Cualquier observador criterioso entiende que en Venezuela están ganando los totalitarios gracias a los garrotes. Lo que no está del todo claro es quién tiene más poder o influencia dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Estudiar lo que acontece en Caracas tras bambalinas es hacer kremlinología, es decir, leer entre líneas lo que dicen y hacen los protagonistas. Frente a la falta de transparencia, sólo es plausible dar con interpretaciones. Por eso, aquí me propongo reproducir las conjeturas en boga sobre las dinámicas del poder en Venezuela.

En esencia, existen dos hipótesis que intentan explicar la situación. La primera apunta a que Nicolás Maduro, presionado desde todos lados, intenta mantener a flote la línea civil de la intelligentsia chavista, queriendo imponerse sobre Diosdado Cabello y el ala castrense que sostiene al régimen. Los civiles son los revolucionarios por amor al arte, que en principio no tendrían intereses sombríos por fuera de la persecución de sus ideales utópicos. En esta lista figurarían Delcy Rodríguez, la flamante jefe de la Asamblea Nacional Constituyente, Aristóbulo Istúriz, Elías Jaua e Iris Varela. Serían los "idiotas útiles" de Raúl Castro, y admiten que la cubanización de Venezuela no tiene marcha atrás. La ven como algo necesario para prevenir cualquier repunte contrarrevolucionario, y para esto invirtieron esfuerzos en imponer la idea de una alianza cívico-militar. Eso sí, apuntan a que el componente cívico venga primero.

La otra interpretación sugiere que, más allá de una pugna interna por las riendas del poder, estas definitivamente están en manos de Cabello y sus subalternos. De ser así, Cabello sería una suerte de titiritero controlando lo que acontece desde atrás del telón, supervisando las decisiones de la nomenclatura chavista.

Para empezar, frente a la pésima imagen de Maduro y el inmensurable atrofio económico, desde hace tiempo el ala civil del PSUV habría decidido iniciar la transición formal hacia un sistema unipartidista. Con poco y nada de capital político, Maduro se habría dejado influenciar por la experiencia cubana, llegando a la conclusión de que es menester institucionalizar un politburó para garantizar la estabilidad y mantener al ala castrense bajo control. Este sería el propósito del Plan Carabobo 2021, pensado "para garantizar la seguridad ciudadana en el país y establecer un sistema de protección para todo el pueblo venezolano". Consiste en una serie de medidas planificadas para conferir más discreción a los referentes barriales y los regentes regionales. Aunque el plan insta a mejorar la educación, la infraestructura y a expandir la oferta de actividades culturales, en rigor es un llamamiento a formalizar instancias para perpetrar la ideología del régimen.

En cierta forma, este proceso se aceleró luego de la ola de protestas masivas que comenzó en abril de este año. La improvisada Asamblea Constituyente representa la desesperación de unos pocos que quieren creer que todavía cuentan con legitimidad popular, y estampar que los civiles conservan las riendas de la revolución. Esto explica el apuro con el que el falso organismo legislativo se adjudicó facultades ejecutivas. Maduro gobierna un país cada vez más inhóspito y su habilidad para mantener cohesionado al chavismo es diariamente puesta en tela de juicio. Lo único que el Presidente tiene en su haber es el cheque en blanco que le dejó el mítico Hugo Chávez. No obstante, a cuatro años de que al carismático comandante se lo llevara el cáncer, la lealtad del ejército no es algo que la intelligentsia pueda dar por sentada.

Asumiendo que la primera interpretación sea la adecuada, Maduro estaría enfrentándose al bando liderado por Diosdado Cabello y sus subalternos, gente que busca hacerse con más poder a los efectos de salvaguardar sus intereses. Esta es la vieja guardia castrense que acompañó a Chávez y que, con el paso de los años, construyó un emporio criminal en la clandestinidad. Cual calco del modelo cubano, las Fuerzas Armadas controlan la economía y representan la institución más corrupta del país. No por poco Cabello es tildado de ser el hombre más fuerte y es sospechado de ser el máximo capo del Cártel de Los Soles. En esta coyuntura, el ala militar opera bajo una modalidad mafiosa. Entiende muy bien que, en el estado actual de las cosas, toda pérdida política conlleva la pérdida de privilegios, influencia y negociados millonarios.

