Reuters 163
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El sacerdote Frans van der Lugt, perteneciente a la orden jesuita –la misma del papa Francisco–, había decidido permanecer en la ciudad de Homs, asediada por las fuerzas del régimen de Bashar Al Assad, a pesar de los constantes bombardeos y el hambre. El hombre tenía 75 años y vivía en Siria desde 1966. Fue ejecutado este lunes a sangre fría por un desconocido en la puerta de su casa, según denunció el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH).

El secretario de la Orden de los Jesuitas holandesa, Jan Stuyt, confirmó a la agencia de noticias AFP que el padre Van der Lugt fue asesinado el lunes por la mañana, aunque aclaró que no se sabe el móvil ni si el cura había recibido amenazas de muerte. "Un hombre vino a buscarlo, lo sacó de la casa y disparó dos balazos en la cabeza, en la calle, frente a su casa", explicó.

"Murió un hombre de paz que, con una gran valentía, en una situación extremadamente riesgosa y difícil, quiso seguir siendo fiel al pueblo sirio, al que había dado desde hacía mucho tiempo su vida y su asistencia espiritual", declaró el vocero del Vaticano, Federico Lombardi. "En este momento de gran dolor, expresamos nuestro gran orgullo y gratitud de haber tenido un hermano tan cercano a los que sufrían más", añadió.

La agencia oficial siria Sana acusó a un "grupo terrorista armado de haber disparado, de madrugada, contra el sacerdote en el monasterio de los padres jesuitas en el barrio de Bustane al Diwane, en Homs". Por su parte, el ministro holandés de Relaciones Exteriores, Frans Timmermans, rindió homenaje al sacerdote. "Debe poder contar con nuestra contribución para poner fin a esta miseria", sostuvo.

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El padre van der Lugt, quien vivió casi cinco décadas en Siria, será enterrado en ese país "de acuerdo con su voluntad", según subrayó Stuyt. En febrero, el padre había declarado a AFP a través de Skype que consideraba a Siria como su patria. "El pueblo sirio me ha dado mucho, mucha amabilidad, mucha inspiración y todo lo que poseo. Ahora que sufre, debo compartir su pena y sus dificultades", había explicado.

De las decenas de miles de cristianos que vivían en la ciudad vieja de Homs ya no quedaban más que 66. "Soy el único sacerdote y el único extranjero que queda. Pero no me siento un extranjero, sino un árabe entre los árabes", había afirmado sonriente.

"Tenemos muy poca comida. La gente en la calle tiene el rostro cansado y amarillo. Hay hambruna, pero la gente también tiene sed de una vida normal. El ser humano no es sólo estómago, también tiene corazón, y la gente necesita ver a sus familiares", había dicho en esa oportunidad.

Unos días después, unas 1.400 personas pudieron ser evacuadas de esa parte de la ciudad, gracias a un acuerdo negociado por la ONU entre el régimen y los rebeldes, que controlan el sector. Pero el padre prefirió quedarse.

Desde el inicio del conflicto en marzo de 2011, han muertos más de 150.000 personas por la violencia en Siria, según el OSDH, y más de nueve millones han tenido que abandonar su hogar, de acuerdo con la ONU. Otro sacerdote jesuita, Paolo Dall'Oglio, de 59 años, símbolo del diálogo entre cristianos y musulmanes, está desaparecido en Siria desde hace ocho meses.