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Los dos grandes partidos de la Argentina, el Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical, forman parte de los frentes electorales más competitivos que participarán en las elecciones primarias del próximo 9 de agosto. Son las estructuras nacionales sobre las que se monta la nueva oferta de candidatos. Sin embargo, ninguno de los dos domina en el nuevo armado electoral, ninguno fue el dueño de la lapicera en las listas nacionales, provocando un verdadero cambio de época en la política argentina. Es que la fórmula Daniel Scioli-Carlos Zannini tiene al kirchnerismo como fuerza hegemónica y la integrada por Mauricio Macri-Gabriela Michetti, al PRO.

El kirchnerismo y el PRO son dos expresiones postcrisis de 2001. Una gobierna el país hace doce años, otra la Ciudad de Buenos Aires hace ocho. Sin embargo, necesitan asentarse en los grandes partidos nacionales para ganar la próxima elección presidencial, donde se juega la continuación o no del modelo existente.

Ninguno de los dos frentes electorales llegó sin heridas a la presentación de listas que cerró anoche. Las tensiones entre las estructuras históricas y las fuerzas que hegemonizan esos frentes fueron inocultables. No hubo tiros, como en otras épocas, pero sí gritos, insultos, tal vez alguna escena de pugilato. La última semana, especialmente, fue extremadamente difícil.

El FpV perdió a Florencio Randazzo, quien con su negativa a competir por la gobernación de la provincia de Buenos Aires, impuso un daño simbólico importante, porque un "no" a la Presidente es inusual y era inesperado. El Ministro de Interior y Transporte es un hombre querido y respetado en el principal distrito electoral del país, una figura casi imbatible en una competencia bonaerense, y los dos candidatos con los que competirá el oficialismo tienen el problema de ser poco conocidos (Julián Domínguez) o de tener mala imagen (Aníbal Fernández).

Por su lado, Cambiemos sufrió la perdida de Jesús Cariglino, intendente de Malvinas Argentinas, un hombre que siempre tuvo excelente relación con Mauricio Macri. Pero ni ese vínculo le alcanzó para que le respetaran los acuerdos que había alcanzado con el todavía jefe de Gobierno porteño (diez cargos repartidos en casi todas las secciones electorales de la provincia), y las tratativas saltaron por el aire. Cruzó al Frente Renovador, y no alcanzó a avisarles ni a sus amigos peronistas de la tercera sección electoral, Osvaldo Mércuri y Federico Scarabino, que sí consiguieron todo lo que pidieron. Así, la estratégica primera sección electoral queda sin un referente que era clave en el armado macrista, tanto para conseguir votos como para cuidar la fiscalización.

El PJ va por sostener las provincias e intendencias que gobierna mayoritariamente en todo el país. Está obligado a ir detrás de la hegemonía kirchnerista, porque los Kirchner gobiernan la Nación desde 2003 y pretenden seguir gobernando. La UCR va por recuperar el terreno perdido en años de caída electoral, que casi la transformaron en una fuerza testimonial. Sin un candidato electoralmente poderoso, eligió aliarse con el PRO, y atar su suerte a la fuerza competitiva del macrismo.

Daniel Scioli y Mauricio Macri también tienen parecidos. Ambos con personalidades resilientes, soportaron grandes pruebas personales para llegar hasta donde están y sobrevivieron a doce años de kirchnerismo, una fuerza despiadada en el ejercicio del poder, que no tuvo empacho de intervenir a través de sus servicios de inteligencia hasta en sus vidas privadas y familiares. Ambos fueron subestimados por los grandes expertos en política, pero finalmente lograron lo que vienen buscando pacientemente.

Lo que los diferencia es cómo llegaron a ser candidatos presidenciales. Scioli eligió hacerlo sin estructura propia. Aceptó que le impusieran al candidato a vicepresidente, Carlos Zannini, que será verdaderamente tenga el poder de la gestión y el Congreso. Revertirlo en pleno Gobierno no le será fácil a Scioli. Más bien, parece que en caso de ganar será un presidente débil.

Por el contrario, Macri armó su propio partido primero en la Ciudad y luego en todo el país. Es el líder indiscutido de su fuerza política. Eligió en forma personal su candidata a vicepresidenta, Gabriela Michetti, una dirigente que desafió sus decisiones, pero reconoció dignamente su derrota y aceptó la decisión original del macrismo.

Scioli cree que su debilidad es su fortaleza. Jamás discute con nadie, pero siempre hace lo que quiere. Macri cree que si no muestra su fuerza antes de llegar, lo creerán débil. Su obsesión es que los políticos tradicionales, radicales o peronistas, no se adueñen de su espacio.

El actual gobernador bonaerense aceptó que la lapicera la tenga el kircherismo, que impúdicamente muestra que las listas se deciden en la Casa Rosada. Macri no dejó que nadie le maneje la lapicera, ni los radicales, ni la Coalición Cívica (Elisa Carrió se quejó de maltrato), ni siquiera los suyos propios, Emilio Monzó y Marcos Peña.

Scioli necesita el voto independiente para ganar, y para eso tiene que lograr el permiso del kirchnerismo. No es probable que lo logre, porque el oficialismo se siente obligado a exhibir que lo maneja. Buena parte del sábado, el todavía gobernador bonaerense lo dedicó a analizar qué dirá en el programa ultrakirchnerista 678. Macri necesita el voto peronista, pero tampoco es probable que lo logre, porque su cultura política es muy distinta a la del peronismo y entran frecuentemente en colisión.

Hay buenas razones para pensar que la victoria caerá en manos de la fórmula del FpV. La red de fiscales y punteros en los lugares más populosos de todo el país, la maquinaria de poder del kirchnerismo en el Gobierno, la facilidad con la que los peronistas se mueven aún en las condiciones más exigidas de la lucha por permanecer. En el votante más necesitado, se trata de proteger lo logrado hasta ahora y del miedo a perderlo, como puede resumirse en Clara, una mujer de 40 años que vive en un barrio que podría tener red de gas, pero votará "a Cristina, porque me regala la garrafa social y sé que me la seguirá regalando, de otro modo, no podría pagarla".

También hay buenas razones para pensar lo contrario, que será la fórmula de Cambiemos la que gane. Una clara mayoría electoral que está a favor del cambio, el disgusto que provoca en el electorado independiente que Cristina siga manejando los hilos del futuro gobierno, la incorporación de un nuevo voluntariado convencido de que puede cambiar la política y trabaja aún en los distritos más pobres con las técnicas más modernas de la comunicación. María del Pilar, una joven de 20 años que es madre soltera y recibe un plan, dice que "votaré a Macri, porque vino a tomar mate a la casa de nuestros vecinos, que se contactaron vía Facebook y promete cambios".

Ya se conocen los candidatos. La carrera está lanzada. Ahora se trata de escuchar lo que proponen. Y disfrutar de una nueva escena democrática, por la continuidad o por el cambio.