Esta mirada, reflejada, por ejemplo, en un artículo de Darío Mizrahi, entiende que, cuando Rodríguez fue nombrada a la cabeza de la Constituyente, esto dañó los intereses de Cabello, siendo que él habría buscado comandar la bancada del PSUV. Lo que es más, frente al pleito entre la oposición y el gobierno, Cabello habría desautorizado al Palacio de Miraflores. El 6 de agosto, en tanto se producía el alzamiento militar en una base en Valencia, Maduró anunció que la Constituyente funcionaría en el Ministerio de Relaciones Exteriores. No obstante, la presión del hombre fuerte de Venezuela hizo que el gobierno se desdijera, lo que empeoró el calvario de la oposición.

La otra interpretación sobre lo que ocurre en el país no tiene por qué contradecir a la primera. Justamente, en vista del ejemplo anterior, enfatiza que, pese a la plausible existencia de una riña, al final del día Cabello es quien manda en Venezuela. Así como lo reflejaba en una columna publicada en marzo, desde lo personal suscribo con esta reflexión. Cabello es el jefe de la guardia pretoriana que sostiene al chavismo mediante la represión y las armas. Maduro podría ser el emperador de la revolución, pero no sería absolutamente nada sin la institución férrea que controla su ecuestre.

El bando de Cabello y compañía representa lo que sucede cuando una mafia se hace con los aparatos estatales. Diosdado es un Corleone sin el toque refinado de Marlon Brando. Es un matón engatusado con el crimen organizado. Cabello arrastra consigo a altos mandos militares y la designación de Tareck El Aissami como vicepresidente, el último enero, habría sido una jugada suya. El Aissami es un operador hábil determinado a preservar las ganancias de sus allegados. Cuenta con nexos con Irán y Hezbollah, cosa que lo coloca como una pieza fundamental para expandir la red de financiación del régimen bolivariano con aliados en Medio Oriente. Si bien Cabello y El Aissami son "chavistas radicales", a diferencia de Maduro, Delcy Rodríguez o Aristóbulo Istúriz, sus prioridades estarían intrínsecamente relacionadas con el clan criminal del que forman parte. Nos referimos acaso al primer grupo narcotraficante latinoamericano con una ideología de Estado.

Anecdóticamente, fue Cabello, y no así Maduro, quien salió primero a denunciar el alzamiento en Valencia, comunicando la reacción por parte de las Fuerzas Armadas. Los altos mandos le deben lealtad, y él habría sido responsable de preservar la supremacía de la instituciones castristas por sobre todas las demás en el país. Según esta visión, Cabello no habría perdido la conducción de la Constituyente frente a Rodríguez. Por el contrario, él lo habría preferido así. Cabello opta por evitar el escrutinio público porque en negocios y en política hay mayor libertad de acción detrás del estrado.

Llegado el caso, el panorama será más claro luego de la proyectada reforma constitucional. Habrá que ver hasta qué punto las Fuerzas Armadas resultan beneficiadas con la segunda Carta Magna bolivariana desde que Chávez introdujera su primera reforma, en 1999. Así y todo, creo muy probable que El Aissami sea designado presidente en cuestión de meses. El actual vicepresidente ya cuenta con funciones ejecutivas operativas autorizadas por Maduro. Por eso, tal como lo adelantaba en mi columna anterior, lejos de ser una figura ceremonial, El Aissami es representativo del control que ejerce el ala militar sobre el aparato civil. De este modo, cabe suponer que la salida de Maduro en favor de El Aissami daría suficiente crédito a esta interpretación.

De todas formas, lo cierto es que los herederos políticos de Chávez están haciendo de Venezuela una verdadera pesadilla totalitaria. Sean de la caña que sean, los presuntos revolucionarios bolivarianos no son hombres de diálogo y democracia.

El autor es licenciado en Relaciones Internacionales, y magíster en Estudios de Medio Oriente por la Universidad de Tel Aviv. También se desempeña como consultor en seguridad y analista político. Su web es FedericoGaon.com