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El oficio de médico lo llevaba en la sangre. Tanto su abuelo como bisabuelo ejercieron la medicina en Europa. No obstante, para ese entonces seguramente ni él imaginaba que de farmacéutico del Hospital General de Hombres se convertiría en el padre de la cirugía argentina al hacer la primera laparotomía de la historia de nuestro país. El pasado jueves 2 de julio se cumplieron 120 años de la muerte de un genio nacional, Ignacio Pirovano, quien -al igual que René Favaloro-, nació en un humilde pueblo y, por amor al país, rechazó propuestas para vivir en el exterior.

Los testimonios archivados aseguran que su paso en 1866 por la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, fue sorprendente. Simpático, carismático y con notas insuperables, fue felicitado y elogiado por las autoridades. Su tesis universitaria, desarrollada en "La herniotomía" fue revolucionaria y tuvo la visión de vislumbrar el futuro del cateterismo de los vasos sanguíneos. A los 28 años ya era un médico calificado y con sobresalientes notas que lo distinguieron del resto. Su alma curiosa lo volvieron inquieto y lo impulsaron toda su vida para indagar en los temas que le interesaban.

La Ciudad de Buenos Aires lo premió con una beca en París, donde vivió tres años y absorbió el conocimiento de grandes como el biólogo y fisiólogo Claude Bernard y Louis Pasteur, el químico creador de la vacuna contra la rabia. Sin embargo, rechazó las constantes ofertas de investigar lejos de la Argentina y volvió al país. Fue acá donde Pirovano perfeccionó la asepsia (método creado por Lister) y la extendió al ámbito hospitalario, evitando muertes por infecciones en épocas donde la gangrena estaba a la orden del día.

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Mientras daba clases en la cátedra de Histología y Anatomía Patológica, tuvo reconocidos discípulos que lo coronaron el Padre de la Cirugía Argentina. Algunos de ellos fueron Alejandro Castro, Antonio Gandolfo, Enrique Bazterrica, Andrés Llobet, Juan B. Justo, Diógenes Decoud, Pascual Palma, José Molinari, Daniel J. Cranwell, Marcelino Herrera Vegas, Nicolás Repetto, Alejandro Posadas, David Prando y Avelino Gutiérrez.

Gracias a su dedicación, estudio y extensa práctica profesional, le sobraban pacientes que viajaban desde el exterior e Interior del país exclusivamente para atenderse con él por su excelente criterio clínico y sus impecables cirugías de cabeza, cuello y extremidades. Además, practicaba traqueotomías, bastante habituales en aquella época.

A poco tiempo de cumplir sus 51, se encontró algo extraño en su lengua, por lo que se hizo una biopsia sin avisarle a su amigo JulesPean, otro reconocido especialista, que la muestra era suya. El resultado fue el menos esperado: "Cáncer. Caso perdido". Al poco tiempo, el 2 de julio de 1895, Pirovano murió. Juan Bautista Señorans, director de la Asistencia Pública, había solicitado a la Intendencia Municipal la imposición del nombre Ignacio Pirovano al hospital inaugurado el 12 de julio de 1896.