El 5 de junio marcó el quincuagésimo aniversario de la guerra que cambió la faz de Medio Oriente. Mediante una operación relámpago, Israel derrotó a las fuerzas egipcias, jordanas y sirias que lo rodeaban. A Egipto le arrebató el Sinaí y la Franja de Gaza; derrumbó la estela de Gamal Abdel Nasser como campeón árabe. En tanto, el rey Hussein de Jordania perdió su control sobre Cisjordania y sobre Jerusalén oriental. Además, Israel le quitó a Siria las alturas del Golán, humilló al entonces ministro de Defensa sirio, Hafez al Assad, el padre de Bashar.

La victoria israelí llegó como un batacazo. No se creía plausible que el Estado judío pudiese alcanzar semejante victoria. No sólo que derrotó simultáneamente a sus vecinos, sino que afianzó su mera existencia como un hecho inalterable. En términos estratégicos de la época, con el incremento de armamento soviético en la región, Israel se convirtió en el cliente cercano de Estados Unidos; forjó una "relación especial" que se mantiene medio siglo después. Tras la muerte de Nasser, Anwar Sadat buscaría algo parecido, cambiaría las lealtades de Egipto en favor de Washington. Asimismo, el evidente fracaso de los ejércitos árabes se tradujo en la irrelevancia política del panarabismo. Por eso, desde 1967 en adelante, cada Estado árabe prioriza su raison d'être, vela por sus intereses nacionales por sobre los asuntos de otros países.

Por otro lado, la expansión territorial israelí sobre territorio egipcio y jordano exacerbó el drama palestino, dio inicio a la polémica de los asentamientos judíos, que lejos está de resolverse. En este aspecto, la guerra repercutió en la fusión de significantes religiosos con nacionalistas, arrojó un legado dificilísimo de superar. Mientras que el triunfo israelí acrecentó la influencia del sionismo revisionista y religioso, la debacle de las fuerzas árabes repercutió en el fortalecimiento de la causa panislamista, convulsionó reivindicaciones territoriales con motivos islámicos.

Para la ocasión, varios autores y analistas publicaron crónicas para rememorar la guerra, hacer énfasis en los resultados, explorar estas secuelas punzantes. No obstante, también es conveniente reparar en la discusión historiográfica acerca de sus causas. Vistas en perspectiva, las causas que llevaron a la guerra recuerdan que hay lecciones no del todo aprendidas a la hora de evaluar la situación en Medio Oriente.

Las rivalidades entre Estados árabes son más importantes que la enemistad con Israel

Más allá de la retórica antiisraelí que tradicionalmente prolifera en Medio Oriente, la primera lección que puede extraerse de las causas de la guerra apunta a que el liderazgo árabe no prioriza controversias con Israel. Esto se ve en uno de los puntos más debatidos por los historiadores y está relacionado con la decisión de Nasser de remilitarizar el Sinaí en mayo de 1967. En este sentido, aunque era manifiesto que dicho accionar pondría en riesgo la paz, la sabiduría convencional se reduce a que el rais egipcio apostó por una suerte de jugada maestra que terminó saliéndole terriblemente mal.

En pocas líneas, Nasser no quería una guerra con los israelíes, pero de todos modos decidió amenazar con empezar una. Según el testimonio de figuras en su círculo interno, en el peor de los casos Nasser no esperaba más que una corta conflagración con bajas moderadas, asumiendo, acaso erróneamente, que Washington no les permitiría a los israelíes atacar primero, lo que le daría a él una ventaja táctica significativa. Sea cual fuera el caso, Nasser estaría en una posición de fortaleza que hipotéticamente le permitiría obtener réditos políticos en el mundo árabe. Así, de acuerdo con esta mirada, uno de sus propósitos consistía en incrementar su sombra como líder incuestionado de la causa panarabista, como el hombre que le ponía los puntos a Israel.

Según esta interpretación, lo crucial es que el accionar de Nasser partía de la necesidad de contrarrestar una campaña propagandística en su contra, lanzada por la prensa conservadora saudita, jordana y libanesa. En contexto, antes de que comenzara la guerra, Egipto ya se encontraba embarcado en lo que los historiadores han llamado "la guerra fría árabe", que enfrentaba al bando revolucionario nasserista con el bloque conservador, ejemplificado por las monarquías apoyadas por Estados Unidos. Este antagonismo llegó a su clímax con la guerra civil de Yemen (1962-1970). Egipto y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) apoyaron a los republicanos, y los sauditas y los jordanos apoyaron a la facción monárquica. En el frente mediático, los rivales de Nasser fomentaban la noción de que este no hacía nada por los palestinos y que, pese a su grandilocuencia personal, no merecía ser considerado el baluarte contra Israel.

