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La decisión de dar asueto a los empleados públicos argentinos prácticamente de aquí a fin de año puede inquietar o bien por el contrario confirmar el sobredimensionamiento de planteles, tan inflados que, para el trabajo de 10 días, dos jornadas y media son más que suficientes...

"En la función pública lo que hay que llenar es el escote, no el currículum"; "Cuando ingresé, me sumergí en un mundo paralelo en el cual es posible 'solucionar' un problema sin resolverlo y 'pilotear' un proyecto sin ocuparse de él"; "La importancia de los [agentes] no se mide por sus realizaciones [sino] por la capacidad para reubicar a sus amantes en el organigrama de la administración"; "¿Hay acaso una ley secreta, según la cual, después de las vacaciones, habría un período de transición durante el cual uno no hace nada, antes de volver al trabajo?", etcétera, etcétera.

Estas frases corrosivas –con las que cualquiera que trabaje en el Estado puede identificarse- son las conclusiones a las que llegó Zoé Shepard, una joven funcionaria francesa, luego de trabajar durante 3 años como encargada de misión (*) ante la Delegación Europa e Internacional en el Consejo Regional de Aquitania (sudeste de Francia), experiencia que volcó en un libro, Absolument dé-bor-dée ou le paradoxe du fonctionnaire (**), editada en España con el título ¡Estamos desbordados!

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"Este libro nació de una gran desesperanza profesional, porque nunca logré hacer aquello para lo cual había sido reclutada...", contó la propia autora, afirmando que ingresó a la función pública por auténtica vocación luego de años de estudio. Muchos empleados públicos –vocacionales o no- se adaptan perfectamente a este tipo de situaciones. No fue su caso: "Me sentía mal en este trabajo. Me resultaba muy penoso permanecer 7 horas frente a una PC diciéndome que podía ser útil en otra parte".

Indignada sobre todo por el dispendio de recursos y el nepotismo imperantes, empezó por escribir un blog, a modo de catarsis, que en el año 2010 se convirtió en libro, publicado bajo cubierta de un seudónimo –Zoé Shepard- y con nombres ficticios.

Pero algunos de sus colegas decidieron ponerse el sayo. El director de su servicio la reportó por violación de confidencialidad y por sentirse injuriado (en el libro ella hablaba de "su mirada vacua, como la de un bovino"). A Aurélie Boullet, tal su verdadero nombre, el asunto le valió 4 meses de suspensión sin haberes, tiempo que dedicó a escribir un segundo libro, en el cual denuncia la "placardización", es decir el congelamiento al que fue sometida: Ta carrière est finie (Tu carrera está terminada), publicado en 2012.

"Cuando fui contratada –escribe Aurélie/Zoé- estaba persuadida de que realmente iba a poder actuar, aportar las competencias que había adquirido en el transcurso de mis ocho años de estudio para poder marcar una diferencia y así permitir un mejor funcionamiento del servicio público. Lo sé, a veces tengo una inocencia que espanta. En los seis meses que llevo en el servicio, armé informes muy serios llenos de cifras y palabras incomprensibles que jamás fueron leídos, chapuceé unas notas, hice como que escuchaba en una cantidad incalculable de reuniones inútiles y varias veces fungí como agente de viajes organizando la recepción de delegaciones extranjeras".

"Acorde con esa ley de hierro de la administración –los elementos ubicados  más arriba en la escala hacen lo menos posible, pasan su tiempo viajando, acompañados por un puñado de fieles vasallos (que), desprovistos de todo sentido práctico o iniciativa, no toman ninguna decisión sin haberse remitido primero a su tirano, paralizando así el avance de la mayor parte de los temas", denuncia.

Shepard  también reproduce el tipo de diálogos increíbles que pueden escucharse en los pasillos de las oficinas públicas:

-La temporada de gripe, ¿cuándo empieza? Dos gastroenteritis en dos semanas, ¿es creíble?- pregunta con ansiedad uno, mientras se sirve un capuchino.

-Andá a ver un médico, le decís que estás deprimido, te da unos días... quince días... fácil..

-¡Quince! ¡Pero no es suficiente! El año pasado me puse a llorar en el consultorio y fue muy efectivo, me dio tres cajas de ansiolíticos y un mes de licencia. Lástima que ese tordo se jubiló..."

El ausentismo es sin dudas otra plaga de la administración, en Francia, en Argentina y en casi todo el mundo. Favorecido, no sólo por la inamovilidad de los agentes, sino también por su bajísima productividad.

Un mundo donde el que trabaja molesta

Claro que, para que todos puedan tirarse a chantas, alguien tiene que hacer el trabajo. En las áreas de alta sensibilidad política o técnica suele haber un empleado eficiente y responsable que se pone todo al hombro pero que no será reconocido en la medida que lo merece.

"Michelle lleva adelante el sector sola –escribe Zoé Shepard. Dotada de una rigurosidad y una disponibilidad que fuerzan la admiración, evita que enviemos a los jefes a la cárcel, rectificando nuestros errores jurídicos. El Jefe podría irse un mes a las islas Seychelles, que nadie lo notaría. Cuando Michelle se toma dos días de licencia seguidos, el servicio se paraliza. Pero, como en vez de pasarse el día lamiendo las botas de los poderosos de la administración y haciéndose propaganda, Michelle trabaja, se queda en lo más bajo del escalafón".

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A los que no tienen mucho que hacer, se suman los inútiles y los acomodados. ¿Quién ignora que la administración pública es el refugio ideal de esta clase de gente, además de las amantes y los "hijos de"?

