AFP 162
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Con la participación de 1.200 religiosos, entre cardenales, patriarcas de las Iglesias orientales, arzobispos, obispos y sacerdotes, el Papa celebró la misa de clausura del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordó "con afecto y reconocimiento".

Junto al altar, en una caja de bronce, algunos restos óseos del apóstol Pedro, la "piedra" sobre la cual Jesús dijo que edificaría su Iglesia. Antes de la misa se realizó una colecta para la población de Filipinas afectada por el tifón Haiyan.

"Con esa iniciativa providencial, (Benedicto XVI) nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, (y) que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón", dijo el Papa.

A continuación dirigió "un saludo cordial" a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas, por cuya situación había expresado preocupación hace pocos días, diciendo: "No nos resignamos a un Oriente sin cristianos", en referencia a las violencias y persecuciones de que son objeto en países donde esa fe es minoritaria.

"El saludo de paz que nos intercambiaremos quiere expresar sobre todo el reconocimiento del Obispo de Roma a estas Comunidades, que han confesado el nombre de Cristo con una fidelidad ejemplar, pagando con frecuencia un alto precio", dijo Francisco en esta homilía.

Previo a su mensaje, se leyeron pasajes de la Biblia referidos a la centralidad de Cristo. "Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia", sintetizó el Papa.

"La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo", señaló.

"Además de ser centro de la creación, y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios", dijo y agregó que se trata de un Dios "cercano", que acompaña "al hombre en su camino".

"Cristo -siguió diciendo- es precisamente el 'hermano' alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En él somos uno; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Solamente en él como centro tenemos la identidad como pueblo".

"Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad y de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy", agregó, en referencia al hombre crucificado al lado de Jesús, que le imploró: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" y al que Él respondió: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".

"Hoy todos nosotros podemos pensar en nuestro camino. Este día nos hará bien pensar en nuestra historia. (...) La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la Gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da más de lo que se le pide: le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino".