Adrián Escandar 162
Adrián Escandar 162

El miedo a flotar se ha apoderado de la Argentina. Quienes lo sufren se escudan en numerosos argumentos. Algunos de los más escuchados son que no se puede levantar el cepo sin reservas; o que las pocas reservas que quedan desaparecerán en pocos minutos dada la demanda insatisfecha generada por el cepo (importadores, empresas que no han podido girar utilidades y público en general con deseos de dolarizase aún más); que levantar el cepo y flotar implica una devaluación; que devaluar es inflacionario; que quienes dicen que hay que hacerlo lo hacen porque quieren bajar el salario real. La recomendación alternativa, frente a tantos temores, es la de ir levantando el cepo de a poco, gradualmente. Una vez que haya un programa en marcha y que la reservas hayan ido en aumento.

No es cierto que no se puede levantar el cepo sin reservas. O, alternativamente, que no se puede levantar el cepo porque las pocas reservas que quedan desaparecerán en pocos minutos dado la demanda insatisfecha generada por el cepo. Lo lógico es pensar exactamente al revés. No puede haber cepo o un tipo de cambio administrado sin reservas. Eliminar el cepo y flotar libremente implica que el BCRA se retira del mercado de cambios. Y que, por lo tanto, sus reservas ya no son la fuente de donde salen los dólares para cualquiera de sus usos. En un mercado único y libre de cambios, el Banco Central, llegado el caso, y cuando algún objetivo de política económica lo requiere, puede intervenir haciendo uso de su balance. Pero no tiene por qué ser el actor más importante a la hora de determinar el tipo de cambio, que, vale la pena resaltar, debería ser único.

Está claro que, bajo las actuales circunstancias, eliminar el cepo, unificar y flotar produciría una fuerte depreciación del peso. Pero, en definitiva, ese es el objetivo. Es hora de llamar las cosas por su nombre. No es que quienes sostienen que es necesario eliminar el cepo quieren devaluar porque sí. Es la economía real la que necesita un peso más depreciado. No es una cuestión de deseos. Como a veces les decimos a los chicos, no es cuestión de hacer sólo lo que nos gusta sino de lo que se debe hacer y se puede hacer.

"Es hora de llamar las cosas por su nombre"

Además, pero no menos importante, el cepo es un impedimento para que entren dólares. Acaso alguien cree que ingresarán dólares de manera masiva si no se da libertad para entrar y sacar dólares. Esa libertad puede generar incertidumbre en cuanto al precio de la divisa, pero se trata de una incertidumbre absolutamente preferible a la inmovilidad que genera el cepo.

En tal sentido, vale la pena diferenciar inflación de un salto en el nivel de precios. Si al mismo tiempo de liberar el cepo y flotar se aplica un programa integral de corrección de los desequilibrios macroeconómicos, la distinción es clave. Porque está claro que habrá precios que se ajustarán como consecuencia de la devaluación (los de los bienes transables, exportables, importaciones y sustitutos de importación), pero no tienen por qué aumentar todos los precios ni en la misma proporción. Y dicho aumento no tiene por qué continuar durante mucho tiempo. Lo que sucedió con la devaluación de enero del año pasado no es un buen ejemplo, por cuanto se trató de una devaluación sin plan.

Muchas veces nos queda la sensación, precisamente, que la negación a unificar el mercado cambiario y dejar flotar parece asumir que no se puede elaborar un plan integral de rápida corrección de los desequilibrios macroeconómicos. Un plan, que le otorgue credibilidad, de forma tal que la corrección y la unificación cambiaria resulten viables. Dicho plan integral, a su vez, resultará imprescindible para que se produzca el ingreso de divisas. Porque éste se producirá no sólo cuando no exista más el cepo, sino cuando se haya producido un cambio de los precios relativos que se perciba como sostenible en el tiempo. Cualquier régimen cambiario sería inconsistente sin un programa macro que reduzca sustancialmente la inflación. Y no tiene sentido quedarse discutiendo si flotar o no, cuando, en definitiva, el régimen cambiario es una pieza más de un sistema mucho más complejo. La historia económica de la Argentina es un laboratorio de muchas pruebas al respecto: hemos probado con todos los regímenes cambiarios y aún seguimos sin moneda.

Muchos de quienes favorecen una opción de salida gradual hablan de sustituir el cepo por un esquema de administración de reservas. Cabe preguntarse qué es el cepo sino un esquema de administración de reservas. O sea, nada más parecido a lo actual, un esquema en el que alguien (el ministro de Economía, el presidente del BCRA, o algún oscuro funcionario) decide para quién hay reservas y cuántas y para quién no. ¿Alguien cree que es posible continuar así?

Para mejorar la calidad de vida, generar crecimiento económico sustentable y poder pagar salarios elevados de manera sostenible en el tiempo, hay que ser productivos y no se puede ser productivos si no se invierte. El salario depende de la productividad del trabajo y esa productividad es directamente proporcional a la cantidad de capital invertido por cada trabajador. La evidencia empírica muestra que no hay atajos. No es posible mantener los salarios elevados (los más altos de la región como se ufana la presidente CFK) por mucho tiempo sin inversión. Y hoy la falta de inversión no es sólo una cuestión de confianza. Argentina tiene, además de las restricciones a la hora de repatriar divisas, un problema grave de precios relativos, o de costos (en términos de una empresa). Y dicha corrección de precios relativos requiere corregir uno de los precios centrales de la economía: el del dólar.

En síntesis, se puede salir del cepo si hay un plan de estabilización macroeconómica y corrección de precios relativos sólido detrás. Sin un plan de ese tipo, la salida del cepo se hace imposible en la práctica, ya sea porque se intenta contener la depreciación, interviniendo en el mercado haciendo uso de las escasas reservas netas del BCRA hasta que eventualmente se agotan o porque se intentan preservar esas pocas reservas mientras se dispara el precio del dólar, dando inicio a un círculo vicioso de inestabilidad nominal muy difícil de manejar.

La pregunta del millón es entonces si hay realmente márgenes para diseñar e implementar un plan de estabilización y corrección de los desequilibrios macro que sea lo suficientemente profundo como para torcer las expectativas inflacionarias y al mismo tiempo lo suficientemente "vendible" desde el punto de vista político como para que sea aceptable y sostenible en el tiempo. Nosotros creemos que sí. Como dijimos la semana pasada, un programa de shock podría funcionar, aun siendo realistas en cuanto a los costos políticos que se deben enfrentar. Argentina puede salir de la coyuntura crítica en la que se encuentra encarando todos los problemas desde el arranque mismo de la próxima gestión presidencial. Las consecuencias de trece años de malas políticas económicas no se podrán revertir con medias tintas. Más temprano que tarde, los problemas que no se aborden proactivamente se corregirán por fuerza de los acontecimientos.