Adrián Escandar 162
Adrián Escandar 162

Lo de siempre: el Gobierno comunicará que se trató de un soberano fracaso y los organizadores de la protesta dirán que el paro se hizo sentir con fuerza en todo el país. Habrá argumentos para sostener las dos posiciones. La gente quiso ir a trabajar, señalarán unos. Los trabajadores pararon porque están cansados de que les metan la mano en los bolsillos, apuntarán otros. Habrá para todos los gustos, como en una gran cartelera cinematográfica.

Su afición a redactar la historia de su épica sobre la marcha, determinará que la administración kirchnerista presente la huelga de ayer como uno de los relatos salvajes que gustarían armar en complicidad la prensa y los gremios opositores, y hasta los buitres también, para desviar al país de su destino de grandeza. Tampoco faltarán las voces oficiales, la de Capitanich la primera, que llamen a salir en salvaguarda de la Presidente como si fueran Los guardianes de la galaxia o las Tortugas ninja.

Pero "los Indestructibles" Moyano y Barrionuevo no se va a amilanar así de fácil. Continuarán golpeando todo lo que puedan sobre los flancos de un gobierno indiferente a las demandas del sindicalismo por los rubros más deteriorados de la economía (inflación, Ganancias) o la cuestión laboral (despidos y suspensiones). La política de hostigamiento al kirchnerismo contemplará próximos capítulos de lucha, como quien pide al cielo Líbranos del Mal. Aunque eso obligue a los dirigentes del sindicalismo peronista clásico a mantenerse Juntos, pero no tanto con los sectores de la izquierda más dura y piquetera, con los que no se quieren ni un poquito, aunque hoy coincidan coyunturalmente en aquello de que una mano lava la otra.

La huelga, en cualquier caso, deja enseñanzas a todos. Colectivo más, colectivo menos, el Gobierno no puede ignorar que el dúo Moyano-Barrionuevo, con el plus de organizaciones combativas que no controla, es capaz de paralizar el país, si no completamente, casi.

Debería hacerle al menos un poquito de ruido al kirchnerismo que el país esté en vilo -y condicionado- durante 36 horas por una medida de fuerza, que desde los cálculos oficiales está movilizada por poco más del treinta por ciento de las organizaciones sindicales con personería gremial. Ayer y hoy no fueron -no son- días que puedan ser caracterizados de normales o rutinarios. Tampoco es frecuente que el sindicalismo oficialista salga a decir que comparte las razones del paro, aunque no se pliegue. Pero nadie apuesta demasiado a que Cristina se replantee algo.

Moyano y Barrionuevo habrán aprendido algunas lecciones también: no se puede comer el asado antes de matar a la vaca. La deserción al paro de los colectiveros, con la que contaban hasta hace una semana, se les escurrió de las manos como una hoja arrastrada por el viento; aunque compensaron con otras altas, como la de los empleados bancarios y los de la alimentación. También tendrían que reconocer que todavía no pueden, aunque quieran, prescindir de los movimientos sociales y sindicales de izquierda para garantizar un parate como el de hoy.

También la izquierda merece un replanteo con autocrítica incluida: si bien creció dentro del mundo sindical, al punto de enfurecer a varios trogloditas de la ortodoxia, como el mecánico Ricardo Pignanelli (Smata), todavía está lejos de hacer pie y poder montar una huelga a la que ellos mismos convoquen. Con sus barricadas ganaron protagonismo las dos últimas huelgas, pero siempre montados sobre lo que determinen Moyano, Barrionuevo o quien sea.

¿Cómo seguirá la cosa mañana? Nadie debería esperar grandes cambios para el ciudadano de a pie, como se dice ahora. Lo único seguro es que el Gobierno ya tiene la mesa tendida para el lunes, en una nueva

reentre

del Consejo del Salario Mínimimo, Vital y Móvil, con sus sindicalistas amigos de la CGT de Caló y de la CTA de Yasky. Habrá que ver cuánto logran arrancarle al Gobierno para actualizar ese parámetro, que es hoy es de modestos 3.600 pesos.