— ¿Cuáles son los cambios más importantes que hicieron en el nuevo Museo de la Casa Rosada?

— Los cambios fueron casi totales. Difícilmente se pueda reconocer en el Museo que abrió hace pocos días al museo anterior. El Museo tiene tres tipos de guiones diferentes, muestra tres cosas distintas. Por un lado, muestra el propio edificio, el de la Aduana Taylor, y eso forma parte del guión y el curado ahora mucho más que antes. En segundo lugar está el mural de Siqueiros, no tiene mucho que ver con el resto del museo, pero está ahí y no se puede mover. Y el tercero es el más importante, o el que puede generar más polémica, que es el museo de los presidentes, que cura y muestra los presidentes de la Argentina. Ahí es donde, sin duda, los cambios son mayores. Para dar solo un ejemplo, el curado de los presidente se hace alrededor de los 14 arcos que tiene el Museo. En el museo del Bicentenario, la mitad estaban dedicados al peronismo y, dentro de ellos, al gobierno de los Kirchner. Era una celebración del propio gobierno, y eso hacía que la parte de patrimonio del museo no podía ser exhibida, porque del período más actual tiene poco. Este era el principal problema. El Museo tiene un importante patrimonio de fines del siglo XIX y comienzos del XX que no se mostraba. Y el otro problema era el relato, la idea de que un museo debe ser un relato de buenos y malos, que esencialmente era como estaba constituido, gente que era extremadamente mala y otra extremadamente buena, que terminaba con una especie de apoteosis, que era el gobierno de Cristina Kirchner.

— Claro, porque salvo el presente kirchnerista con un antecedente en los diez años de peronismo, todo lo demás es un gran equívoco, una gente espantosa.

— Esta visión de la historia es muy apegada a lo que se dio en llamar en los diez años anteriores el neorrevisionismo, ni siquiera revisionismo. Pero en ambos casos, el más nuevo por lo menos, es una visión maniquea y moral de la historia, explican muy poco, buscan distinguir a los buenos de los malos.

— Y dificulta comprender la historia.

— La dificulta por un lado, pero también da mucha seguridad. Las historias sencillas, maniqueas de buenos y malos, dan mucha tranquilidad, porque nos instala en el presente en la línea de buenos y malos. Así como no creo que la política haya que verla en términos binarios de buenos y malos, el pasado tampoco debería ser visto así. Mi impresión siempre fue que las cosas son mucho más complicadas de lo que estas visiones sencillas y torpes del pasado pretenden, y esas complicaciones son lo que hace más divertida nuestra profesión. Un museo lo que tiene que hacer es mostrar los presidentes que existieron, las cosas que son propias de ese patrimonio y con un sentido equilibrado, que muestre todo. Si el que lo va a ver piensa la historia como buenos y malos, que lo piense él, saque él esas conclusiones, pero nosotros no decimos nada de nadie, simplemente mostramos lo que hay.

— En algunos casos había elementos personales de los ex presidentes, de algunos mucho, y de otros no había nada. ¿Cómo quedó eso?

— Todo tiene que ver con lo que había en el Museo. El primer criterio es lo que tiene el Museo y lo que no. Algunos nos criticaron porque de los dictadores casi no hay elementos, pero es porque no tiene el Museo. Yo no tengo ninguna simpatía por los dictadores, pero fueron presidentes de la Argentina, y habría que mostrar cosas de ellos. De todos, por lo menos, hemos intentado tener algo. Hubo polémica sobre el traje y los mocasines de Kirchner, y está la birome Bic con la que firmaba los decretos, según dicen. De los que tenemos cosas, están en exhibición. Cristina Fernández de Kirchner no ha querido dejar nada, por lo tanto pusimos una foto. Y, por supuesto, del presidente Mauricio Macri no hay nada. A diferencia del culto a la personalidad que era propio del gobierno anterior, desde la secretaría general nos dijeron que del presidente actual no querían poner nada, y a mí me parece muy bien.

— ¿De los presidentes del siglo XIX hay algo? ¿De Domingo Faustino Sarmiento hay algo? Porque era casi vilipendiado.

— Casi prohibido. Había que mostrar lo menos posible, igual ya desde el momento del diseño espacial no se podía mostrar mucho. El comentario más gracioso de todo esto es por un secreter que había de Sarmiento, que trajo de los Estados Unidos, una pieza muy hermosa, la más linda del Museo, y lo que decía es que la oligarquía pensaba más en la producción extranjera que en lo que se hacía en la Argentina, y yo siempre dije que era como si las carteras Louis Vuitton se hicieran en La Matanza. Era absurdo. Hay cosas de Sarmiento y más que antes, además, porque hay más espacio para ponerlas.

— Supongo que también habrá de Julio Argentino Roca.

