¿Para qué quiero ser presidente?

Para trabajar por la igualdad.
Para terminar con la infancia indigente.
Para que lleguen al gobierno quienes piensan y viven como el resto.

Este Gobierno agita la bandera de la inclusión y los aplaudidores se queman las manos de tanto ovacionar, pero no se dan cuenta de lo vacío del concepto si no ponemos la igualdad como horizonte.

Para incluir es necesario que haya un adentro y un afuera, y alguien que decida quién entra y quién no. Esto, que parece un matiz lingüístico, es finalmente una cuestión de espacio; la política es esencialmente una decisión sobre el espacio.

Pero entendamos un poco cuál es la trampa que se esconde detrás del relato oficialista de la inclusión.

En los últimos años, en el ámbito de la filosofía ha crecido la tendencia a leer la política en los términos de biopolítica (política sobre la vida). Somos conscientes de que esta toma en sus manos a la vida misma. El ejemplo más cabal del aprisionamiento de la vida desnuda es la muerte reciente por desnutrición del niño qom Oscar Sánchez, como también lo fue a principio de año la de Néstor Femenía.

Que en Argentina la niñez, pero no sólo esa población, sea alcanzada por la desnutrición al punto de llegar a la muerte es, sin lugar a dudas, una decisión política. Cuando nuestros gobernantes optan por ocultar las cifras de pobreza, indigencia y desnutrición, hacen desaparecer no solamente las políticas tendientes a hacerse cargo de los problemas, sino también a los mismos sujetos que compondrían las estadísticas. Podría tratarse de una exageración, pero cuando leemos que quienes debían ser cuidados por el Estado mueren, entendemos que no se decide únicamente por las estadísticas, sino también por las vidas.

"Hacer vivir o dejar morir", ese es el dilema frente al que se presentan los Estados modernos. Pero si lo utilizamos como grilla de lectura de nuestra contemporaneidad argentina, sabremos que los que viven son los amigos del poder, los de siempre o los nuevos, y los que mueren son los niños, los mayores, los pobres.

Ahora bien, si seguimos más de cerca la muerte de Oscar y lo ponemos en la serie de los niños qom muertos, de los qom perseguidos por la ley de antiterrorismo, de los qom que acampan hace meses enfrente de la Casa de Gobierno sin ser escuchados, llegamos a la conclusión de que se trata de un ensañamiento sistemático de un Estado que no los defiende y que representa en sí mismo la exclusión.

Este Gobierno de Cristina Kirchner es el que decide a quién incluye y dónde. En lo personal, no confío en el criterio de esta administración, pero no se trata de eso. Hay que pensar en la igualdad como el verdadero piso a partir del cual soñar una sociedad. La igualdad es una relación; para que haya iguales tienen que haber muchos y todos en el mismo plano. En la relación de igualdad no hay un adentro o un afuera, tampoco un arriba y un abajo. Hay horizontalidad y relación.

Pero para construir esa perspectiva hacia la cual conducir la acción del Estado, lo primero que necesitamos es ser conducidos por iguales, por quienes se consideran parte del mismo colectivo que el resto, y no quienes miran a sus compatriotas desde un mundo tan irreal y alejado para el resto como ellos mismos se encuentran respecto de los problemas de los otros.

Quiero gobernar la Argentina desde la condición de igualdad, de normalidad, si se quiere, de formar parte activa y presente del mismo pueblo que aspiro a representar. No hablo desde ningún pedestal. Por eso, creo que quienes me acompañan, quienes me votan, lo hacen pensando en sí mismos, en su propia vida, sus creencias y sus sueños. Sé que compartimos el sueño de la igualdad que no permanece ajena frente a la amenaza de muerte de un niño por insuficiencia alimentaria; tal vez la urgencia a resolver en la agenda política.