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River está de luto. Eliseo Prado, jugador que visitó la camiseta de La Banda durante la década del cincuenta murió a los 86 años. A lo largo de su carrera disputó siete temporadas con el Millonario, donde convirtió 61 goles y obtuvo cinco títulos.

En 1959 se mudó a La Plata para jugar en Gimnasia y se retiró del fútbol cuatro años más tarde en Sportivo Italiano. También fue parte de la delegación argentina que viajó al Mundial de Suecia en 1958, en donde se esperaba una gran actuación, pero la prematura eliminación generó disconformidad en los hinchas.

Después de sus días en las canchas se recibió de odontólogo y ejerció su profesión hasta que se jubiló.

El siguiente texto corresponde a una anécdota que contó el propio Prado en un diario de la época, tras una histórica victoria frente a Boca en La Bombonera:

Un Suplerclásico imborrable fue el que jugamos en cancha de Boca el domingo 18 de julio de 1954. Estuvieron por primera vez juntos el Cabezón Sívori y el Beto Menéndez. Reemplazaron a Walter Gómez, lesionado, y a Labruna, de duelo por el fallecimiento de su padre.

En la noche del sábado, Minella vio que Walter no llegaba y lo mandó a buscar al Beto Menéndez, que tenía 17 años. Recuerdo que me quedé hablando con ellos dos hasta la madrugada, tratando de contarles mi experiencia y respaldarlos para que la presión de La Bombonera no llegase a desbordarlos. Hasta les sugerí que se colocaran tapones de algodón en los oídos, para controlar el grito de la hinchada boquense. Es una cancha jodida, pero muy linda para jugar. A mí la presión me agrandaba. Esos chicos demostraron tener una notable madurez, pareció que hacían diez años que jugaban en Primera división.

Esa tarde la delantera formó con Vernazza, Prado, Menéndez, Sívori y Loustau. Realizamos una exhibición de fútbol pocas veces vista. La superioridad y el dominio eran absolutos. El problema consistía en que la pelota no quería entrar en el arco de Musimessi. Pasaron cosas increíbles, como que pegara el balón en los dos postes y en el travesaño y luego saliera afuera; teníamos que estar ganando tranquilamente por cuatro o cinco goles.

Faltando tres minutos para el final vino un centro de Guito Vernazza, me metí entre los zagueros Edwards y el Comisario Colman y marqué el gol entre las piernas de Musimessi. No lo podía creer. Se formó una montaña humana, porque se subieron los diez jugadores arriba mío. Algo hermoso, irrepetible. Fue el triunfo de River. En mi consultorio tengo la foto de lo que fue el festejo de ese gol.