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Columba Garnica Gallo no comparte el instinto político de Claire Underwood, la primera dama feroz de House of Cards.

Pero desde que se casó con Jeb Bush, hace ya cuarenta años, se sumó a uno de los clanes más importantes del poder en los Estados Unidos. Su marido es hijo y hermano de presidentes, George W. H. y George W.; ahora, además, ha anunciado su propia precandidatura para las elecciones de 2016.

Y aunque el ex gobernador de la Florida haya perdido la primacía en las encuestas que ganó al comenzar los rumores de su candidatura, Columba Bush está igualmente en el centro de la atención del mundo, porque su historia es a la vez común y extraordinaria: nació en México, hija de un bracero que inmigró a California sin papeles, educó a sus tres hijos en el idioma español antes que en el inglés y sólo se nacionalizó estadounidense en 1979 para poder votar la fórmula en la que su suegro acompañaba a Ronald Reagan.

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Muchas de las ideas de Jeb Bush sobre la migración a los Estados Unidos, que lo han enfrentado a otros miembros del Partido Republicano, se basan en la experiencia de su mujer. La vida con Columba lo ha hecho considerarse latino y convertirse al catolicismo. El clan politico familiar que la recibió con muchas reservas ve hoy que ella podría convertirse en la primera hispana que llegue a la Casa Blanca como esposa del presidente.

Se conocieron en 1970 por una elección azarosa del joven Jeb Bush, que a los diecisiete años estudiaba en Phillips Academy, en Andover, Massachusetts, y debió realizar una práctica para la asignatura El hombre y la sociedad, en la que se analizaban la pobreza y el conflicto: podía hacer su trabajo de campo en un suburbio de Boston o en un pueblo en las afueras de León, en México. A Jeb, que había estudiado castellano en Texas, le pareció mejor el sol del sur que el frío del norte.

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Y allí el joven gringo rico hijo del entonces embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas conoció en la plaza del pueblo a la hija de un trabajador del campo y la construcción, una muchacha de dieciséis años, criada en una casa de adobe sin agua corriente y que estudiaba en una escuela católica de León, el Instituto Antonia Mayllén. Para teatralizar las diferencias, él mide casi dos metros y ella poco más de uno y medio.

Hay distintas versiones. Bush ha dicho que sintió que se enamoraba en el instante en que la vio. Algunos de sus ex compañeros universitarios lo recuerdan demasiado tímido como para acercarse a una joven y evocan una salida grupal. En todo caso, Bush no regresó con los otros estudiantes a Massachusetts: se fue con Columba a Acapulco. Ambos comenzaron a viajar para encontrarse.

"Con mi mujer fue amor a primera vista. No puedo explicarlo, pero fue algo transformador", le dijo Bush a Hanna Rosin, de la revista The Atlantic. "Me atrajo porque era diferente a mí. Tenía concepciones instintivas de la vida que valoré mucho".

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Columba cargaba con una historia familiar estigmatizadora en aquella época: su padre, José María Granica Rodríguez, había abandonado a su madre, Josefina Gallo Esquivel, luego de episodios rutinarios de violencia doméstica; la niña tenía tres años cuando eso ocurrió y diez cuando la pareja se divorció. Se crió sola con Josefina mientras su padre cruzaba la frontera sin papeles para trabajar en California. Cuando Bush la conoció, era lo opuesto de una chica de la buena sociedad mexicana: una adolescente liberal criada por una madre abandonada en una comunidad que consideraba que el divorcio era un pecado.

Algunos familiares en México han argumentado que, aun a distancia, el padre no la abandonó, y que inclusive la llevó a vivir un año con él y su nueva mujer a California. Según esas fuentes, ella cortó el lazo débil que la unía a él cuando se casó. Nunca permitió que José María viera a sus nietos, quien sufría por eso y se enteraba de sus vidas por la prensa. En la biografía Columba Bush, la Cenicienta de la Casa Blanca, que la colombiana Beatriz Parga publicó en 2004, se cuenta que el padre la acusó de ser "una mala hija" por haber olvidado sus orígenes modestos.

Parga también escribió que Columba visitaba a su padre en California en 1973 cuando él descubrió que, contra su prohibición, ella había fumado. Se quitó el cinturón con el que solía pegarle a Josefina -Columba lo vio romperle los dedos de una mano con la hebilla- y antes de que pudiera alcanzarla ella se había encerrado en el baño; cuando José María salió de la casa, ella corrió a la estación de buses para regresar a México. La segunda mujer del padre lo negó: dijo que ella simplemente se fue para encontrarse con Jeb y no regresó.

