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Muchas personas no van al médico a lo largo de toda su vida, porque les temen a los especialistas. Pero muchos encubren este miedo diciendo que el médico no sabe más que ellos acerca de su salud, de cómo se sienten; aducen que les van a encontrar algo y con los tratamientos los van a enfermar más.

Hay quienes no temen a la presencia de un médico ni a los tratamientos que pueda aconsejar; sin embargo, otros necesitan una alta dosis de valentía para pisar un consultorio, aunque requiera de la atención médica especializada.

Iatrofobia es básicamente el miedo incontrolado, anormal, persistente e injustificado a los médicos, con la consecuencia de no acudir a las consultas de revisiones cotidianas, por lo que pueden aparecer problemas en la salud que no sean detectados a tiempo.

Este temor suele estar asociado a alguna experiencia de consultas anteriores, alguna situación traumática en la infancia, al contagio de enfermedades, o al resultado de los exámenes.

Y la medicina de hoy, rápida, superficial, y fundamentalmente dividida, puede llevar a que se cometan muchos errores y dar más "argumentos" a los miedosos. Ocurre que el cuerpo humano –y en general el cuerpo de todos los animales– es una unidad, por lo tanto, no se puede actuar en forma completamente aislada, tratando por un lado un riñón, por otro lado un estómago, por otro lado un cerebro, ya que es totalmente una unidad y la falta de un verdadero clínico que pueda ser un "director de orquesta" es lo que genera estos errores que muchas veces justifican por lejos el miedo que los pacientes puedan llegar a sentir.

El miedo a los médicos hoy es más la consecuencia de la despersonalización de la medicina, de su robotización, y esa carencia es la que justificadamente lleva a muchos pacientes a alejarse de ella y a quedarse solos, muchas veces buscando una solución que no pueden llegar a encontrar.

Volver al médico de cabecera, al que nos da esa confianza y efectividad que es muy necesaria, va a colaborar enormemente con el tratamiento mejor elegido, para que el 50% de la cura esté en la confianza que el paciente deposita en su propia salud y en el médico.

El viejo médico de cabecera, el médico de familia, es esa persona que media entre las ciencias duras y el paciente, una llegada de esta ciencia absolutamente paternal, llena de confianza, que hace que el paciente se entregue al médico.

¿Decirle al paciente lo que quiere escuchar? 

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Es bien conocida la influencia de la sugestión en la conducta humana. Es un poder tan grande que, según las palabras del médico, el paciente puede experimentar mejoría o todo lo contrario. Según lo que diga el especialista y sus gestos, algunos pacientes pueden decidir seguir viviendo o no.

Es necesario saber para cada paciente cuál es el límite entre lo que puede y lo que debe escuchar.

Los errores de comunicación en su mayoría son de incomunicación. El diálogo hace que el médico conozca a su paciente, por ello es mejor que esto lo hagan los profesionales de cabecera y no los profesionales tipo "de guardia" que lo ven esporádicamente. Esa tarea la debe de cumplir en general el médico de familia.

Palabras prohibidas

Hay palabras que deberían nombrarse, según los momentos, pero igualmente son personales. Así, para algunos será "cirugía" para otros "muerte" y para algunos "internación", pero de saber esto para cada persona en particular, se puede dar una información evitando la palabra no tolerada.

Si bien no es aconsejable decirle al paciente lo que quiere escuchar, sí hay que decir lo que el paciente puede y debe escuchar, la forma es fundamental y nunca hacer afirmaciones futurísticas, ni malas ni buenas. Sólo hacer referencia a pronósticos y, según el caso sólo hablar del presente.

Cada médico con su librito

Los análisis o estudios varían las respuestas de los médicos porque los criterios generales son diferentes. Un paciente no es un estudio, es algo mucho más complejo, es un todo, cuerpo, mente, medio íntimo, social, económico y hasta político.

El paciente bien podrá buscar más de una opinión, pero a la hora de elegir lo hará de la mano del médico que más lo conozca y en el que más confíe.

Los médicos siempre deben hablar con el hemisferio izquierdo, o sea la razón, pero con el derecho, el corazón, deben envolver sus mensajes con empatía, es decir, poniéndose por unos minutos al menos en los zapatos de su paciente.

Asesoró: doctora María Alejandra Rodríguez Zía (MN 70.787), médica clínica y endocrinóloga UBA