Más de tres millones de personas marcharon en domingo en grandes ciudades de Brasil, en protesta contra el gobierno de Dilma Rousseff y con ácidas críticas a los políticos y la corrupción en las instancias estatales. Pero mientras los analistas hacen cálculos sobre qué peso tendrá la histórica convocatoria sobre la ya complicada gestión de Dilma, el carnaval opositor consolidó sin demoras el prestigio de la estrella del momento: el juez federal Sergio Moro, quien tiene en sus manos la causa que podría mandar a la cárcel a Luiz Inácio Lula da Silva y a miembros de su familia por presunta corrupción.


"Juez Sergio Moro: sólo le falta detener al jefe de la banda: Lula", "Todos somos Sergio Moro", o "Juez Moro estamos contigo: atrápalos a todos" eran algunas de las leyendas que se repetían en carteles durante las manifestaciones, donde abundaron los disfraces alegóricos y hubo hasta un muñeco "SuperMoro", en cuya espalda de goma se leía "cazador de corruptos". En contraste, abundaron los ataques a Dilma, Lula, el oficialista PT, la "robadera", los subsidios a los pobres y los políticos en general. En la marcha -según Datafolha- el público asistente dijo no avizorar un sustituto ideal para Dilma, ni nuevos líderes modélicos, ni soluciones inmediatas a la crisis actual. El público era en su mayoría, según la encuestadora, de altos ingresos y con formación superior y salió a las calles a expresar su hartazgo. La solitaria unanimidad fue, de nuevo, el juez Moro.


Moro es un abogado de 42 años especialista en crímenes financieros que -aunque no desprecia las lisonjas-, sonríe poco para las fotos. A la cabeza de la Operación Lava Jato, que investiga el desvío de fondos de Petrobras, ha puesto en prisión a algunos de los más renombrados empresarios de Brasil, y ha dado señales de que hará lo propio con políticos de la élite oficialista. Su método -prisiones preventivas hasta nuevo aviso, que sólo se relajan a cambio de delaciones-, ha sido cuestionado por expertos en temas jurídicos, quienes advierten que su celo "anticorrupción" contamina la lógica jurídica de sus fallos; también estiman que Moro es juez de primera instancia y sus veredictos podrían derrumbarse en instancias superiores. Sus antagonistas le atribuyen simpatías por el opositor Partido de la Social Democracia Brasileña, PSDB, partido que podría subir al poder si Dilma saliera de escena.


Émulo del monje Savonarola o apenas frío cazador de corruptos -según se lo mire-, Moro ha tenido deslices que dan munición a quienes le acusan de no ser imparcial. El viaje de Lula desencajado, el pasado 4 de marzo, para declarar obligado a pesar de no haber sido convocado previamente, mereció la condena de juristas y hasta de un magistrado de la Corte Suprema, Marco Aurelio Mello. Pero según el juez, la "conducción coercitiva" del ex mandatario se justificaba porque si llegaba a declarar con hora agendada podrían sucederse manifestaciones callejeras "que no aparentan ser totalmente espontáneas" y que podrían "implicar lesiones a inocentes". Lula, indignado, acusó a Moro de haber montado "un show" con su persona.


Entre otros honores, el juez ha sido destacado como personaje del año por revistas, asociaciones de medios, entidades empresarias y de jueces; con frecuencia es aplaudido en restaurantes o en las calles por el público. El pasado 8 de marzo, Día de la Mujer, su madre -la profesora jubilada Odete Moro- era homenajeada en la alcaldía de Maringá (estado de Paraná) en su calidad de líder de iniciativas de caridad, pero fue presentada en el acto como la madre del juez Moro; a seguir, activistas políticos empezaron a dar vivas a Lula, "Mi hijo y su equipo están trabajando por el bien de Brasil", se defendió doña Odete al día siguiente en charla con una periodista, y concluyó: "quieren vincular a mi hijo con el (opositor) PSDB".


Sensible a su proyección pública, Moro sale a defenderse (siempre por escrito) cuando estima que su imagen pierde majestad; también se emociona ante el clamor de la multitud. El domingo 13, cuando la histórica marcha antigobierno estaba en su apogeo, Moro le envió un mail a una periodista del canal de TV Globo News en el cual pedía a los políticos "escuchar la voz del pueblo". "Me conmovió el apoyo a las investigaciones de la denominada Operación Lava Jato. A pesar de las referencias a mi nombre, quiero resaltar la bondad del pueblo brasileño al éxito hasta el momento del trabajo institucional que involucra a la Policia Federal, Ministerio Público Federal y todas las instancias del Poder Judicial", agradeció el hombre del momento.


Analistas ya se quejan de que Moro no parece sentirse incómodo con la notoriedad que -temen los descreidos- podría influir en sus fallos. "Sería bueno que cuidara las apariencias", le recomendó el columnista Bernardo Mello Franco.


Moro, el juez del interior que se animó a investigar la corrupción en Petrobras, por estas horas luce imbatible. El lunes (14) la jueza de Sao Paulo que debía decidir si Lula entra en prisión por la supuesta propiedad de un apartamento de lujo en Guarujá -equipado por contratistas de Petrobras-, transfirió el caso a Moro.


Temiendo que el juez de Curitiba incluya el caso como parte de su investigación de coimas en Petrobras, Lula se cura en salud: por estas horas evalúa aceptar un ministerio en el gabinete de Dilma, lo cual le permitiría acceder a un fuero judicial privilegiado, en el Supremo Tribunal Federal y lejos del juez estrella del momento.


La autora es editora de la Agencia Brasil 247.