“Basta chabón, estás enfermo, te podés morir”, le dijeron sus amigos (Adrián Escandar)
“Basta chabón, estás enfermo, te podés morir”, le dijeron sus amigos (Adrián Escandar)

Nicolás se sienta en el bar, pide un cortado en jarrito y apoya las manos sobre la mesa. Hay dos dedos de su mano derecha que están cruzados por cicatrices y que no puede terminar de estirar. Los dedos son el recuerdo del punto de inflexión de la enfermedad. Ocurrió -explica- durante el primer partido de fútbol que jugó después de una operación de rodilla. Nicolás se cayó y esos dedos se fracturaron con la facilidad con la que se quiebra una rama fina y seca. "Tenía 23 años y tenía los huesos como los de un anciano", dice.

Nicolás Krasnobroda tiene 33 años, vive en Parque Chacabuco y hay tres razones por las que la suya es la cara menos conocida de la anorexia: es hombre, no es adolescente y nunca se propuso adelgazar con el objetivo concreto de verse mejor.

"En mi familia eran todos obesos y yo siempre fui el flaco. De chico comía muy poco y para mí eso era lo normal: 'no tengo hambre, no como, punto'. Me acostumbré a comer como un pajarito y, ya de grande, empecé a saltear comidas. No lo hacía de manera consciente, para mí era algo de todos los días. Yo decía 'bueno, hoy no comí, mañana comeré'.

Nicolás frente a su propia imagen: “No me importaba como me veía” (Adrián Escandar)
Nicolás frente a su propia imagen: “No me importaba como me veía” (Adrián Escandar)

Crecer e independizarse colaboró con la enfermedad: "Me fui a vivir solo y ya no me controlaba nadie. Yo me levantaba y me iba a laburar, nunca desayunaba", cuenta Nicolás, que en ese entonces ya trabajaba como vendedor de pasajes para Aerolíneas Argentinas. "Capaz que al mediodía comía un pedacito de algo, a la tarde tomaba un té con galletitas y a la noche decía: 'tengo que ser responsable y cenar'. Entonces me comía un tomate". 

Estaba tan acostumbrado a comer así que los síntomas no le llamaron la atención. Se sentía agotado, las seis horas de trabajo le resultaban tortuosas y estaba de mal humor desde que se despertaba. "Empecé a sentirme muy observado y para que no me dijeran nada empecé a mentir", cuenta con pudor. Las mentiras incluían puestas en escena: Nicolás buscaba un envoltorio de un turrón, se lo guardaba en un bolsillo, decía que acababa de comerlo y, en el momento indicado, sacaba el papel que le servía de evidencia.

"Si estaba comiendo en grupo, me fijaba que nadie me estuviera mirando y tiraba los pedazos de comida al piso, no importaba si estaba en un restaurante o en la casa de un amigo. Si tenía un churrasco en el plato, empezaba a cortarlo en pedacitos y, cuando los demás se distraían, me los iba guardando en el bolsillo para no comerlos", cuenta.

Comía poco. Y a veces, vomitaba entero lo que comía. "Vomitar era algo de todos los días. Yo no me provocaba el vómito pero comía, sentía que me caía mal y lo vomitaba. Si me juntaba con mis amigos iba tarde y decía que ya había cenado. Después, empezaba a chupar y, como tomaba con el estómago vacío, siempre terminaba lanzando todo. Eso también era algo habitual: alguien preguntaba '¿dónde está Nico? ah, vomitando". El malestar del día siguiente servía como excusa si tenía un almuerzo familiar. Nicolás decía que la noche anterior había comido algo frito que le había caído mal y que sólo iba a tomar una sopita con arroz.

“Para mi la anorexia era una enfermedad de mujeres”, dice (Adrián Escandar).
“Para mi la anorexia era una enfermedad de mujeres”, dice (Adrián Escandar).

El paso siguiente fue a empezar a rechazar las invitaciones de sus amigos. Les decía, por ejemplo, que no podía ir porque justo habían internado a su abuela y estaba grave. Pero como sucede entre el rayo y el trueno, a la mentira le seguía una culpa feroz. Hasta que mentir para tapar la mentira anterior empezó a demandarle tanto trabajo que decidió dejar de ver a sus amigos y a su familia.

"Y ahí perdí el control de toda mi vida, no sólo de lo que comía. Si alguien venía a mi casa era un desastre, la cama tenía las mismas sábanas que dos meses antes, yo no me higienizaba, no me afeitaba, contestaba mal. No me importaba nada, menos el físico. Tenía la piel pegada a los huesos y no me importaba. Había entrado en un mundo muy oscuro, podía pasar el fin de semana entero en mi casa solo, mirando el techo, sin salir ni a la puerta". Lo que cuenta contradice uno de los grandes estereotipos de la anorexia: que los que se enferman son tan frívolos que sólo desean tener un buen físico. 

