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Situado muy cerca del centro de Caracas, pero en el corazón del peligroso 23 de Enero, el Cuartel de la Montaña pasó a la historia el 4 de febrero de 1992, cuando Hugo Chávez comandó desde allí un intento de golpe de Estado. En esas instalaciones militares, hoy devenidas en museo/mausoleo, el bolivariano debió rendirse.

Contrariamente a lo vivido tras la muerte del mandatario, hoy el Cuartel de la Montaña prácticamente no tiene visitantes. Se ingresa en grupos de 25, pero casi nunca hay tiempo de espera.

Una vez dentro, miembros de las milicias chavistas ofician de guías turísticos. Intercalan momentos históricos con arengas bolivarianas y exhortaciones a "continuar el legado" de Chávez en los comicios del 14 de abril.

De fondo suena una grabación del propio Chávez cantando. Hay una línea de su vida y un salón repleto de gigantografías de Chávez. Él solo, él con su familia y él con otros líderes mundiales.

La tumba, una sobria lápida de mármol, está constantemente custodiada. Piden por favor no golpearla y circular rápidamente. En ese ambiente casi aséptico, hay espacio para la emoción… algunos lloran y todos, absolutamente todos, responden con un "viva" cada una de las arengas de los milicianos.

El recorrido incluye una visita al cañón que cada día a las 16:25, hora local, suena para recordar el momento exacto del fallecimiento del líder. En total, lleva menos de una hora.

Cuando ya todo está por terminar, los anfitriones, vestidos de religioso verde, recuerdan que el domingo hay que ir a votar. "¡Viva Chávez, viva la revolución, vivan las Fuerzas Armadas!", grita el joven miliciano. Cuando ya casi nadie queda alrededor, recuerda que ahora hay que vivar a alguien más y grita: "¡Viva Maduro!".