Pequeño editor 162
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En tiempos en los que la ecología es parte de nuestros vocabulario, vida e ideología, de nuestras actividades más cotidianas, los libros no quedan exentos de ello. Y ya excede el «tocar temas» de esa índole, u optar entre soporte digital y papel. Esta cuestión interpela desde lo más profundo, y por suerte siempre hay quienes se detienen, paran la pelota y actúan.

Pequeño editor, editorial cuya trayectoria ha sido reconocida y premiada –en nuestro país y en el exterior–, desde hace poco más de un año, lleva a cabo acciones concretas de gestión cultural, cuya búsqueda no es la rentabilidad, sino, en palabras de Raquel Franco, su directora editorial, promover «proyectos que generen proyectos». Bajo esta premisa, que indefectiblemente implica compromiso y toma de posición, se gestó el proyecto Libro árbol, que como su nombre lo indica es un libro que se planta. Pero, por supuesto, que es mucho más que eso.

Hay, como en su semilla, una metáfora que se guarda en su interior, para luego brotar. Por un lado, existe una motivación real ecológica: «desnaturalizar los recursos naturales» como productos del hombre, para devolverle a la Naturaleza lo que de ella hemos obtenido, continúa Raquel. Y a partir de allí, como punto de partida, mediante una actividad en comunidad, los niños experimentarán y serán parte importante de algo grande, como es plantar un árbol. Asumirán una responsabilidad con el planeta y con la Naturaleza.

La otra mitad de la metáfora es la pata cultural del proyecto. Quien lleva a cabo esta iniciativa no es otra que una editorial, lo que indefectiblemente tiene que ver con libros y lectura, ergo, la segunda cuestión es el fomento y el estimulo de la lectura. El libro árbol debe ser leído, en comunidad, antes de ser plantado. Y aquí cierra el círculo.

El libro árbol

El libro es Mi papá estuvo en la selva, de Gusti y Anne Decis, que fue editado y publicado originariamente en 2008 por esta misma editorial, fue el seleccionado para ser «el» libro árbol. Esta elección no fue casual, ya que la historia (de un papá en una selva del Ecuador contada desde la mirada de su hijo) en sí tiene valores ecoconscientes conjugados con una riqueza tanto visual como literaria.

El segundo paso era encontrar «la» semilla. Lo que no fue tan fácil, ya que tenía que ser lo suficientemente fuerte para que resistiera estar contenida entre dos capas de papel y que tolerara el proceso de impresión (serigrafía), amén de que no es tan fácil obtener semillas de árbol. Otro requisito que debía tener era que fuera de una especie autóctona. Y finalmente la elección recayó en el jacarandá.


El último paso del proceso era la producción del libro en sí. Fue impreso a través del sistema artesanal de serigrafía y el papel del interior es de bosques certificados. Las tintas son al agua y sin ácidos. Todas estas decisiones editoriales tan cuidadas tuvieron como objeto producir un libro totalmente biodegradable, que no dañara la semilla que se encuentra en su interior ni el medioambiente, por supuesto.

Este ejemplar, cuya factura y costos son muy caros –por los procesos artesanales y complejos y los materiales utilizados en su producción–, no tiene valor comercial. Y esta paradoja responde a que serán donados, para seguir sembrando cultura y arboles, a instituciones que respondan a estos valores y que también generen proyectos. Uno de los primeros fue para las Abuelas Cuentacuentos de la Fundación Mempo Giardinelli, y pronto se plantará otro en Mendoza.

La idea es leer en comunidad una linda historia (cuyos derechos de esta edición fueron donados por los autores, otro símbolo que sigue en concordancia con esta acción), luego germinar la semilla, trasladarlo a un terrario hasta que dé sus primeros brotes (se lo hace con el libro abierto), para, finalmente, ser llevado a la tierra.

Esta movida, cargada de símbolos, tiene un objetivo fundamental: tender redes, que no es otra cosa, ni más ni menos, que echar raíces y trascender, en comunión con todos y la Naturaleza, a través de la cultura y la lectura.