Hoy 15 de septiembre, Día Internacional de la Democracia, es una oportunidad para examinar el estado de nuestras democracias, que tal como señala la Organización de Naciones Unidas son tanto un proceso como una meta.

El tema planteado este año es "Democracia y prevención de conflictos", que se centra en la necesidad de reforzar las instituciones democráticas para promover la paz.

Es claro que uno de los objetivos concretos de las democracias debería ser la construcción de sociedades pacíficas e integradas. Porque la democracia es una forma de gobierno, claro. Pero es más que eso. Es una forma de vida, cuyo real sentido -además de consistir en celebrar elecciones periódicas y genuinas mediante el sufragio universal-, debería estar en hacer reales los valores de la libertad y el respeto, la protección y la realización efectiva de los derechos humanos.

La idea de democracia, en qué consiste y cómo debe ser el gobierno del pueblo, ha tenido asociadas distintas expectativas. Y en estos tiempos de la llamada posverdad, asistimos a la emergencia de distintos cuestionamientos. Según Latinobarómetro en nuestro continente el apoyo a los sistemas democráticos es el más bajo de los últimos años. El 73 por ciento de los latinoamericanos piensa que los gobiernos actúan en beneficio de los poderosos.

Si bien hay importantes diferencias entre los países, según su región, en 17 de los 18 países encuestados, una de cada dos personas piensa de esta forma. Se trata de un claro llamado de atención a las democracias que evidentemente no están cumpliendo con uno de sus principios más elementales: la representación de los intereses de sus votantes.

Si acordamos en que el estado de derecho y el desarrollo humano tienen una interrelación significativa y se refuerzan mutuamente, veamos el siguiente dato: según los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS -ONU) la corrupción, el soborno, el robo y el fraude fiscal cuestan cada año alrededor de 1260 millones de dólares para los países en desarrollo. Este dinero podría distribuirse y utilizarse porque sería suficiente para que nadie en el mundo sufra el flagelo de sobrevivir con menos de un dólar diario. Dar pasos hacia un mundo con mayor equidad es cuestión de decisión política.

En América Latina la desigualdad no es un fenómeno temporal, se ha vuelto estructural: el 71% de la riqueza se concentra en el 10 por ciento más rico de la población. Solo 32 personas concentraban, hace dos años, tanta riqueza como la mitad más pobre de la región: 300 millones de personas.

Es innegable que la calidad de la democracia y los niveles de desigualdad económica y social están íntimamente relacionados. Es por eso que cuanto mayor es el nivel de desigualdad económica, mayor será la percepción de que los intereses de la mayoría son ignorados.

Hay otro dato que resulta alarmante: también ha disminuido el apoyo a la democracia como sistema. Aunque en el continente se han logrado procesos electorales más estables, sólo un 54 por ciento de los entrevistados por Latinobarómetro prefería un sistema democrático a cualquier otro. Y un 23 por ciento de la población, casi uno de cada cuatro, se mostró indiferente entre un sistema democrático o autoritario. ¿Cómo es posible que les de igual vivir en una democracia o en un régimen no democrático? Sin duda todavía hay mucho por hacer y los gobiernos están lejos de ser eficaces y avanzar para disminuir las injusticias sociales que se han acumulado.

En nuestro país, las esperanzas nacidas por el retorno de la democracia, aquello de "con la democracia se come, se cura, se educa" de la primavera de 1983, chocaron muy pronto contra el malestar de promesas incumplidas. Tal vez, la incapacidad de la clase dirigente para priorizar el bien común antes que los intereses particulares, sea la causa de esta deriva de una sociedad cruzada por conflictos que no se saldan.

La lucha contra la desigualdad no es un problema técnico sino político, y es en esa arena donde las organizaciones no gubernamentales y las entidades de bien público debemos contribuir para debatir como enfrentar las diferentes desigualdades que asolan la región.

También debemos recuperar la paz, porque la hemos perdido. No me refiero a que hayamos ingresado en una fase bélica o que algún país nos haya declarado la guerra. La falta de paz se verifica en el exponencial aumento de los indicadores de las distintas formas de violencia contemporánea y hasta en la pérdida de la tranquilidad para respetar al otro. Incluso frente a los temas públicos, los debates se dan desde posiciones demasiado antagónicas y entonces en lugar de resolverse, los problemas parecen siempre mayores.

Pero a la vez, de cara a problemas demasiado dramáticos, como la desigualdad, y el respeto de los derechos humanos en los queel conjunto de la sociedad debería estar unida y de acuerdo, desde la dirigencia se genera un debate político mezquino que deja de lado lo esencial.

Por último, si consideramos a la democracia como una etapa definitivamente conquistada, nos equivocamos. No es una planta que brotó y crece segura, imperturbable, en piloto automático. Si nos conformamos, la democracia se detiene. Porque es una construcción que necesita de una permanente revisión y crítica para su desarrollo. Es un concentrado que se va amalgamando a lo largo del tiempo, sigue cambiando y adquiriendo nuevos significados. La democracia no es algo que "es", sino que "se hace". Construyamos democracia, recuperemos la paz.

El autor es Presidente de la Fundación para la Democracia Inernacional. Secretario General de la Federación Internacional de Museos de Derechos Humanos