Desafiar las formas y reinventar una nueva manera de narrar en cada libro. Huir del molde aunque haya sido elogiado. De eso se trata escribir para Iosi Havilio. Si se piensa en su última novela, "Pequeña flor" (Random House) una hipótesis posible es que escribir es para el autor volver a nacer en cada texto. Con las mismas obsesiones pero con estructuras diferentes.

En un sólo párrafo y con un atmósfera aireana, Iosi Havilio narra la historia de un matrimonio con una hija pequeña que atraviesa una crisis. Él se queda sin trabajo y al mando de la casa y ella, que tiene inconvenientes para relacionarse con la nena, trabaja y busca en terapias alternativas inspiradas en el chileno Alejandro Jodorowsky, su escape. El protagonista es también un escritor frustrado y la voz narradora principal de un texto que evoluciona línea a línea hasta lograr un vértigo que lleva al lector a compartir esa larga bocanada de escritura de 122 páginas sin desprenderse del libro.

Havilio publicó su primera novela en 2006, "Opendoor" fue el título que inauguró una carrera en la que se cuentan "Estocolmo" (2010), "Paraísos" (2012) y "La serenidad" (2014). El autor, que estudió filosofía, música y cine estuvo en la redacción de Infobae. Habló de la presencia de la literatura rusa en su formación, que en "Pequeña flor" tiene una presencia central, de la música y de su trabajo con la escritura.

-¿Podemos decir que en "Pequeña flor" entre los clásicos rusos y la música nace lo fantástico?

Puede ser, no lo había pensado de ese modo pero en todo caso vienen a condimentar este mundo que no era un mundo fantástico de marras, para nada. Era más bien una historia protopolicial que tiene que ver con este asesinato al comienzo de la novela. Después empezó a surgir, primero este elemento fantástico fundamental y me empecé a preguntar: ¿quién es este narrador? ¿De donde venía? Y ahí aparecieron la música y la literatura como fuentes de un aprendizaje que después se fue empantanando, pongámosle, en relación a la vida y en lo que se fue transformando en su caso. Está bueno pensar que lo fantástico está potenciado por la música y la literatura rusa.

-¿Tolstoi fue determinante en tu literatura?

Fue determinante sin duda para esta novelita. Recuperé una lecturas que tenía ahí guardadas en la adolescencia y en particular esta novela que se llama "Resurrección", a la que abracé como primera lectura adulta y elegida. Iba a un colegio en donde leía mucho al siglo XIX pero por imposición. Encontré este Tolstoi medio desconocido y de la mano de este narrador me surgió eso y la otra imagen que no está muy nombrada, si bien está nombrado el autor, que es el famoso episodio de Raskólnikov en "Crimen y castigo". Eso es algo sobre lo que volví mucho. Pensé de que se trata esto y volví a leerlo el año pasado, y en especial ese momento en el que mata a la vieja y no sabe que hacer. En esa desesperación se funda un poco el mundo. Tengo un apego por esa literatura.

-¿Quién es este narrador que habla en primera persona pero que a la vez incorpora las otras voces y se convierte en polifónico?

Parafreaseando a Arlt, sería la imagen de un escritor fracasado de nuestros días y que, sin embargo, encuentra en este episodio imaginado la posibilidad de escribir y explorar distintas voces aparte de la suya: la de su mujer, la de su hija, la de un manosanta o algo parecido, que anda rondando por ahí. Es un escritor fracasado que escribe sin darse cuenta su novela que tiene forma de confesión.

-En la novela usted toma una decisión arriesgada que es formal y que implica que sea un sólo párrafo sin ningún punto y aparte. ¿Por qué y cómo llega a eso?

El porcentaje de decisión que nosotros tenemos en nuestro trabajo en una novela es bastante menor. Me gusta pensar en la imagen de médium, el escritor como medium de un narrador, en este caso José. En un momento visualicé que este hombre escribía lo que escribía en una madrugada larga, ininterrumpidamente, después de cometer lo que comete hacia el final del libro. En ese desbocamiento me di cuenta que era imparable. Que no podía parar, un poco como la noche y ahora que me lo preguntás, de alguna forma recupero un hábito que ahora ya no lo tengo, y que lo hacía cuándo era más joven que es la escritura de largo aliento durante tres o cuatro horas. Después sí, en el momento de volver a leerlo y de corregirlo hay como una evidencia que uno dice ah, entonces efectivamente estoy frente a un sólo párrafo y el hombre va doblando la cadera encontrando inflexiones en la narración aquí y allá para articularlo de esa manera. Y yo le di mi mano, también.

-Esto significa que no fue una decisión premeditada.

No, para nada. Después cuando vi, rendido a la evidencia de lo que era, por supuesto que lo acompañé e hice muchos recortes. Si hoy tiene 122 páginas, a comienzos del año pasado tendría 180. En esos recortes, seguramente, fui abonando esta idea del párrafo único.

-Se lo preguntaba porque esta no es la primera vez en su literatura que rompe el molde formal. Sin ir más lejos en su novela anterior que publicó Entropía estábamos ante un texto original, pareciera que sus libro son siempre distintos, que hay un autor que no quiere caer en el aburrimiento. ¿Por dónde va esa búsqueda?

Más que aburrimiento es un cuestionamiento. Cuándo uno escribe se pregunta acerca del mundo que indaga, se pregunta todo el tiempo acerca de qué va la escritura, en qué consiste esto. Y si uno lleva la pregunta a fondo y es sincero, esta consecuencia es en la forma. Si uno se acomoda, que es lo que en un momento pensé que podía suceder -sobre todo cuándo publicás dos o tres libros y pareciera que los próximos van a venir automáticamente publicados- ya no te preguntes mucho en que consiste esto de escribir. La pregunta esencial, que vos te hacás cuándo entrevistás, el otro cocinando o el otro escribiendo es: ¿quién soy? Es la pregunta hasta el final de los días y eso también implica preguntarse qué es esto que estoy haciendo. Es una pregunta que uno se la transmite al narrador y al mundo y el narrador y el mundo te la transcriben en términos formales y de fondo, argumentales y de fondo. Es verdad que en estas dos últimas novelas en particular yo dije vamos a sacudir el avispero este porque se está acomodando y eso es un peligro. Encontrar cierta comodidad en eso es un peligro porque la experiencia vital, y la de la escritura, es una sola. Si uno la cristaliza, es probable que sea menos rica.

-¿Y entonces el desafío es no repetir fórmulas?

Hace poco me preguntaban si acá volvía a lo narrativo, pero no lo puedo pensar en esos términos. Los mundos que se adquieren dan una forma. No es que uno trata todo el tiempo de vestirse con ropas distintas, de repente uno retoma. Los temas siempre son los mismos. Una vez un editor me dijo cuándo yo estaba con mucho temor cuándo saqué mi segundo libro, Estocolmo, porque era distinto y me habían elogiado el primero y pensaba qué van a decir de esto, él me decía, seguís hablando de lo mismo, más allá de la forma. En eso creo que hay unos tópicos...

-Por supuesto, los hay y unen los distintos libros.

-Y tiene que ver con algún cuestionamiento existencial, la desolación, el cuento que uno hace de su propia vida y que atraviesan cada uno de estos relatos.

-¿Esa pregunta que se formula funciona como la puerta de entrada a un camino?

Por supuesto y tiene sus riesgos. "La serenidad", que es mi novela anterior, para muchos es una patada en el bajo vientre. Tiene riesgos sacudir. La novela es esa forma decimonónica que doscientos años después seguimos cultivando y a la que amo, pero al mismo tiempo pienso no nos podemos quedar con esa forma de 225 páginas y 10 capítulos. Me tengo que preguntar de qué se trata la novela.

-Yendo a su novela, hay un desafío a las certezas establecidas en la sociedad convencional respecto al rol de madres y padres. ¿Se lo planteó así?

No, pero tocando algunas teclas que tienen que ver con el relato del yo o contemporáneo, que venía rechazando en los últimos años, me encontré cuestiones que tenían que ver con eso: preguntarme por el rol del padre, de la madre y de lo que me fui dando cuenta fue que así como tocaba algunos clichés, inmediatamente los pateaba. Aparecen algunos clichés como es la pérdida del trabajo y aparece esta otra de la madre, asumiendo la casa y yéndose, igual que cuándo se deprime. Eso va y viene, no es una propuesta previa.

-¿Le atraen o le divierten ese tipo de terapias pseudo-religiosas que incorpora al texto con esa suerte de manosanta, como lo definió antes?

No podría decir cuando fue, pero hubo un momento durante la escritura que esta muchacha se acerca a un grupo de terapia y apareció la figura de Jodorowsky, que es alguien que yo no había leído nunca y del cual había escuchado hablar mucho y de hecho tengo amigos medio fanáticos del personaje. Empecé a investigarlo a mi manera y me fascinó, me resultó tan contradictorio y tan difícil de asir, porque hay terapeutas de este tipo que son más sencillos, que vos los ves y decís este es claramente un chanta. Este es un artista, porque es un poeta, y era un performer en la Chile de los 60 y después escuché una frase de él en la que decía que no tenía ningún discípulo en el mundo, salvo sus dos hijos y entonces dije ya está, le voy a encontrar uno. Y le encontré uno en San Telmo que es tremendo y, al mismo, tiempo muy humano. Con debilidades humanas y un tirano. Solo. Un payaso.

-En la novela la presencia de la muerte es central pero hay una apelación a un renacimiento que tiene que ver con reinventarse cada día, me parece que está más postulada la vida que la muerte.

Absolutamente. De hecho, hay una frase, siguiendo con Jodorowsky, que me resultó muy ilustrativa de lo que estaba escribiendo y que formaba parte de la novela, que después llegó a ser epígrafe y después dije no, esto explica demasiado todo, y que dice algo así como o renacemos o morimos. Eso me hizo rever y repensar lo de Raskólnikov y Dostoyevski y la muerte como algo definitivo. De los renacimientos posibles, de eso versa la novela, de los pequeños o grandes renacimientos posibles: profesionalmente, amorosamente, con el otro, intelectualmente y físicamente. Hay un ensayo de Fabián Casas que me sorprendió porque estaba leyendo sobre Tolstoi y me encontré con su libro "La supremacía Tolstoi", que me gustó mucho y donde él hablaba de la resurrección, no hablaba de la novela pero sí de la idea de la resurrección en algunas novelas de Tolstoi, o algo así y había una frase muy elocuente que decía algo así como: "nadie volvió de la muerte pero si así fuera poco importa". Eso fue una aliento para pensar el mundo.