En cada elección, los que gobiernan plebiscitan su gestión. La exponen al debate público con sus aciertos y con sus errores y los ciudadanos la aprueban o la rechazan a través de sus votos.


En Argentina, una ajustada mayoría de ciudadanos ha decidido reprobar la gestión de Cristina Fernández de Kirchner e impulsar a Mauricio Macri en su reemplazo. Fueron personas que creyeron ver en quien expresó la oposición al gobierno, una salida a este presente tan cuestionado. El oficialismo no ha logrado revertir el mal humor que con singular desprecio fue construyendo en la sociedad a partir de un "relato" repleto de falacias. El holgadísimo triunfo obtenido en 2011, llevó a Cristina a desatender las lógicas institucionales y a protagonizar los más variados atropellos y dislates.


Un vicepresidente procesado por corrupción siempre protegido desde el poder. Un jefe de las Fuerzas Armadas sostenido en ese cargo mientras era acusado de encubrir la desaparición de un soldado que estaba a su mando. Un secretario de comercio cuyas bravuconadas recibieron el aplauso del gobierno. Una persecución alocada a medios de comunicación y a periodistas reivindicada por una militancia tan ciega como obsecuente. Un incomprensible pacto firmado con Irán para favorecer judicialmente a los presuntos acusados. Un fiscal muerto el día previo a denunciar ante el Congreso Nacional la responsabilidad presidencial en la firma de ese acuerdo. Una incomprensible intromisión en el Poder Judicial para generar una "justicia militante". Pruebas todas ellas del modo perverso que utilizó Cristina para gobernar estos últimos cuatro años.


Parte de esa perversión se observó también durante el proceso electoral que ha culminado. A la intervención de la fórmula presidencial con un candidato a vicepresidente que operó como comisario político, sobrevino el sostenido maltrato al candidato oficial y la presentación de una formula socialmente indigerible para la gobernación bonaerense. Como si ello no hubiera sido suficiente agravio a la conciencia pública, Cristina forzó al Congreso a designar como vocales de la Auditoria General a personas que solo reconocían el antecedente de haber militado en "La Cámpora". Todo una muestra de necedad y prepotencia.


El gran mérito de Mauricio Macri ha sido saber capitalizar el descontento que existe con el gobierno. Pudo leer mejor que otros que el secreto de la elección era pararse en la vereda opuesta y esperar que el malestar con el oficialismo empuje a los sufragantes hacia él. Aunque no puede negarse su acierto, en ese éxito mucho tuvo que ver el gobierno nacional. Tal vez la política del "vamos por todo" que estuvo en boca de Cristina los últimos cuatro años y que tanto irritó a los sectores medios, haya sido las gran herramienta que ayudo a los opositores a alzarse con el triunfo.


En el voto que Macri capitalizó en la jornada de ayer, hubo también una fuerte crítica al peronismo. Cristina acabó domesticando "al hecho maldito del país burgués", la misma fuerza política que protagonizó la revolución social más transformadora del último siglo, quitándole toda vocación de debate hasta convertirlo en un espacio signado por una obediencia propia de los cuarteles. El peronismo que calló dócil en estos años, deberá responsabilizarse por lo hecho y replantearse muchas cosas de cara al futuro. Deberá definir, antes que nada, qué intereses simboliza en esta sociedad a la que dice querer representar y deberá resolver si está capacitado para atender reclamos sociales antes que para tomar el poder solo en favor de sus dirigentes.


Frente a Macri y su alianza de gobierno, el peronismo deberá dar otro examen. Deberá disipar todas las dudas que imperan respecto a su condición republicana. No se trata ahora de obedecer al nuevo poder instituido. Se trata de asumir el rol opositor garantizando adecuadamente la gobernabilidad del país y diluyendo los temores que lo colocan en el lugar del obstruccionista y del desestabilizador.

Hoy la Argentina es distinta porque la sociedad se ha hartado de las persecuciones a los que piensan distinto, de los abusos de los que gobiernan y de la impunidad de los poderosos. Habrá que desactivar las distintas bombas que Cristina ha puesto en marcha en su penosa administración. Ese será el gran desafío que tendrá que afrontar Mauricio Macri. Un presidente que ha ganado por una exigua diferencia, cuya fuerza política será minoritaria en el Congreso Nacional y que deberá poner a prueba su capacidad negociadora para poder conseguir los objetivos que la sociedad le ha confiado que alcance.


Esa Argentina distinta es solo el punto de inicio de otro tiempo que empezará a correr el día después de mañana.