La bandera albiceleste fue sólo el símbolo más emblemático de una pasión profunda que lo invadió al menos desde la Revolución de Mayo de 1810: la invención de un orden público en uno de los dominios más lejanos y marginales de la monarquía española. Para ello se fue preparando tal vez sin quererlo durante los 25 años anteriores, cuando su padre, uno de los comerciantes más prósperos de Buenos Aires, lo envió a estudiar derecho a Salamanca y Valladolid.

Allí descubrió otra inquietud asociada con los intereses familiares: la economía política en el contexto de las ideas ilustradas que fueron filtrándose en el mundo académico español y que inspiraron la acción reformista de los reyes borbónicos hasta el colapso que supuso para el Viejo Mundo la Revolución francesa. Graduado con medalla de oro, con apenas 18 años ya había conquistado los círculos políticos madrileños y se había convertido en el abogado y lobista de un padre detenido y embargado por un pleito que devoró su fortuna. No obstante, logró su cometido: fue liberado y absuelto poco antes de su muerte con su elegido ya de vuelta en Buenos Aires.

El joven abogado de 25 años ingresó con despacho dispuesto en la sede imperial antes de su regreso como secretario perpetuo del Consulado porteño en donde desplegó sus saberes profesionales como mediador entre los comerciantes franquiciados por la Corona. Desde allí, impulsó ideas innovadoras inspiradas por su guía filosófico: el fisiócrata liberal francés François Quesnay. Eran posibles dados los reflejos modernizantes de la monarquía ilustrada y de sus agentes locales, los virreyes, aunque con los debidos límites impuestos por los intereses y la crisis política internacional en ciernes.

Entendió tempranamente que sus ideas solamente podían convencer difundiéndose; exhibió otro notable talento, el de periodista, como lo prueban sus sucesivas y exitosas publicaciones: El Telégrafo Mercantil, el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio; y, ya en vísperas de la revolución, El Correo de Comercio. Allí planteó polémicamente sus ideas orientadas al progreso mediante el despliegue de todas las fuerzas productivas obturadas por la burocracia y los privilegios retrógrados.

Antes de revelar a pleno su vocación política, incursionó en otro asunto público que le era ajeno: la milicia. Su ostensible fracaso durante la invasión inglesa no solamente no lo amedrentó, sino que lo hizo redoblar la apuesta orientada a adquirir los conocimientos militares que tuvo la oportunidad de ensayar luego de la revolución en Paraguay y el noroeste, con resultados variados pero inspirados por la astucia de una inteligencia superior.

Sus escasos pero resonantes éxitos en Tucumán y Salta no pudieron proyectarse en el crucial Alto Perú de los metales requeridos para financiar la revolución y el orden. Pero le evitaron al Plata el destino restaurador del absolutismo más crudo impuesto con violencia vengativa en el resto del Imperio americano.

Como político, conjugó la moderación y la prudencia con convicciones firmes acerca de lo que debía superarse definitivamente: la monarquía de derecho divino y el anquilosado orden jerárquico y señorial fundado en privilegios irracionales. Y fue allí en donde enfatizó con ahínco su gestión como funcionario público: crear instituciones nuevas en donde ni siquiera existían como en el litoral, con el que tomó contacto a raíz de la campaña al Paraguay. Estas debían promover la agricultura, la industria y la sujeción de la sociedad a un orden riguroso cuyas jerarquías se definieran por el mérito personal y no por privilegios de sangre y tradición.

Pero los talentos sólo eran desplegables mediante otra de sus pasiones: la educación. Ya desde sus tiempos consulares había impulsado la creación de una Escuela de Náutica, una Academia de Geometría y Dibujo y otra de Arquitectura. Por entonces, sus inquietudes estribaban en forjar una clase mercantil idónea. Luego de 1810, extender las luces entre las masas indígenas y criollas analfabetas del interior.

Sin duda, una personalidad de excepción que se reinventó sucesivamente en la adversidad de un proceso que se devoró a sus autores, pero al que desafió con un entusiasmo asombroso, hasta por momentos ingenuo, pero siempre dispuesto a la acción, al ensayo y el error.

En suma, un hombre de Estado sin Estado, que falleció exhausto contemplando cómo sus sueños se derrumbaban como un castillo de naipes en medio de las discordias regionales y el faccionalismo de su patria porteña.

Ciento noventa y siete años después, ese Estado que sin percibirlo en medio de la tormenta fue construyéndose hasta alcanzar el éxito, recién medio siglo más tarde luce deshecho en medio de la inseguridad pública, la decadencia educativa, la sumisión y la pobreza de 15 millones de ciudadanos. Tal vez su ejemplo ético pueda servir de referencia para una dirigencia de veras patriótica que en su conjunto todavía no se exhibe a la altura de las circunstancias.

El autor es profesor de Historia, egresado de la Universidad de Belgrano. Actualmente se desempeña como docente e investigador en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Es miembro del Club Político Argentino.