El trágico bombardeo de Plaza de Mayo, en clave de novela

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—¡Qué lindo sería imaginar la Casa Rosada como Pearl Harbor! —pensó el capitán de fragata Jorge Alfredo Bassi en su camarote del crucero 17 de Octubre durante un viaje de instrucción.


La historia del piloto aeronaval Fuchida emocionaba a sus colegas argentinos. Después de sobrevivir a la guerra, e incluso escapar por horas de la bomba atómica de Hiroshima, "había vivido para contarla". La culpa de no haber muerto honorablemente como un kamikaze lo transformó en un nacionalista antinorteamericano. Avanzada la posguerra, había conocido a otro piloto del país enemigo, exprisionero en Japón, luego de ser derribado su B-29 en los suburbios de Tokio. Influido por su antiguo enemigo, con quien lo unía el deshonor de la derrota, se había convertido al cristianismo. Por esta simbiosis cultural, Fuchida era un oriental occidentalizado y un ejemplo para los aviadores católicos argentinos indignados con Perón y su política religiosa.



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Al peronismo parecía imposible ganarle en las urnas, como había quedado demostrado en la última elección. Para hombres como Manrique, los valores de la democracia correspondían a ideas solo cualitativas, propias de los más elevados sectores de la sociedad, y no a los resultados cuantitativos de una compulsa. ¿Qué era la Marina sino la salvaguarda de esos valores?


"El bombardeo", de Jorge Coscia (Sudamericana).