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En el avión que lo traía de regreso de Río de Janeiro, a fines de julio pasado, el Papa improvisó una conferencia de prensa para los periodistas que viajaban con él. Fue entonces cuando, hablando del "problema de la comunión a las personas en segunda unión -porque los divorciados sí pueden hacer la comunión-", aclaró, hizo "un paréntesis" para referirse a lo que la Iglesia oriental hace al respecto. "Los ortodoxos tienen una praxis diferente, ellos siguen la teología de la economía [oikonomia], dan una segunda posibilidad de matrimonio, y cierro paréntesis", dijo. A continuación aclaró que el tema del matrimonio, que definió como "antropológico", había que "mirarlo en la totalidad de la pastoral matrimonial", para la cual hay una fecha fijada, que es el Sínodo que tendrá lugar en Roma del 5 al 19 de octubre, en torno al tema: "Desafíos pastorales sobre la familia".

Ese mismo día, el Papa también citó la opinión de su antecesor en el Arzobispado de Buenos Aires: "El cardenal (Antonio) Quarracino –recordó Bergoglio- decía que la mitad de los matrimonios eran nulos porque se casan sin madurez, sin darse cuenta de que es para toda la vida, quizás se casan por motivos sociales... y esto entra en la pastoral matrimonial". Y al respecto agregó: "También debemos revisar el problema judicial de la nulidad de matrimonios porque los tribunales eclesiásticos no bastan para eso".

Sin dudas, este es un tema sobre el cual el próximo Sínodo de la Familia podrá traer novedades. En el cuestionario enviado a las diócesis de todo el mundo, de un total de 39 preguntas, 5 conciernen a los católicos divorciados y vueltos a casar y su imposibilidad de participar del sacramento de la eucaristía.

Actualmente en la Iglesia católica la única vía para que los casados en segundas nupcias sean admitidos a la comunión es la verificación de la nulidad del primer matrimonio religioso.

Pero, como lo señaló el propio Papa, los tribunales eclesiásticos que se ocupan de estudiar estas demandas de nulidades no están en condiciones de atender al gran número de casos de matrimonios que podrían ser inválidos. Se impone por lo tanto la necesidad de una solución más abarcadora. Y es en este contexto que algunos se vuelven hacia el pasado cuando, curiosamente, las cosas eran más flexibles que en el presente.

Como lo recordó recientemente la revista L'Espresso, Giovanni Cereti, un sacerdote genovés, especialista en patrística (la etapa de organización y consolidación del cánon testamentario del cristianismo primitivo, hasta el siglo VII), reeditó hace unos meses un estudio del año 1977, cuyo título es Divorcio, nuevas nupcias y penitencia en la Iglesia primitiva.

El trabajo de Cereti incluye referencias al Concilio de Nicea del año 325, el primero de los grandes concilios mundiales de la Iglesia, que en su canon 8 dice: "A propósito de aquellos que se definen puros, en el caso de que quieran entrar en la Iglesia católica, este santo y gran concilio establece, [...] antes de cualquier otra cosa, que estos declaren abiertamente, por escrito, que aceptan y siguen las enseñanzas de la Iglesia católica: es decir, que entrarán en comunión tanto con aquellos que han pasado a segundas nupcias, como con aquellos que han cedido en la persecución, para los cuales se establecen el tiempo y las circunstancias de la penitencia, siguiendo así en cada cosa las decisiones de la Iglesia católica y apostólica".

Los "puros" a los que hace referencia este texto son los novacianos, nombre que deriva de Novaciano, un sacerdote romano, del siglo III que desconoció la autoridad del Papa de su época, y que tenía una posición muy rígida frente a los cristianos que, por presión de los romanos, renegaron de su fe. Los novacianos afirmaban que a Iglesia no tenía poder para perdonar a estos apóstatas, aun arrepentidos. La misma actitud intransigente la mantenían hacia los "adúlteros", es decir, divorciados vueltos a casar.

Cabe aclarar que tanto los apóstatas para salvar su vida y los que iban por sus segundas nupcias eran personas que habían sido sometidas a la penitencia y absueltas de su pecado.

Al exigirle a los novacianos que, para ser readmitidos en la Iglesia, entrasen "en comunión" con estas categorías de personas, el concilio de Nicea confirmaba –contra la opinión de los rigoristas- el poder de la Iglesia para perdonar cualquier pecado y volver a acoger en su seno y en la plena comunión también a los adúlteros vueltos a casar y a los apóstatas.

Desde aquellos tiempos, por lo tanto, convivieron en la iglesia dos tendencias, una más rigorista y otra más dispuesta al perdón, hasta que, hacia el segundo milenio, entre los cristianos de Occidente se impondrá la primera actitud, mientras que en Oriente prevalecerá la segunda.

La solución Benedicto

Un artículo del propio papa emérito Joseph Ratzinger, publicado por L'Osservatore Romano, en noviembre de 2011, pero escrito en realidad en 1998, decía sobre esto: "Si bien los Padres [N. de la R.: los obispos de los primeros tiempos del cristianismo] se atuvieron claramente al principio doctrinal de la indisolubilidad del matrimonio, algunos de ellos toleraron, en la práctica pastoral, una cierta flexibilidad ante situaciones difíciles concretas. Sobre este fundamento, las Iglesias orientales separadas de Roma habrían desarrollado más tarde, junto al principio de la akribia, de la fidelidad a la verdad revelada, el principio de la oikonomia, de la condescendencia benévola en situaciones difíciles. Sin renunciar a la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio, esas Iglesias permitirían, en determinados casos, un segundo e incluso un tercer matrimonio que, por otra parte, es diferente del primer matrimonio sacramental y está marcado por el carácter de la penitencia. Esta praxis nunca habría sido condenada explícitamente por la Iglesia Católica".

