Una bisnieta de Trotsky trabaja para Bush

Seguramente el líder revolucionario soviético tendría dificultades para entender que una de sus herederas forma parte del equipo del que podría considerar su "gran enemigo"

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(EFE) -

Si el gran revolucionario soviético León Trotsky levantara la cabeza, se encontraría con que su bisnieta Nora Volkow trabaja para un patrón que probablemente su bisabuelo consideraría un "gran enemigo": el Gobierno de EE.UU.



Volkow, la primera mujer que ocupa la dirección del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA), no ha heredado la vocación política de su bisabuelo, aunque sí su espíritu idealista y su afán de perfección.



Hija de Esteban Volkow, que se considera único nieto vivo de Trotsky, Nora Volkow creció en el barrio de Coyoacán (Ciudad de México), en la casa vieja rodeada de árboles frondosos y cactus en la que vivió y fue asesinado el líder revolucionario.



En una entrevista con EFE, que tuvo lugar en su despacho del NIDA, la científica recordó cómo los años que pasó en la casa de Coyoacán marcaron su vida.



La casa, convertida ahora en museo, no lo era oficialmente cuando Volkow vivió allí, pero aun así, ella y sus tres hermanas se turnaban para enseñarla los fines de semana.



En esos turnos conoció al escritor colombiano Gabriel García Márquez, al actor francés Alain Delon -"un hombre que me parecía muy guapo"- y al presidente Lázaro Cárdenas, un encuentro que "impactó" a Volkow porque fue él quien, a finales de la década de 1930, acogió en México a su bisabuelo.



León Trotsky, uno de los líderes de la Revolución de Octubre de 1917, fue una de las personas más poderosas en el Gobierno revolucionario soviético hasta la muerte de Vladimir Ilich Ulianov Lenin en 1924.



Sus discrepancias con Joseph Stalin lo forzaron a dejar Rusia -en un exilio que lo llevó sucesivamente a Turquía, Francia, Noruega y finalmente México- y le costaron la vida a él y a casi todos sus familiares.



La historia de tragedia y grandeza de su bisabuelo, asesinado por el agente estalinista el español Ramón Mercader en su casa de Coyoacán en 1940, despertó la conciencia social de Volkow.



"Al igual que mi bisabuelo, yo también quería hacer algo para salvar a la humanidad", dice la directora del NIDA, a lo que añade, "mi bisabuelo trató de desarrollar un sistema que permitiera al ser humano desarrollar todo su potencial".



Volkow encontró en la ciencia la respuesta a esa llamada de servicio social.



A los 18 años, ingresó en la Universidad Nacional Autónoma de México para estudiar medicina, y se graduó en 1981 como la número uno de su promoción.



A Ciudad de México le siguió un doctorado en psiquiatría en la Universidad de Nueva York (NYU), donde comenzó a interesarse en los sistemas de seguimiento de la actividad cerebral.



En 1984, durante su primer puesto docente en la Universidad de Texas, en Houston, Volkow comenzó a aplicar las nuevas tecnologías de observación cerebral al estudio del abuso de drogas.



La directora del NIDA fue la primera científica en documentar que los cocainómanos sufren daños cerebrales equivalentes a pequeños derrames.



Durante su estancia en Texas conoció a Stephen Adler, un físico de origen mexicano con el que contrajo matrimonio y del que no cuenta mucho, aparte de que cocina mejor que ella, algo fácil, a juzgar por sus palabras.



"No me gusta mucho la comida, no sé cocinar ni tengo tiempo para hacerlo", dice Volkow, lo que probablemente explica la delgadez de la que hace gala a sus 49 años.



Para lo que sí ha tenido siempre tiempo es para la ciencia. Su último logro fue el nombramiento del NIDA en 2003.



En total, Volkow ha publicado cerca de 300 artículos y más de 50 capítulos de libros, la mayoría relacionados con el cerebro y el abuso de drogas.



La anulación de la voluntad que conlleva el consumo excesivo de narcóticos llevó a Volkow a elegir este campo.



"Como investigadora me interesaba mucho saber qué pasa en el cerebro", dice.



La científica, que califica la drogadicción como "una enfermedad mental", busca averiguar cuáles son los factores genéticos y sociales que predisponen a la adicción y qué cambios se producen en el cerebro del adicto.



Esa búsqueda se ha convertido en uno de los pilares de su existencia.



"Me meto a algo y me obsesiono", dice Volkow, quien asegura haber renunciado a la maternidad en nombre de la ciencia. "Nunca he tenido hijos. No me parecería justo. Con todo lo que trabajo, no tendría tiempo para ellos".


Por Teresa Bouza (EFE)