162
162

La gira de Parte de la religión parecía ir sobre rieles y el próximo paso sería el Estadio Pacífico, de Mendoza. Para aprovechar la gran demanda de entradas, a los ambiciosos organizadores no se les ocurrió mejor idea que programar dos funciones en una misma jornada. La del 8 de agosto de 1987. Charly aún tenía unos supuestos compromisos periodísticos en Buenos Aires y no iba a poder viajar hasta el día de los shows, pero de todas maneras el "Negro" García López, el "Zorrito" Quintiero y yo fuimos una noche antes, ya que se suponía que la CBS iba a brindar una espectacular fiesta de promoción que prometía ser inolvidable. La bienvenida, sin embargo, no fue la imaginada. Ignorados como pocas veces recuerde, tuvimos que esperar un largo rato en la vereda hasta que los patovicas de turno nos dejaron pasar. Adentro, confirmamos lo sospechado en la demora: había dos chicas y cuatrocientos hombres, que parecían estar aburriéndose como nunca en sus vidas.

—Vámonos, esto es un embole —dijimos a coro.

La "fiesta inolvidable" no tardó más de cinco minutos en ser olvidada y, aceptando recomendaciones ocasionales, deambulamos por un par de locales nocturnos perdidos, sutilmente animados en el mejor de los casos. Eran clásicos boliches de pistas semivacías, donde sonaban Los Enanitos Verdes o GIT, y luces azules y rojas o efectos de luz negra hacían resaltar dientes, ojos y vestimentas claras. Promediando las cinco, el cansancio pudo más y emprendimos el regreso a la habitación del Hotel Plaza, dispuestos a reponer fuerzas cual niños. ¿Dónde estaría el ambiente?

No habrían pasado ni dos horas cuando el tour manager, Horacio Nieto, golpeó enérgicamente nuestra puerta del primer piso.

—¡Hay que abandonar el lugar inmediatamente!

Los rumores decían que García, en el momento de su ingreso al Plaza, había tenido serias diferencias verbales con la directora del periódico local Los Andes, también alojada en el hotel. Esas diferencias se tradujeron en proyectiles de fabricación espontánea, roturas de cuadros, objetos electrónicos y cortinas del lobby. La conversación fue escueta y al grano:

—Pero... ¿qué te pasa, Charly? ¿Estás nervioso? —preguntó la señora al verlo patear un cenicero del hall.

—¡Dejá de joder, salí de acá, vieja! —lanzó a paso de tifón.

Aún tenía entre sus manos pedazos de paneles de la puerta trasera del Peugeot 504 que lo había traído desde el aeropuerto mendocino. Santiago Zambonini, su manager personal, aseguró que en realidad los problemas habían comenzado antes del vuelo. La salida desde Buenos Aires se demoró porque Charly se había refugiado en lo de una amiga, en compañía del actor Hugo Soto. Luego, fueron todos al boliche Freedom, de Avenida del Libertador, con los bolsos para el viaje a cuestas. El Artista no solo invitó al actor a ir a Mendoza, sino también a una chica desconocida con medias de red, minifalda negra, top transparente y guantes, quien aceptó después de afirmar que era mayor de dieciocho años y tenía sus documentos encima.

Ya en pleno vuelo, García cambió el tradicional desayuno por dos o tres whiskies dobles y, al ser increpado con prepotencia por otro pasajero —al parecer, dedicado a la política—, volcó todo el contenido de uno de ellos en su cara, hielos incluidos. Las azafatas y el comandante de a bordo intentaron calmar al pasaje, pero sus palabras cibernéticas por los altoparlantes parecieron generar más incertidumbre. Ese hecho, sumado al incidente con la directora del periódico, derivó en una orden precisa desde la gerencia: todos los huéspedes de la comitiva y nuestra estrella de rock, a la calle. ¡Declarados personas no gratas en la provincia!

Cerca del mediodía pudieron ubicar clandestinamente a Charly en un hotelucho céntrico de poca monta, de solo tres estrellas, a la espera de las actuaciones. El resto debía acomodarse en el bus de gira, en el cual habían viajado los técnicos del staff, o en los camarines del estadio. Una buena dosis de Valium logró hacer dormir a la estrella como un lirón por un rato, luego de amotinarse en la habitación y de varios lanzamientos de objetos contra el televisor y el botiquín del baño.

En las primeras horas de la tarde, fuimos a visitarlo. García nos recibió eufórico dentro del agua, inmerso en la bañera, diciéndonos que él estaba para cosas más importantes y que volvería de inmediato a Buenos Aires. Mientras tanto, algo así como catorce personas, entre las que predominaban caras de espanto, intentaban convencerlo de lo contrario, entrando y saliendo, quedándose parados en la puerta, escuchando desde lejos y haciendo gestos o susurrando entre sí. De repente, se puso de pie, salpicando todo a su paso y cruzándose una toalla, al estilo romano.