— Por supuesto. Hay de todos los presidentes. Nosotros no elegimos a los presidentes que tuvo la Argentina, los eligieron de diferentes maneras los argentinos, y otros llegaron por un golpe. Nosotros no nos ponemos a decir qué presidentes se merecen o no. Un museo no es un lugar donde se homenajean presidentes, es un lugar donde se exhiben cosas. Un diario que no voy a nombrar se quejó porque se exhibían ropas de Néstor Kirchner, porque decían que eso era personalista. Yo no sé de dónde sacan eso, pero además han visto pocos museos. En los museos se exhibe ropa de personalidades. En el museo de l'Armée de Des Invalides, en París, hay un traje de Hitler, y no están diciendo qué bueno era Hitler, sencillamente lo ponen porque les parece que es parte de la historia.

— De todas maneras, se exhibe un traje de Hitler, pero hubo una desnazificación. ¿Dirías que tu trabajo es de deskirchnerización?

— No, yo creo que eso es un error, porque es poner a la visión del pasado del kirchnerismo, y solo hablo de eso, términos de cómo ven la historia, cualquier cosa que se haga iba a ser leída como deskirchnerización. Me resisto a penar así. Un museo no puede ser un canto a un gobierno. Lo que tratamos de hacer es hacer un museo con los cánones de un museo. Lo mismo con otros aspectos de la Casa Rosada, como sacar los cuadros de la Casa Rosada. No es un lugar para exhibir cuadros. Tiene columnas de estilo italiano muy hermosas, que no están para ponerle cuadros arriba. Cualquier cosa que se hiciera iba a ser leído como deskirchnerización. Había que sacar eso del centro. El museo era un horror, tal cual estaba era muy malo.

— Era malo en términos museológicos, en términos científicos.

— De cánones de museología internacionales, de cómo se presenta el pasado y se exhibe un museo.

— Contanos quién es tu equipo.

— Hay tres personas en el Museo que trabajaron muchísimo, Juan José Gandulia, que es el director, un museólogo de mucha experiencia, Adriana Mare, una museóloga que trabajó muchísimo también, y Javier Jusid, un arquitecto que también trabajó mucho en la disposición de las cosas. Seguramente hay más, y me olvido de varios.

— También hay un equipo de historiadores.

— Nosotros quisimos que, dado que lo que queríamos hacer no era deskirchnerizar, sino hacer un museo con cánones profesionales, que asociaciones de historiadores estuvieran presentes avalando, y haciendo críticas. Han trabajado dos instituciones, Asociación Argentina de Investigadores de Historia y la Academia Nacional de la Historia. La ASAIH nombró una comisión de cuatro historiadores que miraron el guión del museo, vieron los videos, hicieron sus comentarios, y ahora harán un recorrido haciendo un informe final.

— ¿Es difícil ver en un Museo los momentos feos de nuestra historia, como Jorge Rafael Videla? ¿Por qué es importante que estén?

— Hubo historiadores que criticaron que hubiera pocas cosas de ese período. Uno cuando recorre ese museo, tiene que recorrer el pasado de la Argentina tal como fue, con sus cosas buenas y con sus errores consensuados, tiene que estar exhibidio, es el punto básico, no podemos ignorar que fue parte de lo que pasó. El museo no es un lugar para homenajear a nadie, es un lugar para mostrar un patrimonio histórico.

— ¿Por qué en determinados momentos de la historia argentina hubo tanta necesidad de relato?

— Todos los gobiernos tienen su relato, el problema es si esos relatos hacen de la historia algo importante. Hay momentos en que la historia no es relevante en términos políticos. En los 90 la discusión sobre el pasado no era particularmente importante. Se trajeron los restos de Rosas y no pasó nada.  Hay momentos que son de filósofos de la historia y otros que no. Siempre el pasado forma parte del relato político, lo que yo trato de rescatar es la especificidad de los historiadores profesionales, con cánones científicos, una subjetividad constituida alrededor de una disciplina. Los historiadores estamos en problemas cuando los gobiernos construyen una historia oficial, porque nos queda poco espacio. Muchos de los historiadores tuvimos que salir a discutir imágenes que se daban en torno a nuestro trabajo. Recuerdo el decreto de creación del Instituto Dorrego, que decía que salvo ellos, todos los demás historiadores eran extranjerizantes. Un decreto firmado por un ministro de educación que era historiador, que sabía perfectamente que no era así. Teníamos que salir a discutir esto. Cuando los gobiernos no tienen esta pasión por el pasado, los historiadores estamos más tranquilos, tenemos que salir a discutir menos, podemos estar allí y hacer cosas sin que nos molesten mucho. Podemos aplicar lo que sabemos.

— ¿Nadie se metió con tu trabajo?

— El guión no lo hice solo, lo hice con el director, pero por supuesto que la secretaría general y algunos ministerios miraron nuestro trabajo, opinaron, y está muy bien que opinen, pero lo hicimos con total libertad. Pero no hay nada de lo que me tenga que quejar de lo que hicimos con el museo, con los videos.

La entrevista completa: