"La literatura debe recobrar su lugar político"

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Martín Kohan sostiene que no es casualidad que el TEG, el juego de la guerra por excelencia, haya sido lanzado en Argentina en 1976. "Fue menos una moda que un indicio", escribió en El país de la guerra. Dos años después, en Japón un diseñador de video juegos compuso el juego ícono de los años 80: el Space Invaders. Millones de chicos y jóvenes alrededor del mundo se dedicaron a matar marcianos moviéndose de un costado a otro. Fue tal el éxito del juego que hay quienes dicen que en el país oriental se jugaba tanto que se agotaron las monedas y el gobierno debió acuñar más para que los japoneses continúen absortos en la batalla contra los alienígenas. En la otra punta del globo, los chilenos no eran la excepción y también dedicaban sus tardes a los disparos y a evadir las naves. Una de esas niñas que iniciaba el camino hacia la adolescencia es la escritora Nona Fernández Silanes que hoy, tres décadas después, ve ahí una metáfora del clima de horror, muerte y violencia en el que estaba inmerso el Chile de Pinochet. Fernández Silanes hace su presentación en la Argentina con su cuarta novela, Space Invaders, que publicó Eterna Cadencia. Está estructurada como el juego; son cuatro capítulos, las primeras tres vidas y el cierre que nombró Game over.


La autora chilena reconstruye la infancia de un grupo de compañeros de colegio en la Chile pinochetista. Hijos de militantes comparten las clases y las visitas con Estrella González, la hija de un importante carabinero que es trasladado de un lado hacia otro por alguien al que llama "tío" y que no es otro que un miembro de la fuerza que trabaja a las ordenes de su padre, quién además perdió un brazo y lo reemplaza con una ortopedia de madera.


Fernández Silanes está de visita en Buenos Aires para participar del Festival Internacionalde literatura, FILBA. En un alto en sus actividades, recibió a Infobae para hablar de lo que en Chile se conoce como "literatura de los hijos", de la atmósfera en la que se crió y también de su visión de la literatura en la región porque explica que su novela no es una narración tan chilena, sino "parte de un escenario latinoamericano".


-Un punto central que Usted trabaja en este libro es la convivencia en el colegio de los hijos de los represores con los hijos de los militantes de izquierda que parecía ser vivido con total ingenuidad ¿En un ámbito así usted se crió?

Claro, lo que narro es real: Estrella González era compañera mía en el colegio y la columna vertebral del relato es una anécdota real. Ella vivía con nosotros como una más, era hija de Carabineros y en un momento se destapa este gran crimen y entendemos que ella tiene que ver y ella termina tal cual como termina su vida en el libro. Esa realidad se vivía como se vivía todo en ese momento. Nunca jamás imaginamos que sus padres a los que veíamos, adónde uno iba a tomar la leche o hacer la tarea después de clase, podrían estar involucrados en eso, pero era parte del tiempo en donde no sabías quién era la otra persona.


-Es inevitable pensar en La banalidad del mal de Hannah Arendt.

Pero claro, sin ninguna duda. Y en la óptica de los niños eso era más lejano porque no lo veías, no lo intuyes, lo empiezas a intuir después, ahora yo de grande pienso en el horror. Muchas de las observaciones las veo de adulta. Cuando era chica, iba a la casa y veía todas esas condecoraciones militares era raro porque no era a lo que yo estaba acostumbrada. También me impactaba la mano de palo del padre, era muy impactante pero me hubiese impactado aunque no hubiese sido militar. Se vivía con naturalidad y con cierta ingenuidad también.


-Así también lo vive Estrella en libro cuando es llevada de un lado a otro por un militar al que le dice tío.

Absolutamente. Cuando hablo del tío que la va a buscar y de ese auto, nosotros anduvimos en ese auto. En la historia de los países y en la historia de las grandes dictaduras los límites no están tan lejanos, no es de buenos o malos, las cosas ocurren ahí, se manejan en los grises. El ciudadano de a pie común se maneja en los grises.


-Armó la estructura de la novela con la misma de un video juego ícono de los ochenta, el Space Invaders ¿Por qué?

Recuerdo que gran parte de las tardes de esos años ochenta en donde en Chile era todo una lata, donde todo era muy aburrido, la pasábamos jugando Space Invaders. Era una locura y muy entretenido también. Nunca decodificábamos lo que ese juego era. Cuándo apareció el juego como parte del relato me di cuenta que era una linda metáfora que contextualizaba la historia de ese tiempo. Esos niños eran marcianos también cuando estaban metidos ahí. Bajaban a la tierra, volvían a ser acribillados con mucha ingenuidad, sin tener mucha idea con qué se iban a encontrar. Ibamos a la calle a las protestas sin tomarle el peso a la cuestión, sin saber a lo que íbamos y así pasaban las cosas que pasaban.


