseria, te van a poder leer en Francia, Italia, y en todo Latinoamérica.