En los últimos días ha cobrado visibilidad una práctica que resulta mucho más usual de lo pensado: la de juzgar a las víctimas por todo lo que les ocurre no ya solo en el universo mediático sino también en el ámbito judicial.

Según dos jueces de la Cámara de Casación de la Provincia de Buenos Aires -los Dres. Benjamín Ramón Sal Llargués y Horacio Daniel Piombo- un niño de 6 años es el responsable de que el adulto que abusó de él no sea condenado penalmente por el delito de abuso sexual.

Es preciso destacar que esto no se trata de dogmática penal ni de debates jurisprudenciales sino que estamos en presencia de simples prejuicios respecto de un adulto que abusó sexualmente de un niño y quienes tienen por función investigar al hecho, reparar el daño proteger al niño y sancionar al abusador garantizando todos los derechos de la víctima, no solo no hicieron nada de eso sino que, por el contrario, terminaron exponiendo y sometiendo a un niño a las más profundas prácticas patriarcales.

En el fallo se expresan sin pudor alguno, reflexiones referidas por ejemplo "a un torcimiento del desarrollo sexual del menor", y se destacada el carácter heteronormativo validando lo heterosexual como "lo normal" y lo homosexual como patologizante, cuando en verdad lo que se está discutiendo aquí es un abuso sexual a un niño, sus derechos vulnerados, su derecho a vivir una vida libre de violencia, a ser escuchado, contenido y acompañado. Por el contrario, los magistrados exponen y revictimizan al niño, a través de una sentencia cargada de prejuicios y estigmas moralizantes.

¿Qué hipótesis de investigación sobre el delito cometido habrán manejado estos jueces? No lo sabemos, pero lo podemos suponer al fundar su decisión en una hipótesis prejuiciosa respecto de la construcción de la sexualidad de la víctima, olvidando y desentendiéndose por completo de su obligación primordial: garantizar la protección del niño y la restitución de sus derechos, es decir cumpliendo su deber.

En el mismo sentido, el fallo busca disciplinar a las "mujeres de la familia" cuando describe que el niño tuvo una "madre abandónica, una abuela sin demasiado interés", y un padre preso por abuso. Estas valoraciones, además de adoctrinar a las mujeres en su "deber de cuidado" dejan entrever que si fallan en el cumplimiento de su "deber natural" sucede lo lógico: el varón va cometer un abuso porque "no le queda otra".

La complicidad –por momentos explícita y en otros más sutil- con los abusadores se hace evidente al invisibilizarlos y responsabilizar a las víctimas de lo que les ocurre.

Pero sin duda el núcleo de la cuestión está en el sistema patriarcal que atraviesa de manera permanente la sociedad y que se expresa en micro prácticas, fácilmente invisibilizadas y absolutamente peligrosas. Interpelar estas prácticas y subvertir el orden patriarcal es un deber de toda la sociedad. Convalidarlas es permitir que sigan ocurriendo.