Télam 162
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Casi dos millones de personas en la calle, la oposición en pleno, todas las asociaciones del ámbito judicial y hasta prestigiosas ONG extranjeras, como Human Right Watch, lo rechazaron, y hubo inclusive cuestionamientos en las cercanías del oficialismo –los del CELS, por caso-; sin embargo, el paquete de leyes que reformarán el Poder Judicial de la República Argentina se está abriendo camino hacia su consagración.

Detrás de la eficacia de esta última iniciativa oficial, está la mano del funcionario más poderoso del Gobierno: el abogado Carlos Zannini, inamovible tanto en el cargo de secretario Legal y Técnico que ocupa desde 2003, como en el rol de persona de confianza y consulta permanentes, primero de Néstor Kirchner y luego de su esposa.

      
      
 

De origen cordobés, el hoy influyente Zannini se mudó al sur poco después de restaurada la democracia. Y fue allí, en 1984, donde su camino se cruzó con el de Néstor Kirchner, por entonces sólo un abogado y político, pero con grandes ambiciones de poder que muy pronto se concretarían. Ese encuentro fue crucial ya que en todo su cursus honorum, primero en el ámbito local de Río Gallegos, luego en el gobierno provincial y, finalmente, en la presidencia, Néstor Kirchner estuvo siempre flanqueado por Zannini, el hombre que le redactaba los discursos, los decretos, los proyectos de ley y, sobre todo, el que le decía dónde y cuándo estampar o no su firma. Qué impulsar, qué vetar, a quién designar en puestos clave, qué decisiones plasmar en decretos de necesidad y urgencia o, directamente, en decretos secretos. Todo eso pasaba y pasa por el despacho de Zannini.

Y, si no todo surge de su cabeza y de su pluma, nada sale ni se hace sin su venia y supervisión.

      

Su influencia es inversamente proporcional a su grado de conocimiento por el público. Al día de hoy, el poderoso secretario puede caminar del brazo de su esposa por las calles porteñas, y hasta por el muy concurrido centro comercial Solar de la Abadía, por ejemplo, en Palermo, no lejos de su domicilio, y gozar de la tranquilidad que da el anonimato.

Las claves de su poder son la permanencia en el cargo y la cercanía con Cristina Kirchner, prolongación de la que antes tenía con el ex presidente fallecido. En una década en la cúspide del Gobierno, se tejen lazos, se gana influencia y se aceitan los mecanismos de la voluntad presidencial.

En su despacho de la planta baja de la Casa de Gobierno, detrás del Patio de las Palmeras, recibe informes del titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, sobre los expedientes que tramita ese organismo. También convoca allí a los jueces federales para interiorizarse sobre las causas que instruyen. Nadie desestima una invitación del secretario, uno de los pocos funcionarios que tienen diálogo con Cristina.

Zannini tiene trato directo con el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Ricardo Lorenzetti, por ejemplo. El diálogo de este último con Cristina Kirchner, que hizo posible avanzar con las leyes de reforma judicial en el Congreso, se entiende mejor si se sabe que el juez y Zannini se conocen desde hace tiempo, que fue éste el promotor de su llegada a la Corte y de su ascenso a la cumbre del Poder Judicial.

      
 
      

La etapa santacruceña

Se decía que, al despacho de Néstor Kirchner, Zannini entraba sin golpear. Quizá no suceda lo mismo con su viuda, pero no hay duda de que el hombre al que apodan "el Chino" es de los pocos, por no decir el único, que integra el ámbito de consulta presidencial.

Peronista tardío, Zannini militó en el maoísmo en su juventud. En los años de auge del peronismo revolucionario, él se ubicó más a la izquierda aún, en Vanguardia Comunista, una agrupación que se reconocía en la imagen y el pensamiento de Mao. Esta afiliación le valió 3 años de cárcel, durante el Proceso.

Una vez liberado –estuvo detenido en la penitenciaría de La Plata–, volvió a Córdoba, la provincia que lo vio nacer (en 1954). Se recibió de abogado y en 1984 se radicó en Santa Cruz, donde, como se dijo, ocupó varios cargos públicos, siempre de la mano de Néstor Kirchner. En 1987, cuando éste fue electo intendente de Río Gallegos, Zannini fue su secretario de Gobierno. Más tarde, en 1991, con Kirchner en la gobernación, fue ministro de Gobierno. En 1995 pasó a la legislatura provincial, donde presidió el bloque oficialista. Finalmente, en 1999, Kirchner lo nombró presidente de Superior Tribunal de Justicia de Santa Cruz, es decir, lo convirtió en cabeza del Poder Judicial provincial.

Ese nombramiento fue clave en la decisión de no acatar la orden de la Corte Suprema de la Nación de restituir en su cargo al procurador Eduardo Sosa, destituido por Néstor Kirchner en 1995, algo que fue ordenado por lo menos tres veces en distintas ocasiones y estando ese tribunal integrado por diferentes miembros: todos coincidieron en que Sosa debía volver a su cargo, algo que los Kirchner –y Zannini– desacataron sistemáticamente.

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Carlos Zannini con Cristina Fernández de Kirchner. Al fondo, Julio de Vido

Como se demostró en el empecinamiento en no restituir en su cargo al jefe de fiscales, la Suprema Corte no es una puerta ante la cual los Kirchner –y su mano derecha de siempre– se detengan. Más que con rigor institucional, Zannini siempre actuó en función de la estrecha amistad que lo unía a su jefe y a su esposa. Tal como lo hace hoy, a nivel nacional, el Secretario Legal y Técnico fue un hombre clave de los Kirchner para el ordenamiento de la justicia de Santa Cruz.

Los proyectos que hoy impulsa a nivel nacional, y que implican una profunda remodelación institucional –frecuentemente al límite de los marcos legales–, Zannini ya los ensayó en Santa Cruz. Por ejemplo, fue el artífice de dos reformas constitucionales en la provincia patagónica. Una, en 1994, para habilitar por única vez la reelección de Néstor Kirchner. La segunda, en 1998, para instaurar la reelección indefinida y eliminar la cláusula de consanguinidad. Prueba de que, antes de llegar a la presidencia, el matrimonio Kirchner ya había diseñado el sistema de sucesión conyugal que luego aplicó a nivel nacional.

      
 
      

Otra obra que llevó la impronta del "Chino" Zannini fue la reforma electoral que instauró la ley de lemas y un sistema de votación de representantes que le asegura al oficialismo una abrumadora mayoría en la legislatura provincial.

Siempre disponible para convertir en realidad los deseos presidenciales, este ex marxista cordobés encarna sin fisuras el "vamos por más", tan caro a Cristina Kirchner. Algo que, desde ya, no se contrapone con su ideología original. Podría pensarse que impulsa hoy una versión remozada del estatismo que el marxismo postulaba como sistema de poder. Mientras que en el sistema comunista el partido es sinónimo de Estado, muchos críticos de la reforma judicial que promueve la Presidente afirman que con su aplicación la República estará subrogada al poder político de turno.