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Por 17 años, la monja Neyda Rojas, perteneciente a la congregación española de las Hermanas Mercedarias, se ha dedicado a trabajar con hombres y mujeres presos en la Penitenciaria General de Venezuela (PGV). Pese a haber visto motines, enfrentamientos entre bandas, situaciones de secuestro, dice que no siente miedo.

"He podido presenciar en muchos momentos que la muerte está muy cerca, que a veces se toma la justicia por propia mano, que hay leyes internas que a veces no entiendo", contó a la cadena británica BBC. "Pero a mí no me toca juzgar eso. Eso le toca a Dios".

Y aseguró: "Yo tengo la certeza de que contra mí no van a disparar jamás. Nunca harán nada en mi contra. De hecho, ellos (los presos) me protegen".

Neyda Rojas nació en el estado Táchira, en el oeste de Venezuela. Es licenciada en Educación, mención en Educación especial. Su vida como religiosa abarca 25 años y su misión "tras las rejas" comenzó durante su noviciado.

En 1986, empezó a visitar a las internas de una cárcel de Caracas. Con 1,50 metros de estatura, piel morena, contextura delgada y unos lentes que nunca la abandonan, la misionera camina intocable por los pasillos de la PGV. La llaman "La gota blanca".

La PGV está ubicada al sur de Caracas, en San Juan de los Morros. Fue construida en los años 40 para albergar a 750 reos y aunque no existen cifras oficiales, se estima que actualmente tiene unos 3.000 internos. Al entrar sorprende la inmensa extensión de terreno y los espacios abiertos. Solo el área agrícola, donde los presos realizan trabajos agropecuarios, se calcula que tiene más de 200 hectáreas.

Hay talleres de herrería y carpintería y espacios para actividades deportivas, pero también hay un inmenso basurero y serios problemas de infraestructura, que se agravan cuando no hay agua y el calor se vuelve inclemente.

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La Guardia Nacional está a cargo de custodiar el exterior y aunque el penal tiene un director y personal del Ministerio del Poder Popular para el Servicio Penitenciario que trabaja dentro, como en muchas cárceles de América Latina los presos imponen normas de convivencia interna.

Durante años, Rojas, de 52 años, fue una de las docentes del Ministerio del Poder Popular para el Servicio Penitenciario en la PGV, cargo que tuvo que abandonar cuando fue reasignada a otra misión en otra ciudad.

Regresó a San Juan de los Morros y ahora trabaja como voluntaria, a la espera de que se formalice su reincorporación al equipo de docentes de ese penal, del que siempre se ha sentido parte y al que describe como una familia.

La misión de las Hermanas Mercedarias, según Rojas, es ser un signo de esperanza y amor en las cárceles. Y es que pese a que el gobierno venezolano ha implementado reformas para "humanizar" las prisiones, organizaciones de derechos humanos han denunciado que algunos de los centros penitenciarios de ese país siguen estando entre los más violentos y hacinados de América Latina. "Ellos han perdido su libertad, pero no su dignidad. Muchos están abandonados y no tienen a nadie, pero nos tienen a nosotras", explicó la religiosa.

La formalidad de Neyda y su compromiso con el bienestar de los internos le ha valido que la identifiquen como "La madre de la PGV". En su rol como docente del penal, ha enseñado a los internos diferentes materias educativas. Algunos de los alumnos han estado muy enfermos, con tuberculosis, sida, leucemia, esquizofrenia.

"A mí me encanta cuando aprenden a leer y a escribir porque se emocionan. Me dicen: 'Madre ya sé leer y escribir. Ya sé poner mi nombre'. El hecho de que ese interno vaya a un juicio y pueda entender y leer lo que están diciendo de él y pueda firmar es maravilloso", contó.

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Hace más de 17 años, una de las reclusas del internado judicial de mujeres de San Juan de los Morros le entregó una caja de zapatos y le dijo: "Vea qué hace con eso". Cuando la monja examinó a la bebé que estaba dentro se dio cuenta de que tenía gusanos en las partes íntimas. La limpió y la llevó de inmediato al hospital. "¡Sálvela, por favor, sálvela! Yo necesito que la salve porque ella va a ser una mujer grande", le suplicó a la doctora.

La médica le confirmó el muy deteriorado estado de salud de la pequeña, que había nacido pocos días antes: pesaba 700 gramos y su madre (la interna que se la entregó a la religiosa) tenía sífilis. La religiosa iba cada tres horas al hospital y les pedía a las madres que amamantaban a sus bebés que una vez sus hijos quedaran satisfechos, le dieran "algo de sus pechos para su nena".

Hoy en día cuando a la joven le preguntan por su madre, dice que tiene tres: su mamá biológica, que murió en la cárcel, su mamá adoptiva y su "mamá monjita".