Mirándonos, divertido, exclamó:

—¡Soy Nerón! ¿Querían pasar una jornada inolvidable? La tendrán... ¡Yo nunca dejo que mis enfermeros pasen veladas mediocres o aburridas!

Las funciones estaban anunciadas para las nueve y las once, lo cual era irrisorio desde el vamos, ya que el show duraba casi tres horas. Y a pesar de que el reloj de su habitación marcaba las 23.21, aún no había comenzado la primera. Teléfonos y handies no dejaban de sonar. Charly pidió su traje, nos miró al Zorri y a mí, y agregó, solemne:

—Quédense tranquilos, chicos. Ahora vamos, subo, digo "¡Mendoza, los amo!" y se arregla todo.

Tales sus predicciones, conocedor como nadie de las técnicas psicológicas de la persuasión popular, logramos dar un calmo primer show y el público se fue implorando bises, mientras regresábamos a camarines, transpirados como deportistas, y los asistentes cambiaban pilas y baterías de nueve volts en efectos y guitarras.

—Je, je, no te imaginabas que iba a salir bien —le dijo Charly a la corista Gabriela Aisenson, cuyo rostro se asemejaba al de quien observa a un vampiro salir de su ataúd.

El Zorrito, sabiéndose un sex symbol y en un rapto de coquetería, había traído un vaporizador de su madre de aspecto de reliquia, tallado en auténtico cristal italiano, sin siquiera avisarle. Dudo mucho de que ella hubiese estado de acuerdo en que tan preciada pieza saliese de su casa. Fabián se concentraba en su tarea capilar, mojándose el pelo con dicho objeto, cuando García se le acercó, quitándose los lentes y exponiendo su rostro con los ojos cerrados:

—Zorro, mojame que tengo calor.

A los pocos segundos, tras recibir la suavidad del agua sobre mejillas, párpados y sienes, redobló la apuesta con un efusivo "¡Prestámelo!".

—Charly, por Dios, que es de mi vieja...

Lo miró fijamente por varios segundos y volvió a calzarse los anteojos:

—Con vos y con tu vieja está todo bien, loco.

Volver al escenario no recordó la relativa paz de la primera función. Alrededor del décimo tema, un grupo de seis o siete individuos comenzó a gritarle con insistencia la palabra "puto" a nuestro líder, como si estuvieran echando chorritos de kerosene en una fogata. García, sin dudar, desabrochó sus pantalones y mostró por breves segundos su desnudez, al tiempo que les sacaba la lengua a modo de burla y arrastró a Fabiana Cantilo desde el cuello con torpeza, tambaleando y cayendo sobre ella delante de uno de los parlantes. El sobretodo de Alfi Martins —con las llaves de su casa en un bolsillo— voló hacia el público y fue velozmente desintegrado por quienes deseaban llevarse a toda costa un souvenir. Mientras, nosotros continuábamos ejecutando el repertorio como si nada, aunque no fuera del todo estimulante escuchar el impacto de un tornillo contra el tom-tom de trece pulgadas, que sonó más fuerte que un balazo. Promediando "Rezo por vos", perdimos de vista a Charly. Lo extraño era que su inconfundible Rickenbacker blanca de doce cuerdas seguía sonando a todo volumen en nuestro monitoreo. El Zorrito me miraba con las cejas levantadas, sin despegar sus manos del teclado, y ambos girábamos la cabeza hacia cuanto rincón posible. Al darnos vuelta, lo descubrimos en lo más alto de una de las tribunas inhabilitadas, justo detrás del escenario, iluminado por un seguidor, apuntando hacia la gente con el mango de su guitarra y enardecido como un dios-diablo.

El Negro tomó el mando de la banda y cantó del principio al fin "No voy en tren", intentando apaciguar ánimos.

—¿No ven todo lo que hace el Flaco por ustedes? —dramatizó al micrófono, tras el último acorde.

Evidentemente, el show había finalizado. De regreso en camarines, todo era caos: botellas destruidas, restos de sándwiches y frutas por el piso, tabaco diseminado, una linterna partida en dos, charcos de líquidos indefinidos, vasos plásticos aplastados y unos cuantos vidrios rotos, ¡incluido el famoso vaporizador italiano de la mamá del Zorrito!

Zambonini mediaba como podía con la policía, negociando una veloz salida en combi por la puerta de atrás, directo al aeropuerto, como si se tratase de un atraco frustrado. Aunque los uniformados, emulando a un grupo comando y amenazando a puro insulto y desagravio con desplegar a sus mejores francotiradores, ya habían rodeado el lugar. Sin pérdida de tiempo, trabamos las puertas desde adentro, buscando protegernos y quedando literalmente encerrados. La escena recordaba a esos violentos asaltos con toma de rehenes, aunque en el caso ni siquiera disponíamos de ellos.

—¡Abran, carajo, es la Policía! —gritó el malo.

—Charly, te voy a tener que detener —dijo el bueno, desde otra ventana lateral.