-En Argentina, hay muchos autores de la generación que nació en los setenta, que está narrando aquellos años desde esa visión. ¿Se da eso también en Chile?

En Chile es la literatura de los hijos, está nominada así y los cuarentones somos los que estamos haciendo ese trabajo muy naturalmente. Me he dado cuenta que aquí también pasa lo mismo y esto obedece a un proceso natural, ni siquiera literario, es un proceso social que proviene de la necesidad de seguir abordando un tema desde otro lugar y con una mirada distinta.


-Hace unos días Laura Alcoba, decía que es una mirada que es más

Creo que sí, es una mirada que tiene que ver con lo más íntimo, con lo doméstico de aquel tiempo, con verlo desde la vida misma más que de la política. Para los que fuimos niños en aquel tiempo, era lo que nos tocaba. También pienso que dentro de esa literatura uno puede dar cuenta de los padres, por lo menos en Chile, la idea de hacer un retrato de la época desde la perspectiva infantil, pero también de cuestionar a los padres, a los que pudieron ser militantes o que en el caso de Chile pudieron haber apoyado a Pinochet. Hacer también un juicio familiar al respecto. Eso me parece muy interesante.


-¿Por eso en su literatura se detiene en la vida familiar y en los espacios de lo cotidiano?

Claro que sí. En el libro es la vivencia del curso en la sala de clase. De esa suerte de laboratorio en donde todos nos armamos para la vida, que es equivalente en todos los lugares del mundo. Y de los retazos de recuerdos de ese momento, las huellas de esa época.


-Hay un fragmento muy duro en el que el narrador dice "no sabemos en que momento se lleno todo de cadáveres".

En ese sentido este libro tiene un asidero súper real, es literatura pero tiene un asidero real en términos de lo que fue mi propia infancia y adolescencia en la dictadura y en donde era como una lluvia de cadáveres y ver que cada semana había un atentado distinto. También es una apertura a la conciencia. Nací en el 71, la dictadura en Chile llega en el 73, viví los años más feroces siendo muy niña y paso la adolescencia en dictadura y cuando uno pasa a esa edad y tiene la conciencia un poco más clara y deja de ser un poco niño eso coincide con ser adolescente en dictadura y, por lo tanto, comenzar a constatar el horror y vivirlo con total naturalidad: ir de un funeral a otro, de un atentado a otro o escuchar las noticias y estar siempre envuelto en esa locura con total normalidad.


-¿La naturalización de la muerte y de la violencia?

Claro, y asumida como parte del día a día pero con la idea de que tampoco estaba bien. Siempre que miro hacia atrás desde ahora, desde mi realidad actual, pienso en lo horroroso que fue y lo poco horroroso que me parecía. Cuándo hicimos el pase a la democracia, buena o mala o como sea la democracia chilena, te das cuenta del horror y del delirio en el que estábamos y que ese delirio era absoluto y completo, pero en ese tiempo era parte de una realidad de todos los días.


-Eso se percibe en Space Invaders, cuándo por ejemplo los chicos se comienzan a preguntar que es la política, que significa ser militante y de alguna manera son esas preguntas las que acompañan el ingreso al mundo adulto.

Yo iba a un colegio bastante politizado y hacerse adulto pasaba por tomar un rol político aunque tu no entendieras bien lo que era. Porque a esa edad no tienes las cosas claras pero la gente militaba y los compañeros siendo muy chicos comenzaban a militar e iban del Partido Comunista al Socialista y del Socialista al MIR y era una gran locura porque era vivir la política a los 12 o 13 años.


-Vino a Buenos Aires a participar en el FILBA ¿Qué está viendo en el panorama literario de América Latina?

Hay dos cosas que me parecieron en el último tiempo bien interesantes: el movimiento editorial latinoamericano. Esa efervescencia de las editoriales independientes y lo que están haciendo por la literatura, eso es un gran suceso. La efervescencia escritural y editorial, que además permite más cruces. Y a nivel más artístico ese fenómeno me llama mucho la atención, de conocer a Félix Bruzzone por ejemplo. Somos dos personas que nunca nos hemos visto las caras con el Félix y hay un cruce y eso me parece interesante. También me parece muy importante que la literatura recobre un lugar político, en Chile durante mucho tiempo no existía como lugar político. En Argentina no lo tengo muy claro, pero sí veo que ahora existe una narración de memoria, de establecer ciertos vínculos con nuestro propio pasado, como proceso ya no literario sino como proceso vital. Eso me parece bien bonito. Replantearse los temas que parecen agotados pero que no están agotados, depende como se miran. Mirarlo no con tanta solemnidad o desde el lugar de la víctima.


-¿Y eso lo permite la mirada infantil?

Puede ser, la mirada del chico ahora cae porque básicamente se fue. Pero también existen otros lugares. Creo que el humor es un espacio bien interesante para trabajar lo que vivimos en este continente. Y probablemente existan una cantidad de miradas que yo todavía no las he percibido.