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Jordana Timerman, la hija mayor del ex canciller Héctor Timerman, escribió un artículo para el portal norteamericano The Huffington Post, en el que reconoce la alta inflación y el estancamiento de la economía argentina –negados durante años por la administración Kirchner– y se muestra temerosa de los pasos a seguir por el presidente Mauricio Macri, al que define como amigo de Wall Street.


En una nota titulada "Todos deberíamos llorar por la economía argentina", Timerman, quien estudió Historia y Relaciones Internacionales en Estados Unidos y posee un máster en la prestigiosa London School of Economics, escribe que la economía "está estancada, la inflación anual es de alrededor de 25 por ciento, y el déficit fiscal podría ascender a un alarmante 6 por ciento del PIB del país este año".


Sin embargo, y pese a estar escrito con un pretendido tono neutral, Jordana Timerman defiende al gobierno kirchnerista en su extenso artículo, aludiendo a sus políticas "que antagonizaron con grandes intereses comerciales" y destacando el alto nivel de aprobación con el que se retiró del cargo Cristina Kirchner, aunque olvida mencionar a lo largo del texto su parentesco con un alto funcionario del Gobierno o su propio paso por la Casa Rosada.


"Con Macri y sus políticas amistosas con el mercado, la Argentina será el último país latinoamericano en dar un paso más cerca de la visión del mundo de Washington y Wall Street. Al igual que la mitad del país que votó a favor de continuar con el "kirchnerismo" me preocupa que el ajuste vendrá con un alto costo para nuestros ciudadanos más económicamente vulnerables. Somos un país de extremos y espero que el cambio de Macri no inaugure un período de austeridad excesiva y recesión", opina.


A continuación, el texto completo:

Las crisis económicas asedian Argentina con la regularidad de los terremotos sobre una placa tectónica. Estas crisis pueden ser devastadoras, acabando con los ahorros familiares, el empleo y los planes de vida. Parece que siempre estamos recuperándonos o preparándonos para algún tipo de crisis económica. A veces, incluso nuestras estrategias de supervivencia pueden contribuir a la crisis posterior.

El mes pasado los votantes argentinos optaron con un estrecho margen por un cambio político radical, dejando atrás a la facción peronista encabezada por Cristina Fernández de Kirchner (ella y su difunto esposo gobernaron el país durante los últimos 12 años) y eligiendo al alcalde conservador de Buenos Aires, Mauricio Macri, para reemplazarla.

El presidente electo, más amigable para los negocios, se presentó en oposición a un gobierno que ha sido altamente divisivo, definido por un extenso gasto social y políticas económicas estatistas que antagonizaron con grandes intereses comerciales e inversores extranjeros. Kirchner deja el cargo con un alto nivel de aprobación del 50 por ciento, gracias a políticas populares como la asignación universal por hijo para las familias pobres y un foco en los derechos humanos, como el matrimonio gay. Pero la economía está estancada, la inflación anual es de alrededor de 25 por ciento, y el déficit fiscal podría ascender a un alarmante 6 por ciento del PIB del país este año.

El presidente Macri ha prometido infundirle un shock de realidad basada en los mercados a una economía altamente regulada. Uno de los elementos de su abordaje será la eliminación de los estrictos controles monetarios establecidos para evitar la fuga de capitales. El costo podría ser una devaluación de hasta el 60 por ciento. Los economistas, como gurús de gimnasio, siempre parecen argumentar que un brillante futuro sólo puede alcanzarse con el dolor a corto plazo.

El tipo de cambio oficial del gobierno permite comprar un dólar por cerca de 9,6 pesos. Pero desde 2011, el acceso a los dólares ha sido muy limitado en un intento de evitar que las personas y empresas puedan sacar dinero del país.

Argentinos insatisfechos con su cuota mensual permitida de dólares –o que no pueden justificar la procedencia de su dinero en efectivo- se ven obligados a recurrir al mercado negro, donde un dólar cuesta cerca de 15 pesos, según lo establecido por la oferta y la demanda. Aunque es ilegal, no es algo minoritario: las tasas del eufemísticamente llamado "dólar blue" se publican en la portada de los principales diarios, junto con la tasa oficial.

Los controles de capital de la Argentina, o límites a la cantidad de moneda extranjera que podemos comprar con nuestros pesos, han sido laxos en comparación con los de otros países. Pero el uso del dólar como una cobertura contra la inflación y la inestabilidad monetaria se ha arraigado en el ADN de la clase media argentina a través de varias generaciones.

La difusión es una oportunidad para algunos argentinos que pasan mucho tiempo y esfuerzo arbitrando entre esas dos cotizaciones, maquinando sin descanso sobre cómo conseguir dólares más barato, que se pueden utilizar para ahorrar o revender en el mercado negro obteniendo ganancias significativas. El tipo de cambio oficial se aplica a muchas de las transacciones, pero los argentinos desesperados para cubrirse contra la inflación luchan contra todas las limitaciones.