Ratzinger ponía a San León Magno y otros Padres de la Iglesia como ejemplo de quienes "buscaron soluciones pastorales para raros casos límite" y reconocía que "en la Iglesia imperial posterior a Constantino se buscó una mayor flexibilidad y disponibilidad al compromiso en situaciones matrimoniales difíciles".

Pero en Occidente, en los siglos posteriores al Concilio de Nicea, el periodo penitencial que precedía a la readmisión de los casados en segundas nupcias a la Eucaristía, inicialmente breve, se fue prolongando hasta hacerse permanente, hasta excluir a estas personas definitivamente de la comunión eucarística.

De este modo, se canceló la vía de la conversión y la penitencia y el tema fue quedando en manos de los tribunales eclesiásticos que debieron estudiar y resolver los casos de segundas nupcias pero mediante la nulidad del precedente matrimonio.

En las Iglesias de Oriente, en cambio, se mantuvo el sistema penitencial al cual algunos, como Giovanni Cereti y otros, proponen volver hoy.

Quizá sea ésta la solución que está imaginado el papa Francisco, aunque hasta ahora no lo ha formulado de modo explícito. En cambio, Joseph Ratzinger, tanto en sus tempos de cardenal como de Papa, había formulado, como se vio, esta opción en varias oportunidades: permitir a los divorciados vueltos a casar "que hayan llegado a la motivada convicción de conciencia sobre la nulidad de su primer matrimonio, pero cuya invalidez no puede ser demostrada por vía jurídica", el acceso a la comunión.

En una homilía pronunciada esta semana, el papa Francisco pidió "acompañar" y no "condenar" a las personas que han fracasado en su matrimonio. Pero al mismo tiempo alertó contra las trampas de la casuística, es decir, el tratar de estos temas a partir de casos particulares extremos.

De hecho, las dos posiciones dentro de la Iglesia perduran hasta hoy y se han visto expresadas recientemente a través de dos voceros, ambos autorizados por el papa Francisco más o menos explícitamente.

Por un lado, habilitó la publicación en el Osservatore Romano del 23 de octubre de un artículo del prefecto de la congregación para la doctrina de la fe,  Gerhard L. Müller, reafirmando la "santidad" indisoluble del matrimonio cristiano y rechazando "una adecuación al espíritu de los tiempos". La insistencia en la misericordia, es "un argumento insuficiente en materia de teología del sacramento", y las segundas nupcias son "una práctica inconciliable con la voluntad de Dios, claramente expresada en las palabras de Jesucristo", sentenció Müller.

Por otra parte, un cardenal que goza de la confianza del Papa, como el hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, coordinador del Consejo de ocho cardenales que asesora a Francisco, se expresó públicamente contra la posición que defiende Müller. Fue a través de una entrevista con el diario alemán Kölner Stadt-Anzeiger, el pasado 20 de enero: "Respondo -dijo, dirigiéndose a Müller-: 'Hermano mío, el mundo no es así. Deberías ser un poco más flexible escuchando los puntos de vista de los otros. Así sólo acabas diciendo 'alto ahí, aquí está el muro y más allá de él no se pasa". Y, en referencia a la variedad de situaciones en el campo de la pareja y de la familia, agregó: "Son situaciones que piden respuestas adecuadas al mundo de hoy. Ciertamente, no es suficiente decir: 'bueno, para todo esto está la doctrina'. Es verdad, y ella permanecerá, pero el desafío pastoral pide respuestas que vayan al paso con los tiempos. Respuestas que ya no se pueden fundar sobre el autoritarismo y el moralismo".

El dilema

La Iglesia se prepara por lo tanto a enfrentar un dilema: el casamiento es un sacramento, dado por Dios, y por lo tanto indisoluble, pero el número de divorcios aumenta también entre los católicos.

Para la Iglesia, sólo los viudos o las personas cuyo primer matrimonio fue únicamente civil pueden volver a casarse religiosamente. En cambio, en el caso de los divorciados se considera que, si vuelven a formar pareja, están en adulterio.

Pueden seguir yendo a la Iglesia y asistiendo a misa. Pero están excluidos de la Eucaristía. De todos modos, hay que decir que en la práctica esto se aplica cada vez menos: muchos sacerdotes hacen la vista gorda en el momento de dar la comunión a los fieles.

De hecho, la consulta lanzada por el Vaticano confirma lo que muchos suponen: que una gran mayoría de fieles desea que la Iglesia pueda perdonar el fracaso matrimonial y aceptar la comunión de los divorciados vueltos a casar.

La Iglesia se encuentra pues ante el dilema de encontrar una forma de práctica de penitencia, perdón y comunión para los divorciados casados en segundas nupcias que al mismo tiempo no entre en total contradicción con lo que el Evangelio dice sobre el casamiento.  

La solución, quizá, se encuentre en el pasado.


Por: Claudia Peiró        cpeiro@infobae.com