En la antesala a la guerra esta percepción fue creciendo. Para empezar, desde el final de la guerra del Sinaí, diez años antes, Nasser se había abstenido de contrariar el statu quo que fijaba el pasaje inocente de buques israelíes por el canal de Suez. Más importante todavía, una serie de escaramuzas entre árabes e israelíes dio pie a la acusación de que Nasser se escondía "detrás de las faldas" de los cascos azules de las Naciones Unidas, en referencia a la fuerza de paz apostada en el Sinaí conocida como UNEF.

El momento clave llegó el 13 de mayo, cuando los soviéticos compartieron con sus aliados un informe de inteligencia falaz, citando una concentración de tropas israelíes inexistente cerca de la frontera siria. La mayoría de los historiadores sostiene que Moscú sólo quería generar una impresión de urgencia, a modo de crear una crisis controlada, pensada para disuadir a los israelíes de agredir a clientes soviéticos. Como la popularidad del régimen militar sirio descansaba fundamentalmente en su retórica antiisraelí, el Kremlin quería que Israel desistiera de llevar a cabo incursiones que pudieran afectar la estabilidad política en Damasco. Por este motivo, el consenso académico arguye que Nasser estaba plenamente consciente de que los israelíes no tenían planes específicos para atacar a Siria. Aun así, mandó a remilitarizar el Sinaí para contrarrestar la percepción de un Egipto débil e inerte frente a la supuesta beligerancia sionista. Desafiando a Israel, Nasser pretendía demostrarles tanto a socios como a rivales que su liderazgo seguía vigente.

En perspectiva histórica, la remilitarización egipcia del Sinaí es un ejemplo significativo que demuestra que las rivalidades intra árabes son tan o más importantes que la hostilidad hacia Israel. Esta es una lección que todavía no está del todo aprendida entre comentaristas, docentes y formadores de opinión. Aunque se asume que el conflicto de Medio Oriente gira en torno a las disputas con Israel, lo cierto es que la prioridad de todo actor en la región no refleja dicha creencia. Notoriamente, en los últimos cincuenta años ningún Estado árabe sacrificó su relación con Estados Unidos a modo de protesta por sus vínculos estrechos con el Estado judío. Por el contrario, las principales preocupaciones estriban en mantener la estabilidad política, en tener acceso a suficiente armamento y en contener la influencia de actores con intereses contrapuestos. Por referenciar el caso más reciente, el conflicto diplomático entre Qatar y las otras monarquías del Golfo ilustra esta realidad.

Estados clientes pueden explotar la política exterior de las potencias para sus propios fines

Jesse Ferris y Guy Laron han hecho novedosas contribuciones a la historiografía de la Guerra de los Seis Días, demostraron que Nasser no solamente remilitarizó el Sinaí para proyectarse en el mundo árabe, pero también posiblemente para explotar a su favor las dinámicas de la Guerra Fría entre las superpotencias. Situado el análisis en contexto, Nasser necesitaba con urgencia una estrategia de salida para zafar del conflicto en Yemen. Sucintamente, este era a Egipto lo que la guerra de Vietnam era para Estados Unidos, y la intervención egipcia en soporte del bando republicano le insumió al país buena parte de sus recursos, a punto tal que para mayo de 1967 los egipcios tenían problemas en conseguir aceite y pan. Los compromisos egipcios en Yemen llevaron al déficit económico, erosionaron la popularidad de Nasser entre sus conciudadanos.

Bien, otro aspecto de la insolvencia egipcia fue que el Tesoro no podía pagar la deuda contraída con la Unión Soviética. Tras la muerte de Nikita Kruschev, Moscú comenzó a priorizar el desarrollo de la órbita comunista por sobre la asistencia "gratuita" a países afines del Tercer Mundo, de modo que no tenía interés en rescatar a Egipto sin antes extraer concesiones bajo la forma de bases militares permanentes en el país. Nasser, siempre orgulloso y difícil de tratar, no accedió a las directrices de reestructuración económica propuestas por la URSS. Como resultado, el politburó se rehúso a satisfacer los requisitos alimenticios y armamentísticos de Egipto. Fue entonces cuando, desprovisto de asistencia para lidiar con la crisis económica y el deterioro de su reputación en general, Nasser encontró una oportunidad para acabar con todos los problemas de un tiro.