Hay que ser muy cuidadoso para jugar en este sistema. Las compras con tarjeta de crédito en dólares se pagan en destino, en el tipo de cambio oficial. Una manera popular de acceder a dólares a la tasa oficial es cobrar los viajes a nuestro plástico; por eso, los vuelos repletos a Miami. Se puede escuchar a los viajeros jactarse de tomar valijas vacías en los EE.UU. y llenarlas de bienes de consumo baratos que no se puede obtener en la Argentina o son prohibitivamente caros debido a los impuestos de importación. Chile se ha convertido en otro destino de compras popular para las computadoras y la ropa de Forever 21. Contrabandear iPhones en la aduana argentina es un rito de iniciación.

Aquellas personas que vuelan a lugares exóticos a menudo traen consigo una pila de tarjetas de débito pertenecientes a amigos y familiares que están dispuestos a retirar dólares en los cajeros automáticos en el extranjero. Excursiones de un día a la vecina Uruguay con una pila de tarjetas fueron una breve manera hasta que el gobierno redujo la cantidad permitida que podía retirarse.

La promesa de Macri de eliminar la artificial cotización oficial, y permitir que el mercado prevalezca, es una movida que la mayoría acepta cautelosamente como necesaria. El problema es que la "cura" para poner fin a la disparidad entre las dos cotizaciones de dólares en competencia podría desencadenar una crisis a corto plazo, al absorber las personas el shock de una devaluación masiva del peso y de su nivel de vida. El problema al que se enfrentará Macri es similar al que tiene –en menor escala– la Reserva Federal de Estados Unidos, sabiendo que tiene que elevar las tasas de interés, pero preocupada por el impacto de hacerlo, o de hacerlo demasiado pronto.

Todos nos estamos armando de valor para cuando Argentina abandone la fuerte intervención del Estado en la economía a favor de las fuerzas del libre mercado. Esperamos desesperadamente que no estemos negociando una fantasía por otra.

Por ahora, las empresas están almacenando las importaciones y paralizando las ventas porque están preocupadas por perder dinero con los pagos que vendrían después de la devaluación. Según informes, los productores están frenando stock –harina, productos farmacéuticos, de acero– en lugar de venderlo; están apostando a que sus productos tendrán mayor valor luego. Las aerolíneas venden pasajes solo con tres meses de antelación.

Para el ciudadano medio, el peso que pierde su valor (a través del tiempo o en una devaluación dramática), sólo exacerba el poder de la inflación para comerse sus ahorros. El dinero ahorrado al comienzo del año servirá para comprar menos cosas al final del siguiente, y así sucesivamente. Así que en lugar de hacer eso, tiene más sentido comprar cosas para mantener el valor del dinero: bienes raíces, automóviles e incluso productos electrónicos. Imagine un dólar haciendo un agujero en el bolsillo, ya que no sabrá si tendrá un valor de 60 o 30 centavos de dólar en unos pocos meses.

Los dólares estadounidenses, con el valor duradero que representan, son el santo grial financiero. Desde pequeños fajos bajo un colchón a una caja de seguridad llena de montones de dinero en efectivo, son el estándar de oro para los argentinos. Los dólares son percibidos como la medida objetiva del valor, hasta el punto que las propiedades se cotizan en dólares. Este tic nacional explica en parte por qué el control de cambio ha sido un foco importante de tanto enojo con el gobierno que terminó.

La cifra de la inflación de este año será de entre 15 al 26 por ciento. El hecho de que no sepamos el número exacto, porque las cifras –tanto públicas como privadas– están politizadas y son controvertidas, dice mucho. Ciertos modelos de autos han aumentado a más del 45 por ciento y las escuelas privadas, un promedio del 37 por ciento. Por otra parte, la intervención del gobierno en el mercado mantiene una canasta básica de alimentos por debajo de la tasa de inflación.

Ya sea que falló la política del gobierno, como sostiene uno de los lados, o las indomables fuerzas del mercado especulativo, como lo hace el otro, el aumento incesante de los precios semanales de las verduras que quedan fuera del control de precios genera agotamiento y confusión. Una semana, dejo de comprar tomates porque son demasiado caros. La siguiente, las manzanas son tan costosas que los tomates parecen razonables de nuevo.

Con Macri y sus políticas amistosas con el mercado, la Argentina será el último país latinoamericano en dar un paso más cerca de la visión del mundo de Washington y Wall Street. Al igual que la mitad del país que votó a favor de continuar con el "kirchnerismo" me preocupa que el ajuste vendrá con un alto costo para nuestros ciudadanos más económicamente vulnerables. Somos un país de extremos y espero que el cambio de Macri no inaugure un período de austeridad excesiva y recesión.

En cuanto a mí, estoy tratando de retrasar el pago para este artículo. No es mucho, pero los dólares que obtenga puede ser que valgan mucho más en unas pocas semanas.