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Es difícil establecer una perspectiva en las peleas familiares. Lo cierto es que esa historia dejó una marca profunda en Columba. Casi no trató a su padre hasta la muerte de él, en 2013; ante un reclamo de contacto de él, que quería acercarse a sus nietos, se negó a fingir la familia feliz: "Ya es tarde, papá". Durante la gestión de Bush en la Florida, participó de la Coalición Estatal contra la Violencia Doméstica y luego continuó su militancia a nivel nacional.

Cuando su marido gobernó la Florida, le insistió sobre la importancia del tema y habló con legisladoras y esposas de legisladores estatales para comprometerlos. Así, Jeb Bush firmó la Ley de Protección Familiar, que endureció el castigo para los delitos de violencia doméstica, y creó un programa para ampliar y mejorar los refugios para mujeres.

En marzo pasado, en un acto en Nevada, el candidato definió que su vida se dividía en "A.C. y D.C.: antes de Columba y después de Columba". Después de haberla conocido, perdió el interés por el tenis y las trasnochadas (si su hermano mayor siguió de parranda hasta los cuarenta, él dejó la fiesta antes de los dieciocho), se graduó en dos años y medio y organizó su vida. En 1973, le propuso matrimonio en un restaurante en México D.F. Ella se hizo la interesante, ha recordado él: lo dejó esperando la respuesta un día entero. A modo de aceptación le regaló un anillo con el símbolo de la paz. Se mudó a los Estados Unidos.

Entonces Jeb les contó a sus padres.

La noticia cayó como "un rayo de una tormenta del oeste texano", compararon Peter y Rochelle Schweizer en su libro Los Bush: retrato de una dinastía, de 2004. Como político, a George W. H. la idea de una nuera latina le parecía bien, pero para otra familia. Barbara escribió en su diario: "¡Cuánto me preocupan Jeb y Columba! ¿Ella lo ama?".

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La novia conoció a su suegro la noche antes de su boda en una comida para poca gente. La pareja se casó el 23 de febrero de 1974 en Austin, Texas; como Columba no hablaba inglés, el rito fue bilingüe.

Escribieron los Schweizer: "El ingreso de Columba a la familia Bush resultaría difícil, un proceso que aún luego de tres décadas se sigue desarrollando". A veces con traspiés que trascienden las dificultades que sufren casi todos los inmigrantes. Como cuando en una de sus gaffes más recordadas George W. H. Bush llamó "los marroncitos" a los tres hijos de Jeb: George, Noelle y Jeb Jr. Columba se molestó en el momento, pero defendió a su suegro ante la prensa. También lo ayudó en su campaña presidencial de 1988, con un mensaje publicitario en español y con un discurso, también en castellano, ante la Convención Nacional Republicana.

Pero eso, y otros actos de apoyo a su marido, como haber abierto el mes pasado cuentas en Twitter e Instagram, es todo lo que ha hecho en política. La actividad no la apasiona como comprar joyas; tiene una colección extraordinaria (llegó a gastar 42.311 dólares en un solo día, según el Washington Post) y en una ocasión la multaron en la Aduana porque había comprado ropa y alhajas por 19.000 dólares durante un viaje a París pero declaró sólo 500. Algunos lo toman como una declaración opuesta a la frugalidad de su suegra: Barbara Bush, quien siempre aclaró que las perlas que usó durante sus años de primera dama eran de cultivo.

La prensa política ha insistido en la paradoja de que Jeb y Columba manifiesten un afecto abierto y profundo entre ellos pero a la vez sean las personas menos compatibles del mundo. La política ha movido a tres generaciones de la familia Bush, incluido Jeb y su hijo George Prescott (quien compite para un cargo de comisionado territorial en Texas), mientas que Columba siempre ha preferido el hogar, los amigos, la religión y las telenovelas. Los comparan, en clara oposición, al matrimonio de Bill y Hillary Clinton.

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Muchas veces, Columba se ha quejado de los esfuerzos que conllevaron los dos ciclos de gestión de su marido en la Florida, al punto que dejó la residencia oficial en la capital del estado, Tallahassee, para regresar a su casa de Coral Gables. Algunos comentaristas políticos interpretaron que la vacilación de Bush en lanzar su campaña, que loy hizo bajar en las encuestas, se debió a que ella no quería la candidatura para su esposo.