Huraño y deprimido, Nicolás empezó a tocar el bajo y lo abandonó. Quiso volver a jugar a la pelota con sus amigos y sucedió lo de la fractura múltiple en los dedos. "En ese momento pensé 'qué mala suerte que tuve'. Después me di cuenta que no había sido mala suerte: estaba muy descalcificado, me faltaban un montón de nutrientes, estaba un paso antes de la artrosis. Tenía veintipico de años y los huesos de un hombre viejo. Estaba mal y, sin embargo, alguien me preguntaba ¿cómo estás? y yo respondía que estaba muy bien".

Ni él ni nadie en su entorno había mencionado la palabra anorexia: "Jamás, eso era para mí una enfermedad de mujeres, incluso de mujeres adolescentes", recuerda. Hasta que sus amigos empezaron a abordarlo. Fueron con él a pescar al Tigre y lo observaron durante un día entero: Nicolás no comió nada y estuvo todo el día irascible, buscando motivos para pelear. "Mi cuerpo ya era como un dedo meñique. Cuando volvimos de ese día de pesca mis amigos me dijeron: 'basta chabón, estás enfermo, te podés morir".

“Llegué a pesar 47 kilos, parecía un cadáver”, recuerda Nicolás (Adrián Escandar).
“Llegué a pesar 47 kilos, parecía un cadáver”, recuerda Nicolás (Adrián Escandar).

Sus amigos concertaron una entrevista en ALUBA (Asociación de Lucha contra la Bulimia y la anorexia). "Mi mejor amigo me llamó para preguntarme cómo me había ido y yo empecé a contarle. Hasta que me dice 'Basta Nico, ya sé que no fuiste'. Me quería morir, le estaba mintiendo en la cara a mi mejor amigo. Así me fueron acorralando, que es terrible pero está bueno, porque no me acorralaban a mí sino a la enfermedad".

Uno de sus amigos habló con su jefa, que casualmente es nutricionista, y a Nicolás le dijeron que no podía volver a trabajar si no hacía un tratamiento. "Cuando llegué a ALUBA era un cadáver. Mido casi un metro ochenta y pesaba 47 kilos. Estaba pálido, tenía ojeras profundas y por dentro era un ente". En el trabajo le dieron licencia médica, tuvo que volver a vivir con sus padres y Nicolás, que estaba por cumplir 30 años, pasó los siguientes 9 meses haciendo 9 horas diarias de tratamiento en la asociación.

"Me sorprendí cuando llegué. No había solo chicas enfermas. Había varones y personas de 50, 60 años. La que más me impactó fue una monja que tendría sesenta años y parecía de 100. Ahí empecé a ver patrones comunes: todos mentían mucho, algunos también se cortaban el cuerpo, todos se habían aislado de su gente, algunos tenían ataques de ira terribles", recuerda.

Marcelo Bregua, psicólogo clínico de ALUBA, lo pone en contexto: "En la década del noventa, el 99% de las personas en tratamiento eran mujeres. Esto se fue revirtiendo porque los hombres empezaron a admitir lo que les pasaba. Hoy, entre el 10 y el 15% de los pacientes en tratamiento son varones. Los síntomas son iguales en unos y en otros pero en los varones se tarda más en detectar los trastornos de la conducta alimentaria por este mito de que son sólo cosa de mujeres".

Nicolás hace un pausa y cuenta cómo era él durante los años en que la enfermedad manejó el carro. "Yo estaba a disposición de todo el mundo pero nunca para mí. Podía cuidar de todos pero de mi jamás. Podía salir corriendo de madrugada si alguien me necesitaba pero si me pasaba algo ni lo contaba, no quería molestar. Yo nunca me puse en primer lugar, ni en segundo ni en tercero", piensa.

Durante los tres años y medio que estuvo en tratamiento, comprendió la arquitectura de la anorexia nerviosa: "Entendí que lo que no decís te lo comes. Uno come palabras, come sentimientos, todo lo que no largás lo tragas. Entonces estás lleno de eso, por eso la comida no te entra. A veces explotás de tan lleno, como me pasaba a mí, que comía un poquito y tenía que vomitar. Lo que tuve que aprender durante estos años fue a sacar todo de una manera sana. Cuando aprendés a sacarlo es una liberación absoluta".

¿Aprender a qué? "A pedir ayuda, a decir 'estoy mal', aunque sea por una pavada. A no ocultar lo que me pasa, a decir lo que siento y lo que no siento, a decir sí y a decir no, y a entender que todos tenemos problemas, sólo hay que pedir ayuda y hacerse cargo en vez de huir, como hacía yo", dice él.

Suena simple pero no lo fue: hubo una recaída y hubo que resistir la onda expansiva de la frustración. Pero no abandonó el tratamiento y en marzo le dieron el alta. Nicolás volvió a trabajar y volvió a vivir solo a Capital, cerca de sus amigos. Fueron ellos -lo sabe- el engranaje fundamental en el proceso de recuperación. Tenían argumentos para no involucrarse. Podían haber dicho que él era un malhumorado, un tipo oscuro, caprichoso y egoísta. Pero no.