DyN 162
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Desconcierto es la palabra que calza perfecta: las mismas expresiones sindicales que hace menos de tres semanas lograban ensamblarse para hacerle sentir al Gobierno el rigor de un paro total dieron cuenta estos días que no saben cómo seguir. Ni el bloque de gremios del transporte, ni el espacio que regentean entre Moyano y Barrionuevo fueron capaces de sostener la profundización del plan de lucha que habían prometido desde la abundante espuma generada por la última huelga a nivel nacional.

Se convino finalmente patear la pelota hasta el mes que viene, a la supuesta espera de que la Casa Rosada abra una mínima hendija por donde negociar algo. Los transportistas -ya con alguna fisura interna- se limitaron a decir que publicarán en breve una solicitada para que la Presidenta "tome conciencia" sobre la gravedad del momento que vive el campo laboral, en un contexto de inflación y de retraso salarial.

Parece improbable que la doctora Kirchner revise su carta de vuelo a partir de las correcciones que le formule un sector sindical desde un espacio pago en los diarios, por revelador que sea.

El Confederal del miércoles en la sede sindical de Azopardo patentizó, en cambio, el grado de dependencia total que tienen hoy las dos CGT opositoras de los gremios del transporte, que se han constituido en un grupo de poder autónomo, con decisiones propias.

Moyano y Barrionuevo están ahora atados a los tiempos de aquellos. Sin la musculatura ya de tiempos pasados, ninguno de los dos veteranos sindicalistas tiene vocación de llevar adelante una medida de fuerza de carácter testimonial, con transporte en las calles. El camionero lo reconoció públicamente.

La desorientación también cunde en las filas del sindicalismo K, cada vez con más fatiga de tanto verse ignorados olímpicamente por el poder político. Así, comenzaron a profundizarse señales y comportamientos inhabituales en ese perímetro del mapa sindical. Dos hechos lo configuran.

La semana pasada, la CGT oficial organizó un congreso de salud en Parque Norte que terminó en amargos reproches contra el Gobierno por el "desfinanciamiento de las obras sociales sindicales" que provoca el "sistema de distribución automática de fondos" implementado por el Estado. En el camino se esfumaron 31 mil millones de pesos.

Pero además de pedir la devolución de la plata, el sindicalismo oficialista tuvo palabras hirientes, que fueron un tiro por elevación contra Cristina, como cuando se dijo que se sentían en condiciones de hacer planteos porque "no vivimos en una monarquía". Nunca se habían escuchado expresiones de ese tenor entre los gremios subordinados al kirchnerismo.

Otro que dio la nota fue el superoficialista Antonio Caló, desde su plataforma de jefe del gremio metalúrgico. La presión de sus bases por el retraso en los sueldos, sumado a las trabas que encuentra en la paritaria para cerrar un incremento del 32 por ciento, lo pusieron contra la pared; al punto de amenazar con un próximo paro de la UOM de 36 horas.

"El Tano (por Caló) no saca un dedo fuera del plato... Lo menos que esperaba es que le dieran una mano desde el poder para cerrar rápido con las cámaras metalúrgicas, más cuando está pidiendo el porcentaje sugerido por el Gobierno, no locuras", dijo a Infobae entre lamentos un miembro del secretariado nacional del gremio del metal.

Si Caló sorprendió con su nueva faceta combativa, más llamaron la atención sus invocaciones a una pronta reunificación de la dirigencia gremial peronista; una posibilidad contra la que el jefe de la CGT K siempre puso trabas.

Sin entrar en detalles que todo lo arruinan, la dirigencia casi en su totalidad, viene llenándose la boca con la unidad sindical. La presentan como la panacea universal que buscaban los antiguos boticarios para curar todos los males. La idea dominante es que si las organizaciones sindicales cierran filas tendrán el camino allanado para conseguir resultados en los ítems que hasta ahora vienen planteando ante el Gobierno sin suerte: adecuación del mínimo no imponible de Ganancias, aumento del salario mínimo, negociaciones colectivas sin topes, mejora de emergencia a los jubilados, blanqueo de los trabajadores en negro, etcétera.

Le cuesta sin embargo a la dirigencia hacer arrancar la rueda de la unidad. Desde la vuelta de la democracia en 1983, fue más el tiempo que cada grupo hizo rancho aparte que el de las formaciones compactas. Eso se advierte en la morosidad de las negociaciones y en la carencia de voces con predicamento para imprimir velocidad a un proceso que todavía está por verse si logrará plasmarse antes o después de las PASO de agosto.

Fuera de las profundas diferencias personales que hay entre varios líderes sindicales, habrá que ver cómo estos trascienden las distintas apuestas políticas que cada uno expresa de cara al próximo gobierno. Resultarán un desafío las aproximaciones, cuando deban sentarse a conversar, por ejemplo, los gremios que ya se jugaron por Scioli con las organizaciones moyanistas, que el miércoles llamaron explícitamente a votar en contra de los candidatos de este modelo.

También estará la discusión no menor sobre si en esa eventual única CGT habrá un liderazgo personalizado o una conducción colegiada. En cualquier caso, la tolerancia a la convivencia se ha vuelto un ejercicio complicado entre los sindicalistas.

De eso podrían hablar los hermanos Moyano (Pablo y Facundo), que abandonaron el pasado Confederal antes del final, entre resoplidos por los discursos que les resultaban soporíferos. Ni siquiera los gremios del transporte pueden disfrutar su cuarto de hora inicial: parece que exige demasiados esfuerzos contener en el redil a los colectiveros de Roberto Fernández, siempre inclinado a jugar la propia.