Hay técnicas apropiadas para disimular la subocupación, explica Shepard: "El aburrimiento en la oficina es confidencial y está permitido inventarse una vida profesional agitada. Para ello, basta con tomar una pila de carpetas, volcar una parte sobre el escritorio, correr por los pasillos con las demás bajo el brazo, poner cara de abrumada y clamar cuán des-bor-da-da se está".

La inversión de talentos –el más inútil en lo alto de la jerarquía- puede darse hasta en una empresa, pero lo que en el mundo privado es una anomalía se vuelve demasiado frecuente en la esfera pública. También para eso hay que desarrollar estrategias: "Como el ego del jefe es inversamente proporcional a su coeficiente intelectual –explica Shepard-, hay un método infalible para hacerle hacer lo que uno quiere: que siempre crea que la idea que se desea concretar viene de él". Las fórmulas mágicas son: "tal como usted lo solicitó..."; "en conformidad con sus deseos..."; "como usted con tanto acierto había notado..."; o "como todo lo que tiene que ver con la educación y la cultura le interesa a usted enormemente"...

"A veces, en el servicio, hay trabajo en serio", declara Shepard extremando la ironía. "Entonces se ponen a contratar pasantes para que hagan el trabajo. Porque, especialistas en truchar, los agentes del servicio se niegan a trabajar ellos y abrevan en ese gigantesco reservorio de mano de obra gratuita. Pero no es 'explotar' sino 'delegar'. Ellos no haraganean, ellos administran, forman".

Con el tiempo, la autora empieza a sentir cierto placer sádico en recibir a los recién llegados: "Admito que una de mis misiones predilectas es informar a los novatos de lo que les espera. Son tan ingenuos..."

Llega un joven cuadro que ella debe entrenar. "Imagino que debe haber pasado las dos semanas previas a la entrevista laboral entrenándose en estrechar manos 'de forma dinámica y motivada'", piensa ella.

"No tengo nada que hacer –le dice poco después el recién llegado, desesperado-. No entiendo. Si me contrataron debe ser porque me necesitaban".

Paciente, ella le explica: "Noviembre es el período de ascensos. El director quería promover a su amante del mes, categoría B. Ahora bien, para pasar a alguien de la B a la A hay que reclutar dos agentes A. Vos sos uno de los dos cuyo CV exhumó el Jefe del fondo de un cajón (...) Por eso tu presencia en nuestro hermoso y dinámico servicio".

"Pero ¿qué hago?", pregunta el Novato.

"Como los demás, poca cosa. Practicar la actividad que todo el mundo reprueba, es decir, trabajar, podría arruinar tu integración. Si te dan ganas de trabajar, sentáte, respirá hondo y esperá a que se te pase".

Los inútiles

La cantidad de inútiles que ocupan un lugar en la  administración es otra de las obsesiones de Shepard. Por ejemplo, secretarias que se desesperan ante la titánica tarea de cambiar la tipografía de un informe en la computadora o fotocopiar un dossier en 15 ejemplares encarpetados.

En el segundo libro de Shepard, un párrafo ejemplifica dos problemas que en definitiva se potencian: el favoritismo y el gigantismo: "Cuando un amigote del jefe lo llama para ubicar a su retoño, brillante elemento lleno de diplomas, es difícil que éste caiga en lo bajo del escalafón. Por regla general, como tocado por la magia administrativa, se posa directamente en el nivel de encargado de misión. El problema es que la mayor parte de las tareas administrativas requieren pese a todo cierta competencia. Por lo tanto hay que contratar a otra persona. ¿Su tarea? Encargarse del trabajo que el otro es incapaz de hacer. En consecuencia, nuestro organigrama se parece a una pirámide invertida. Semejante derroche de fondos públicos me aflige mucho".

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En reuniones interminables sin utilidad concreta, que a la autora le hacen desear hacer una llamada anónima para denunciar una bomba, aprende que nunca hay que poner en evidencia que uno no sabe o no le interesa lo que se está diciendo. Para ello existe toda una serie de técnicas de fingimiento: asentir con la cabeza, repetir las palabras del interlocutor, abusar de los 'muy bien', 'perfecto' y, "si se es intrépido, un 'veo perfectamente lo que usted quiere decir y comparto enteramente su punto de vista' da buen resultado", aconseja.

La recomendada para una representación comercial en China es una joven de 23 años, hermana menor de la mejor amiga de la sobrina del intendente. No habla mandarín ni tiene la formación necesaria para el puesto. No importa. "El nepotismo es la plaga de este servicio", dice un funcionario cuando ve la propuesta. "No soy yo la que decido", replica Zoé, optando directamente por la alcahuetería y feliz de poder frenar esta designación, aunque eso le costará que la retiren del tema cooperación con China.

El libro se cierra con la decisión de tomarse un año sabático –"me voy, la función pública no se dará cuenta de mi ausencia", - y su agradecimiento a los amigos que la alentaron a escribir y mantuvieron diálogo con ella permitiéndole "usar esta herramienta olvidada en el marco de mi trabajo –el cerebro".

Antes de partir, le dice al Novato que estaba "entrenando": "Creo que estás listo: basta con que hagas como que trabajás y que te asegures de que lo importante lo verifique Michelle, y todo va a andar bien".


(*) Sería el equivalente a un director de programa

(**) Absolutamente desbordada. La paradoja del funcionario