Télam 162
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Reuters
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El pueblo paraguayo reza, seguro de que Dios lo escucha. Esa es la fe. Todo lo ponen en oración. Se repartieron, en la misa de Ñu guazu, 650 mil botellas de agua mineral que la mayoría guardaba para que Francisco las bendiga al final.

"No tenemos manera de hacérselas tomar", decían los servidores. El comentario, entre algunos de esos seres de Dios, era: "Tenemos que ir a Caacupé a pagarle la promesa a la virgencita, porque le pedimos que no llueva y cumplió".

Francisco estuvo siempre emocionado, como nunca se lo vio. En cuanto llegó, no quiso saber nada con el Papamóvil blindado: "No, no, déjenle un techito de plástico por si llueve y nada más". Se hizo su voluntad, pero esa fue la razón de la velocidad que alcanzaba el Papamóvil, que por razones de seguridad no iba a paso de hombre.

En Roma es el único lugar del mundo en el que Francisco se desplaza al alcance de la mano. En las giras, no; aunque la gente se queje y no lo entienda. Es una responsabilidad infinita "mover a un Papa".

El presidente Horacio Cartes estableció con Francisco una relación de calidez insospechada. Lo acompañó en todos los actos, oyéndolo con atención, cualquiera fuera eso que dijera o denunciara. Nunca faltó a la cita.

La virgen de Caacupé es mujer, por eso le gusta que la piropeen. Francisco la llenó de halagos , piropos. Le regaló un rosario de oro. Le consagró al Paraguay para después despedirse, conmovido, de quien en su juventud fue su amor a primera vista.