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El primer toque de atención lo dio hace 20 años un grupo de agricultores franceses, cuando advirtió sobre el despoblamiento de sus colmenas como consecuencia de la desaparición de las abejas, de cuya polinización depende una gran parte de la producción mundial de alimentos.

Poco tiempo después los especialistas comprobaron que el fenómeno francés también abarcaba a los países con una agricultura muy desarrollada, y esto disparó una serie de interrogantes sobre cuáles eran las razones que estaban provocando esto.

Algunos culparon a los monocultivos y el calentamiento global, mientras que otros cargaron las tintas sobre virus, bacterias, hongos y parásitos. Y un tercer grupo responsabilizó a los pesticidas, que comenzaron a utilizarse justo en la época en la que se inició la merma de insectos en los panales.

Pero sin importar cuál de todos estos ítems fue el que causó el preocupante escenario, lo cierto es que este último no hizo más que agravarse en los últimos años, con los apicultores denunciando pérdidas más grandes una temporada tras otra.

El panorama es tan complejo es que algunos incluso ya comenzaron a imaginar un mundo sin abejas, lo que provocaría una tremenda pérdida de diversidad y calidad alimentaria. "Si tuviéramos que depender de una agricultura sin polinizadores, estaríamos listos", asegura Lucio Carbajo, subdirector general de Sanidad e Higiene Animal del Ministerio de Agricultura español.

Un informe de la Unión Europea señala que las causas de la mortalidad de las abejas son múltiples, pero al mismo tiempo revela que ciertos factores pueden ser más fáciles de abordar que otros. Uno de estos ejemplos es el de los pesticidas más dañinos, que pueden prohibirse o restringirse como ya lo hizo el bloque regional.

"Los pesticidas neonicotinoides, como los prohibidos por la UE, no son los más prevalentes en las colmenas, al menos de forma crónica", asegura Mariano Higes, del Centro Regional Apícola de Marchamalo, ubicado en la ciudad española de Guadalajara. "Pueden ser un problema en muchos monocultivos, pero afectan sobre todo a los polinizadores silvestres, como los abejorros, no a las colmenas de abejas". Sin embargo, Higes admite que restringir estos productos puede ser útil para los ecosistemas, aunque no para la agricultura.

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Otras "víctimas"

Además, los mismos factores que atacan a las colmenas se comportan de igual manera con los polinizadores silvestres como por ejemplo el abejón, el abejorro y las avispas, según publica el periódico El País.

Por esto es que las pérdidas no sólo afectarían a la producción agrícola, sino también a los ecosistemas naturales y al medio ambiente en general. Las abejas, las flores y los frutos evolucionaron juntos hace decenas de millones de años, y no se puede destruir uno sin acabar con los demás.

Podría suponerse que esos polinizadores silvestres -las 250 especies de abejorros existentes, principalmente- polinizarían los cultivos en caso de que desaparecieran totalmente las abejas, sobre todo teniendo en cuenta que ya son ahora quienes polinizan la mayor parte de los cultivos básicos para la alimentación mundial: la acción de los abejorros (del género Bombus) produce el doble de fruto que la debida a la apicultura convencional con abejas (del género Apis).

No obstante, una reciente investigación de Matthias Fürst y sus colegas de la Royal Holloway University de Londres, publicado en la revista Nature, ha desinflado esa expectativa al mostrar que dos de los grandes patógenos de las colmenas, el virus de las alas deformes y el hongo Nosema ceranae, ya se extendieron a los polinizadores naturales.

Grupos ecologistas como Greenpeace no sólo elogian las restricciones europeas a cuatro pesticidas neonicotinoides, sino que también proponen extender la prohibición a otros 319 compuestos que consideran dañinos. "No cabe duda de que la mortalidad de las colmenas es un problema multifactorial", dice Luis Ferreirim, de Greenpeace, "pero si hubiera que establecer una jerarquía, el primer factor serían los insecticidas, que están diseñados precisamente para matar insectos, como las abejas".

El ecologista recordó asimismo que los

herbicidas

también resultan dañinos, porque acaban con las flores que aportan el principal alimento a las abejas. "Además, contra los pesticidas se puede actuar con más eficacia y rapidez, mientras que atacar a virus, bacterias, hongos y otros parásitos resulta

muy difícil",

concluyó Ferreirim.