Algunos recuerdan que él dijo que competiría sólo si era algo bueno para su familia. The New York Times informó que durante la comida de Acción de Gracias, que los Bush pasaron en México, Columba "dio su aprobación [para la carrera presidencial del marido], aunque no sin conseguir primero la promesa de su esposo de que todas las semanas pasaría tiempo con ella y sus hijos y sus nietos". Muchos han dicho que uno de los lazos centrales entre ellos es que él encuentra en ella un ancla afectiva.

Otros destacan que ella no comparte pero sí comprende las aspiraciones de su marido. Uno de los temas que le interesan a Columba Bush es el arte. Trabajó en la Alianza para la Educación Artística de la Florida para el desarrollo del programa ¡Artes para la Vida!; durante sus años de primera dama del estado organizó varias muestras de arte con creadores locales y también con obra de Salvador Dalí, Diego Rivera y Frida Kahlo. Rosin escribió en The Atlantic que Columba elogió a su esposo ante su amigo Bart Hudson, mientras almorzaban en el Hotel Biltmore, con las palabras mayores que se le pueden ocurrir:

- Jeb es un artista en lo que hace.

Según dijo un ex colaborador de Bush a Jonathan Easley, del blog político The Hill, "el hecho de que ella sea reticente a la exposición pública no significa que no esté lista". Siguió Brett Doster: "Ella es fuerte como el hierro. Si [Jeb] decide competir, será una gran compañera en el camino. Creo que quien suponga que no está lista para ciertas tareas duras la subestima gravemente".

Easley la describió como una persona con "una tolerancia muy escasa por la artificialidad de la política", y recogió testimonios que lo enfatizan: el imán del poder no la atrae, la fama no la atrae.

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De hecho, los culpa de los problemas que han sufrido sus hijos, en especial Noelle, que en 2002 fue detenida por tratar de pasar una receta de Xanax falsa. Su tío era presidente y su padre gobernador; la noticia se multiplicó en los medios. La Justicia la envió a un centro de rehabilitación, pero en julio pasó tres días en la cárcel por haber violado las reglas del lugar, y en octubre pasó otros diez días porque en la clínica le encontraron crack.

Columba se convirtió en Madrina Nacional del programa oficial contra el abuso de sustancias y en co-presidenta del Instituto Nacional contra el Abuso del Alcohol; también es parte del comité del Centro sobre Adicciones y Abuso de Sustancias de la Universidad de Columbia.

Otros analistas políticos ven en ella el arma secreta de Bush.

Los republicanos tienen un problema histórico para atraer el voto hispano en los Estados Unidos. No por nada el ex gobernador de la Florida lanzó su candidatura en un instituto educativo multicultural de Miami, en inglés y en español, y habló de su esposa mexicana.

Bush se proyecta como un republicano moderado que no por serlo reniega de sus principios conservadores, pero es capaz de ver "un acto de amor" en el cruce ilegal de una frontera que muchos de sus correligionarios ven como un simple delito.

En abril del año pasado describió: "El padre amaba a sus hijos, estaba preocupado porque sus hijos no tuvieran un plato de comida en su mesa... Cruzaron la frontera porque no tenían otra posibilidad de trabajar para mantener a su familia. Sí, violaron la ley, pero no se trata de un delito. Se trata de un acto de amor. Se trata de un acto de compromiso con la familia".

Es posible que en la competencia interna por la candidatura esas palabras, y sobre todo su familia bicultural, encabezada por Columba, sean un blanco de sus detractores republicanos.

Le dirán que su mujer cocina huevos rancheros para el desayuno; que en su casa hablan español, que él mismo ha marcado el casillero de "hispano" en la boleta de inscripción de votante. Que apenas se casó con una mexicana se mudaron a Venezuela, donde él trabajo en el Texas Commerce Bank, y que en ese país su hijo mayor dijo sus primeras palabras: "agua", "jugo", "aquí". Ninguna en inglés.

Pero fuera de la compleja interna republicana, Columba puede ser una gran ayuda. Y no sólo afectiva. Contra sus propias reticencias, puede dar un apoyo político decisivo para inclinar la balanza a favor de un tercer presidente Bush.

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