La historia de la condesa que huyó de Francia con su jardinero y murió en el Chaco en un malón

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Hasta hace algunos años, la historia de "la Condesa francesa" todavía formaba parte de la tradición oral transmitida de padres a hijos en Resistencia. Hoy, desaparecidos ya todos los testigos directos, nos queda sin embargo el trabajo de escritores e historiadores que hallaron en la vida de esta singular mujer materia interesante de investigación y relato, ya que, más allá del destino individual, la historia de Alice Le Saige permite reconstruir también la de una ciudad y su región.

Sobre la Condesa se ha escrito una biografía novelada –La Condesa de las tierras tobas, de Sixta Segovia de Giuliano-, un detallado trabajo –Trágico destino de la condesa Alice Le Saige, de Ramón de las Mercedes Tissera- y, más recientemente, el periodista e historiador Rolando Pérez Beveraggi le dedicó un capítulo de su libro Resistencianos, en el que retrata a varios personajes emblemáticos de la ciudad. "Ella fue una protagonista fundamental, vivía en un Palacio y vino a la nada", dijo Pérez Beveraggi a Infobae, en referencia a la realidad chaqueña de aquellos tiempos.

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Contra lo que se suele pensar, la última "frontera" con el indio no fue el sur pampeano o patagónico, sino la región chaqueña (el norte de Santa Fe, y las futuras provincias de Chaco y Formosa). Allí se produjo una oleada de malones a fines del siglo XIX. Sin embargo, como veremos, aunque murió en medio de uno de ellos, a Alice Le Saige no la lancearon los indios. Pero vayamos al principio de esta historia.

Como lo señala Pérez Beveraggi, el contraste entre el castillo de Cheronne, en las inmediaciones de París, en el cual nació y creció Alice Françoise Marie de Chavagnac y la tierra montaraz en la cual acabó sus días es muy grande. Su familia pasó de integrar el séquito de María Antonieta a padecer sucesivas pérdidas de privilegios, al compás de los avatares de la época revolucionaria, que fueron minando el Antiguo Régimen.

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Nacida en el año 1840, Alicia había recibido una educación bastante sofisticada. A los 23 años, en 1863, se casó con Raoul Le Saige, vizconde de Villesbrune. El matrimonio tuvo seis hijos, dos varones y cuatro mujeres.

Al parecer, ante las dificultades económicas que empezaron a enfrentar los Le Saige, fue Alice la que demostró espíritu emprendedor, consagrando las tierras del antiguo feudo de Cheronne a la producción agrícola y en particular a la floricultura.

Una relación peligrosa surgió entonces entre la condesa y el plebeyo

Apareció así el tercero en discordia: Magni –sólo así se lo conoce-, un jardinero que madame Le Saige trajo a la propiedad para asesorarse en la producción de flores destinadas al mercado parisino. Una relación peligrosa surgió entonces entre la condesa y el plebeyo. Enterado del asunto, la reacción del Vizconde fue más bien civilizada para la época: Alice no fue repudiada, y se acordó una separación amigable. Incluso se repartieron los hijos. La Condesa se marchó con los dos varones y las cuatro mujeres quedaron con el padre. Lamentablemente se ignora de qué forma decidió ella poner rumbo hacia el fin del mundo.

Pero lo cierto es que, pese a que no era demasiado joven –48 años era una edad considerable por aquellos tiempos-, Alice Le Saige no temió iniciar una nueva vida en tierras ignotas al otro lado del mundo. Y se embarcó hacia Buenos Aires junto con sus hijos varones, Roland y Xavier, de 14 y 10 años respectivamente, y con el jardinero que, en América, sería presentado como un "tío".

Una vez en el Plata, le conceden a Alice veinte mil hectáreas en arriendo, en una región conocida como Campo Arocena, muy cercana a Resistencia, a unos 40 kilómetros del centro de la ciudad.

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Cuando la Condesa llegó a la zona, Resistencia era apenas una colonia, fundada hacía sólo 13 años, con una primera oleada de inmigrantes del Friuli, noreste de Italia.

La comitiva de Alice Le Saige habrá resultado más que exótica a su llegada al puerto chaqueño de Barranqueras –la vía fluvial era la usual para estos traslados en aquel tiempo-: aunque pequeña, incluía, además de los baúles de cada pasajero, un piano de cola y una imagen de Santa Ana, en hierro, de gran porte.

Como es de suponer, las autoridades chaqueñas intentaron disuadir a la Condesa de ocupar las tierras concedidas o al menos alertarla de los riesgos. "Las fotos de más de cien años de Resistencia están llenas de mangrullos", señala Pérez Beveraggi.

Pese a todo, a sólo dos meses de haber llegado, Alice Le Saige ya estaba instalada en una casa de madera de dos plantas rápidamente construida, en lo que pasaría a llamarse Estancia Santa Ana, por la imagen traída desde Francia por la Condesa e instalada en el patio de su nuevo hogar.

En los diez años siguientes, Alice no sólo se adaptará totalmente a la dura vida en el monte chaqueño sino que convertirá a Santa Ana en el principal emprendimiento ganadero de la zona. Y ello pese a los contratiempos, como el temprano abandono de Magni, que la deja para irse al Paraguay, donde se pierde su rastro para siempre.