—¿Por qué me vas a detener?

—Porque soy policía.

—¿Y quién te manda a no estudiar?

La frase fue reforzada por la explosión de una botella de cerveza sobre la parte superior de la puerta. Minutos después entró la jauría y nos defendimos como pudimos, entre objetos volando de un lado a otro, patadas y bastones blandidos contra el aire. La mayoría corrió para alcanzar la relativa seguridad del bus estacionado. Yo terminé refugiándome en unos pasillos en penumbras del estadio hasta que, dando la vuelta manzana, pude reunirme con el resto. Charly y el Negro no tuvieron la misma suerte y fueron escoltados de forma nada amigable a una seccional policial. Su manager comenzó un deambular de más de dos horas por varias comisarías, hasta encontrarlos. Al anunciarse ante un oficial, se escucharon ruidos desde adentro, además del claro lamento de otro uniformado:

—¡Los libros no, los libros no!

Nuestro líder carismático había roto en mil pedazos los libros de guardia, además de pintar su propio rostro de negro, al mejor estilo sioux, con el rodillo que se usa para tomar huellas digitales. Se pidió de inmediato el traslado del detenido y su próximo destino fue la Comisaría 1.ª, cuya puerta de vidrio sufrió el impacto de una patada ni bien él llegó al lugar.

—¿Cuánto vale esta comisaría? ¡La compro!

El resto de los músicos seguíamos sin noticias sobre el paradero de Charly y el Negro. Fabi, el Zorri y yo —unidos por el azar de las corridas— terminamos caminando sigilosamente por calles de nombres desconocidos y veredas rotas, intentando pasar lo más inadvertidos posible, lo cual era bastante difícil. Antes que nada, había que encontrar un lugar donde protegerse y pasar la noche.

—¡Me quiero matar, estoy indispuesta! ¡Llévenme ya mismo a casa! —repetía la Cantilo desconsolada, cada dos o tres pasos.

Los hoteles estaban al tanto del vagabundeo nocturno de algunos integrantes de la comitiva porteña y nadie parecía dispuesto a darles alojamiento. De golpe, éramos los enemigos públicos número uno de la provincia. Por fortuna, dimos con una pensión suburbana donde no tenían idea ni siquiera de quién era Charly García. Descansamos sobre tres camitas marineras para niños, de madera de pino y con sábanas con motivos infantiles de Mickey, Minnie y Pluto, las únicas a disposición. Fabiana, con el aire ausente de una diva hollywoodense, se peinó el cabello hacia atrás, apoyó la cabeza en la almohada, esbozó un "que descansen" y se entregó a Morfeo antes de escuchar la respuesta.

Al levantarnos, bien temprano, conocimos algunos pormenores a través del noticiero local. Salimos de inmediato hacia la Comisaría 1.ª a intentar saber algo más de Charly y el Negro, y estuvimos a punto de ser detenidos. El staff completo seguía varado y confundido. ¡Incluyendo a la chica de Freedom! Los abogados iban y venían, y en un momento se anunció que nuestro líder iba a ser liberado a la noche, por lo cual todo el mundo debía regresar a Buenos Aires lo antes posible, para evitar que los problemas siguieran agravándose. Tras una serie de llamados y dudosos acuerdos entre poderosos, abordamos un vuelo nocturno semivacío. En efecto, nuestro héroe nacional y su fiel guitarrista de color fueron puestos en libertad al día siguiente, y regresaron junto con Zambonini, previa firma de autó- grafos de rigor de Charly para jueces de turno, policías, sobrinas, hijas, nietas y demás parientes. No quedó nadie sin un papelito con su rúbrica.

El diario sensacionalista Crónica sorprendió en los kioscos porteños con una amplia nota de tapa: "Charly garcía procesado por desnudarse en escena".

Nos reencontramos tres días después en su departamento número 15 de la avenida Coronel Díaz al 1900. Todavía quedaba una sensación de caos e incertidumbre en la atmósfera, aunque intentábamos tomar los hechos con humor. Charlábamos en el living y Gaby daba detalles de su vuelo durante la misma noche del show, junto a la conductora Mirtha Legrand, cuando, de repente, se escuchó el ruido del ascensor y sonó el timbre de la puerta de arriba. García giró el picaporte dorado y, al ver al simpático muchacho parado en su vestíbulo, lo invitó a pasar. Era un voluntarioso joven de pelo corto y mandíbulas cuadradas, que había estado colaborando con nosotros en Mendoza, portando una credencial que rezaba "Control total", que generaba respeto ni bien se posaba la vista en ella.

—Sos el único de Ohanian Producciones que puso la cara. ¡Gracias, loco!

—¿De Ohanian? Pero si no soy de la productora, Charly. Me llamo Gonzalo González. Fui a ver tu show a Mendoza y me colé en los camarines, como ahora. ¿Te acordás? ¿Te acordás?

¿Te acordás?