Beto Casella difundió en su programa un emotivo audio en el que habla sobre las distintas etapas que atraviesa un padre o una madre con sus hijos.

En el emocionante monólogo, el periodista y conductor recuerda los primeros momentos de la paternidad, habla de las situaciones que todo padre o madre atraviesa a lo largo de la crianza de los hijos, y le pone palabras a un sentimiento que toda persona que tuvo hijos conoce.

La transcripción del audio

Hay un período en el que los padres quedamos, con el tiempo, huérfanos de nuestros propios hijos. Los chicos crecen, independientemente de nosotros. Van creciendo como árboles que hablan, como pájaros que se mandan a volar. No le piden permiso a la vida, crecen. Crecen arrogantes, lo desafían todo. Pero no es que crecen un poquito cada día, crecen de repente. Cuando te quisiste dar cuenta, cuando te quisiste acordar, se sientan al lado tuyo, con una naturalidad increíble te dicen algo que indica que esa cosa chiquitita con pañales, ya no usa pañales hace rato.

¿Cuándo creció que no nos dimos cuenta? ¿Cuándo aprendió a andar en bicicleta? ¿Cuándo dejó de usar la bicicleta? ¿Y los cumpleaños infantiles donde lo llevábamos? ¿Los jueguitos en el pelotero, en la arena, en el arenero de la plaza?

Y ahora estás ahí, en la puerta de la disco, no solo esperando que crezca, sino que aparezca. Y ahí están los hijos, entre hamburguesas y gaseosas en las esquinas, con el uniforme de su generación, esos morrales, esas mochilas pesadas en sus hombros. Y ahí estás vos con algunas canas, que encima aparecieron temprano. Y esos son nuestros hijos, que amamos sobre todas las cosas. No hay vuelta que darle, la vida es así.

Hay un momento en el que los padres nos empezamos a quedar huérfanos de los hijos. No vamos a ir más al arenero, nunca más; ni al pelotero; ni a buscarle la hamburguesa con doble ración de papas; ni a buscarlos a la puerta del boliche. Ya está, crecieron, a veces sin que agotaras con ellos todo el afecto. Te quedó guardado. El campito, la playa, las navidades, las pascuas, la piletita… ahora están solo en fotos.

Sí, es verdad, había peleas en el auto por quién bajaba la ventana, quién la subía, si la música estaba fuerte, qué había que poner en el stereo. Empezaron a priorizar a sus amigos, a su noviecita, a su noviecito, y así fue que los padres fueron quedando exiliados de los hijos. Ahí tienen la soledad que tanto habían deseado cuando los pibes rompían las pelotas.

Cuando te parezca mentira, vas a decir "¿yo, abuelo? ¿yo, abuela?", y ahí te va a llegar con el nieto la hora del cariño tranquilo, sin responsabilidad, la picardía que no ejerciste con tus propios hijos. Por eso los abuelos son tan desmesurados, y distribuyen el cariño de forma incontrolable. Disfrutan en serio.

Los nietos, para ellos, son la última oportunidad de reeditar el afecto que faltó, a veces, un poquito más para sus propios hijos. Porque aparte había el laburo, las responsabilidades, las vacunas. Por eso es necesario ahora, de grandes, hacer unas cosas adicionales. Es así.

Los seres humanos, dicen, solo aprendemos a ser hijos después de ser padres. Solo aprendemos a ser padres después de ser abuelos. En fin, pareciera que solo aprendemos a vivir después de que la vida tuvo que pasar.