En 1895, la muerte del Vizconde, con quien seguía legalmente casada, representará un salto de prosperidad para Alice, que lo hereda e invierte los fondos en comprar el campo que hasta entonces arrendaba, mejorarlo y aumentar su ganado hasta 4.000 cabezas.

Alice Le Saige se convierte en una vecina destacada de Resistencia y sus campos aledaños. Muy bien considerada, frecuenta la Capital para abastecerse, pero también con fines sociales, y entabla cordiales relaciones con los demás habitantes de la zona.

Se le atribuyen otros romances; había una pequeña pero influyente colonia francesa en Chaco, mayormente instalada en Colonia Benítez y en Margarita Belén, algo más allá del Campo Arocena. A diferencia de los inmigrantes italianos, en su mayoría agricultores y operarios, los compatriotas de Alice son en general exiliados políticos, nobles venidos a menos como ella.

En Las Palmas, la Condesa conoce al teniente Federico Jeanrenaud, suizo francés, joven y apuesto, que dejará el cuerpo de Guardias Nacionales, para instalarse como mayordomo en la estancia Santa Ana.

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Sus hijos también se adaptan plenamente a la nueva vida y a sus trabajos. En 1894, algo frecuente en aquellos tiempos, se suma al grupo familiar un pequeño "entenado", Genaro, hijo de un peón de paso que luego se ausenta y lo deja allí. No faltó el rumor insidioso de que se trataba en realidad del fruto de algún desliz amoroso. Lo cierto es que Alice Le Saige se encariña con el pequeño y eso le será fatal. Pero no nos adelantemos.

"Milicos desertores y peones criollos alzados convirtieron el resentimiento indígena en fuerza agresiva"

En su detallado trabajo sobre esta colona francesa, Tissera recuerda que en aquel entonces la población indígena "seguía siendo ampliamente mayoritaria respecto a la colonización criolla y gringa". "Su marginación social y cultural constituía pues una carencia de extrema gravedad", agrega. Se trataba, explica, de "comunidades disgregadas, anarquizadas", entre otras cosas, por la pérdida de sus líderes. Por otra parte, "la condición de asalariados resultaba problemática" para ellos. Su subsistencia se tornaba complicada.

"A esta masa descontenta se agregó un factor muy especial: los milicos desertores de los fortines o las tropas de línea y los peones criollos alzados, cuyas incitaciones convirtieron enseguida el resentimiento indígena en fuerza agresiva", sostiene Tissera.

De esa combinación desgraciada fue víctima Alice Le Saige. "Fue un ataque manipulado por criollos –afirma Pérez Beveraggi-. La convivencia con el indio era por lo general pacífica, pero de tanto en tanto había sublevaciones".

"Como es propio de las situaciones complicadas, con frecuencia pagaban justos por pecadores. Comunidades tranquilas eran asaltadas y baleadas a mansalva para vengar tropelías de otra gente", escribe Tissera aludiendo a las "crueldades injustificadas" de algunos destacamentos militares.

El próximo 13 de marzo se cumplirán 117 años del fatídico amanecer en el que, desde el mangrullo de la estancia Santa Ana, alguien alertó de la llegada del malón: unos 60 jinetes armados de lanzas y carabinas, integrantes de una comunidad mocoví, encabezados por tres criollos.

Jeanrenaud y Simón Gómez –peón de la primera hora que morirá en este combate desparejo- organizaron la primera defensa. Cuando vieron que no podían contenerlos, ordenaron a mujeres y niños dejar la casa y refugiarse en campos aledaños.

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Alice estaba llegando a la propiedad de sus vecinos más cercanos, los Imfeld, inmigrantes suizo alemanes, cuando se dio cuenta de que el pequeño Genaro había quedado rezagado y volvió en su búsqueda. Fue entonces que se topó con Victoriano Pinto, un criollo que había incluso trabajado años antes para ella y que, sin dudarlo, la lanceó. Herida en el vientre, Alice fue socorrida por los Imfeld. Sobre un lecho de la casa de estos vecinos agonizó durante varias horas. Murió a las 5 de la tarde.

"Alice fue una heroína en aquellos inicios difíciles de la colonia Resistencia" (Pérez Beveraggi)

En el momento del ataque, el hijo menor de Alice estaba en Francia desde hacía un tiempo y el mayor se encontraba ocasionalmente en Resistencia.

Ambos jóvenes regresaron a Francia tras la violenta muerte de su madre. Tiempo después, la propiedad fue parcelada y vendida y la casa demolida por uno de los nuevos propietarios. La Condesa, contó Pérez Beveraggi, está sepultada en el panteón de la sociedad Francesa de Socorros Mutuos en el cementerio San Francisco Solano de Resistencia. "El lugar donde estuvo ubicada la estancia Santa Ana es conocido como Condesa Cué, en guaraní: campo que fue de la condesa", cuenta.

Para este historiador, que a través de su fundación –llamada Resistencianos, como su libro- busca rescatar la identidad y la cultura local, "Alice fue una heroína en aquellos inicios difíciles de la colonia Resistencia". Y con seguridad es por eso que una calle de la capital chaqueña lleva el nombre de esta singular mujer.

Lo que inevitablemente se piensa, al tomar conocimiento de aventuras humanas como ésta, es en la enorme cantidad de materia inexplotada que hay en nuestro pasado como país para la crónica, la historia, la literatura o el cine.

cpeiro@infobae.com