Hace tan sólo unas semanas, Mauricio Macri llevó adelante un giro discursivo que precisó hasta de un instructivo para que otros referentes de su espacio pudieran explicarlo frente al público y a los medios de comunicación. En un cambio sorprendente, su nuevo manual establece que está bien que Aerolíneas Argentinas e YPF sean estatales. También que el esquema actual del sistema previsional, con la asignación universal por hijo y las dos moratorias, es prácticamente inmejorable.

Esas idas y vueltas -de las que el líder del PRO no es el único ni el peor ejemplo- revelan mucho más que una supuesta modificación conceptual. Lo más obvio es la dependencia creciente de los candidatos con respecto a las encuestas y a las indicaciones de los "gurúes del marketing", quienes no sólo determinan la táctica electoral sino también el discurso y hasta la propia acción política.

El primer inconveniente con ese comportamiento es que el humor popular puede muchas veces estar señalando tan sólo la epidermis de un problema. El ciudadano reacciona frente a lo que lo frustra, preocupa o perturba. Pero muchas veces el origen de lo que padece está en otro lugar. Y, por ende, también su solución.

Lo segundo es que muchos procesos son complejos, con causas y consecuencias separadas en el tiempo. La algarabía de un buen momento económico, por ejemplo, puede estar fundada sobre bases endebles. Esto ocurrió muchas veces en nuestro país, y la crisis internacional -en especial la situación de gran parte de Europa- constituye otro claro caso. Por lo tanto, la percepción general e instantánea puede no ser la mejor guía, especialmente cuando es manipulable a través de la publicidad oficial. Cuando Jaime Durán Barba dice cosas como: "Si la gente cree que Scioli es un buen gobernador -el 65% lo piensa-, pues Scioli es un buen gobernador" o "si la gente cree que la Virgen de Guadalupe es una atorranta, pues lo será hasta que se demuestre lo contrario", no está realizando un diagnóstico riguroso sino pensando en términos de su conveniencia electoral de corto plazo.

¿No fueron estos líderes capaces de escuchar lo que la gente no estaba diciendo en lugar de repetir una encuesta?

Si la política se limita a eso tiende a exacerbar los ciclos, y nos hace más propensos a acumular inconsistencias que, tarde o temprano, terminan en crisis. Pensemos en los grandes políticos locales e internacionales. En mandatarios del siglo XX como F. D. Roosevelt, Churchill, Perón, Adenauer, Kennedy, Alfonsín o Mandela, por poner algunos ejemplos. ¿No fueron todos ellos capaces de escuchar y verbalizar lo que la gente no estaba diciendo en lugar de repetir lo que leían en una encuesta?

Todo aquello que una sociedad ya decidió se encuentra reflejado en sus instituciones, que pueden ser formales o informales: su organización general, las leyes existentes, la cultura que enmarca la interacción social, etc. Pero los conflictos y desafíos nuevos, que surgen naturalmente a través del tiempo, sólo pueden ser abordados a través de la política; y es allí donde radica su importancia. Sin embargo, difícilmente se pueda cumplir ese rol si lo único que se hace es devolver la imagen que la sociedad proyecta en su superficie, como si se tratara apenas de un espejo.

Eso es lo preocupante de que un intercambio de eslóganes sintonizados para el estado de ánimo coyuntural reemplace el imprescindible debate. La promesa de que se va a hacer lo mismo que el gobierno anterior pero mejorado es, cuanto menos, vacía. En muchas ocasiones es la propia estructura actual la que impide el perfeccionamiento prometido. O lo que hoy es aplaudido incuba en realidad un problema futuro.

Para volver a las expresiones recientes del PRO, ¿sería fácil administrar mejor Aerolíneas y Austral en su particular formato presente? Es prácticamente imposible encontrar líneas aéreas de bandera (o que cumplan dicho papel) con esa estructura societaria. LAN, TAM, British Airways, Lufthansa, Air Korea, Qantas, Japan Airlines -por citar algunos ejemplos- son privadas, mientras que otras como Air France o Singapore Airlines son mixtas (un poco al estilo de la actual YPF). Interconectar un país como el nuestro es vital, pero quizás eso se podría hacer mejor subsidiando destinos y hasta asientos vacíos en determinados vuelos.

Con YPF la discusión es otra. Si se mezclan sus necesidades con las del gobierno y se la utiliza como instrumento para ingresar dólares vía endeudamiento caro a una economía que los necesita, nunca estará en condiciones de desarrollarse adecuadamente en materia de hidrocarburos no convencionales, un recurso tan importante como caro de explotar.

Finalmente, el sistema previsional. En 2003 publiqué un libro llamado Hacia un federalismo solidario, que contenía análisis y propuestas de reforma para la coparticipación y el sistema previsional. En él explicaba por qué las AFJPs no eran el sistema adecuado para una estructura socioeconómica como la argentina y explicaba cómo avanzar hacia un sistema de universalización de las prestaciones previsionales.

La solución no pasa por las moratorias que tuvieron lugar en estos años. Ese mecanismo sólo resuelve el problema de los que hoy no tienen haberes por haber estado desempleados o en la informalidad. Se hizo para la generación que ahora está en edad de retiro, aprovechando la caja excedente actual. Pero la generación siguiente tendrá el mismo problema y ninguna solución. Máxime si cada modificación se lleva a cabo sin cálculos actuariales serios: la última moratoria previsional fue 150 veces más generosa con los que no habían cumplimentado los requisitos que con los que habían aportado, y este tipo de práctica no se puede extender ni repetir sin recalibrar el sistema.

Los Estados de Bienestar nacieron para brindar "tranquilidad de la cuna a la tumba", parafraseando a Lord Beveridge. En Argentina, su desmanejo recurrente provoca crisis sistémicas que lo tornan, por el contrario, una fuente de angustia. Si la política sólo se sube a la ola de achicarlo o privatizar cuando algunas de sus fallas son evidentes, y luego a expandirlo sin sustentabilidad cuando la plata abunda, nos alejaremos de lo que en realidad debemos perseguir: un Estado que sea capaz de brindar bienes y servicios de manera acumulativa y sostenible a los ciudadanos para que cada generación tenga certeza de que recibirá más y estará mejor que la anterior.