Como todo cambio de dirección, la medida no sólo causó sorpresa sino también confusión. La culminación del esquema cambiario comenzado en mayo de 2012 (la prohibición absoluta de adquirir dólares para atesoramiento personal) se debió a cierta ausencia de sincronía en materia fiscal y monetaria (e inflación) de la política económica, falta de timing al haber abandonado la "versión octubre de 2011" de las restricciones cambiarias, pero, por sobre todo, a la acuciante sensibilidad y erosión de las expectativas del mercado, erróneamente no consideradas por parte del Gobierno. Si bien el Ministro de Economía proponía "abrir el grifo", el vértigo que tomó el rumbo de los acontecimientos apresuró los tiempos.

Claramente, se llega a esta instancia luego de que el Banco Central (BCRA) no sólo no haya logrado detener el ritmo de la pérdida de valor de la moneda sino tampoco la erosión del stock de reservas. Pese a que la economía volvió al sendero de crecimiento durante 2013, se soportó razonablemente la embestida de la segunda peor crisis de la economía internacional y se empezó a negociar la deuda con el único organismo con el cual todavía se tienen cuentas pendientes (Club de París), se le atribuyó a la inflación y el déficit fiscal el desequilibrio cambiario que condujo a este aterrizaje forzoso. Fuera de lo estrictamente técnico, ciertas actuaciones privadas en el mercado paralelo de cambios inclinaron la balanza para que, a partir del lunes próximo sean flexibilizadas las medidas aunque en la práctica las mismas no desaparecerán por completo porque no accederán quienes no posean su actividad fiscal en regla y actualizada, ni aquellos que, por la suba de la cotización del dólar, sus ingresos hayan perdido poder adquisitivo.

¿Qué deberíamos esperar a partir del lunes? En el contexto de la existencia de severas limitaciones, la operatoria seguramente no será tan sencilla. ¿Cuáles serían los posibles escenarios? El que tiene mayores probabilidades de ocurrencia es el que estuvo vigente entre octubre de 2011 y mayo de 2012 donde se podían comprar divisas comprobando ingresos declarados. De ocurrir, sería la situación más saludable porque no se estaría coartando la libertad en un contexto político en el que el Gobierno se encuentra más debilitado que hace dos años. Como en aquel momento y por la devaluación de estos días, el tipo de cambio nominal deflactado por inflación local (no oficial) sería semejante ($7,50 por dólar) aunque continuaría siendo relativamente bajo para las subas salariales negociadas en paritarias y el apetito voraz que han demostrado tener los jugadores que, en las sombras, determinaron precios y cantidades en el mercado paralelo en el último bienio.

Una segunda opción, la más utópica seguramente, es de la "flotación pura" (sin intervención del BCRA). Si bien el mercado le ganó la pulseada al Gobierno en estos años (como ya se preveía), todavía la situación no está en estado terminal para la política económica porque el stock de reservas en las arcas del BCRA es más que suficiente para administrar una "flotación sucia" con requisitos fiscales (caso anterior). Como señala la teoría (en autores tales como Dornbusch, R y Fisher, S; Blanchard, O; Krugman, P; Stiglitz, J y Mankiw, G, entre muchos otros), los bancos centrales convalidan "flotación pura" si sus tipos de cambio son estables o no cuentan con suficientes reservas para reducir las fluctuaciones. Ninguna de estas situaciones están presentes hoy en la Argentina: su realidad cambiaria es inestable y, a diferencia de 2001, cuenta con reservas para resistir la embestida del mercado y determinar paridades consistentes con metas de política económica.

El tercer caso, que en probabilidades se ubicaría entre los dos anteriores, sería el del desdoblamiento cambiario. En este caso, las actividades prioritarias para la sociedad relacionadas con la producción y el empleo (importaciones de bienes de capital, por ejemplo), tendrían un tipo de cambio más bajo y las de carácter más suntuario, cotizaciones más prohibitivas (turismo y esparcimiento en el exterior). Esta posibilidad se debatió bastante en el Gobierno y parece no haber tenido demasiados adeptos pero goza de cierta probabilidad de ocurrencia. Véase que para su implementación se requeriría bastante gestión, particularmente para discriminar los casos. Menos oportunidades tendría esta opción si se tiene en cuenta que una segmentación posible podría incluir una reducción de retenciones a las exportaciones de commodities, medida que debería haberse tomado antes en paralelo con otra para evitar agrandar "el agujero" actual de las finanzas públicas.

Si ello tuviera entidad política, se accedería a un flujo más intenso en la oferta de dólares pero, lamentablemente, todavía sigue siendo resistida en el Gobierno. La suba del tipo de cambio no sólo racionará y obligará a sacrificar más ingreso "para ahorrar" sino que hará subir las tasas de interés y también los precios introduciendo dos consecuencias preocupantes: el crecimiento se debilitará y, a la inflación de demanda y expectativas ya existentes, se le sumará la que proviene del encarecimiento de la producción extranjera. Como señalan Krugman y Taylor (1978), la devaluación es contractiva por varios caminos porque erosiona la demanda y el ingreso. Este cambio de dirección, por lo tanto, no es algo deseado por sus múltiples derivaciones potenciales. El abandono de un régimen cambiario y la devaluación no es recomendable en economías subdesarrolladas como la de la Argentina.

(*) Gustavo Perilli y Andrés Méndez son socios en AMF Economía

Twitter: @amfeconomia