Según esta narrativa, Nasser no les informó a los soviéticos acerca de sus planes, para así fortalecer la posición egipcia en la mesa de negociaciones. Además de incrementar su popularidad en la escena árabe, Nasser esperaba una salida fácil del conflicto en Yemen (citando la necesidad de enfrentarse a un enemigo mayor) y anticipaba que las superpotencias tendrían que negociar con él. Si querían que diera marcha atrás, tendrían que ofrecerle zanahorias (incentivos).

Trazando un puente con el pasado, este es uno de los puntos más relevantes para comprender la situación de Medio Oriente en la contemporaneidad. Caída la Unión Soviética, la mayoría de los Estados de la región buscan la protección de Estados Unidos, y es común que intenten explotar la política exterior de Washington a los efectos de extraer mayores concesiones y asistencia, sobre todo en el campo defensivo.

Las diferencias de criterio dentro del liderazgo de un Estado pueden significar la paz o la guerra

Aunque al parecer Nasser no pretendía atacar directamente a Israel, Egipto podría haber iniciado una guerra abierta. Esta premisa, central en los textos de Richard P. Parker y Michael Oren, parte de evidencia que sugiere que Abdel Hakim Amer, el ministro de Defensa y confidente de Nasser, sí quería batallar a los israelíes. Amer comandaba tanta lealtad como Nasser en las Fuerzas Armadas, y habría sido él quien convenció a su amigo de subir las apuestas cuando se presentó la oportunidad. Según se ha podido reconstruir, Amer estaba convencido de que Egipto podía ganarle a Israel con relativa facilidad.

Motivado con la aparente falta de respuesta proveniente de Israel y de Estados Unidos, tras una semana de crisis, Amer estaba dispuesto a lanzar la invasión de Israel en una operación llamada Amanecer (al-Fajr). Sin embargo, Nasser tenía reservaciones y, preocupado por el prospecto de una retaliación estadounidense, detuvo a su subalterno de confianza. Para funcionar, la diplomacia "de alto calibre" de Nasser necesariamente requería provocar a los israelíes y no así enfrentarlos en el campo de batalla. Además, si bien quería demostrar quién manda en el vecindario árabe, Nasser no quería autorizar Amanecer sin antes recibir garantías soviéticas de apoyo incondicional, las cuales no llegaron a materializarse.

Existe una hipótesis muy debatida, presentada en particular por Isabella Ginor y Gideon Remez, que señala que el liderazgo soviético estaba dividido entre un ala política cauta y otra militar beligerante. Las divisiones partían de una competencia por el poder entre las figuras que componían el liderazgo colectivo que sucedió a Kruschev. Según esta narrativa, Leonid Brezhnev, Andrei Grechko y Yuri Andropov querían destruir el reactor nuclear israelí en Dimona, una fuente de preocupación inmensa en las capitales árabes. En teoría, la destrucción del programa nuclear israelí fortalecería los lazos entre Moscú y sus clientes árabes, demostrando que la Unión Soviética era un benefactor confiable y resoluto. Mientras tanto, Alexei Kosygin, Nikolai Podgorny y Andrei Gromyko dudaban de la preparación de las fuerzas árabes, inclinándose por evitar una conflagración que podría llevar a una guerra entre superpotencias. En todo caso, lo concreto es que el gigante comunista pronto perdió el control de la situación en Medio Oriente.

En el lado israelí también existía una clara división entre políticos y militares, que generó el período de mayor tensión en la historia del país desde su independencia, en 1948. Entre el 15 de mayo y el 5 de junio, entre que Nasser desplazara sus fuerzas al Sinaí y el primer ataque aéreo israelí, corría el chiste de que "el último en irse que apague las luces del aeropuerto". A poco más de veinte años del Holocausto, la presión psicológica sobre el liderazgo israelí no podía ser mayor. Incluso está documentado que Isaac Rabin tuvo un ataque de nervios en la víspera de la guerra. En 1967 la existencia de Israel no podía darse por sentada y, en el mejor de los casos, algunos anticipaban que defender la independencia costaría más de diez mil vidas. En un país de poco menos de tres millones de habitantes la cifra resulta exorbitante. No menos importante, la decisión de Nasser de bloquear los estrechos de Tirán a buques israelíes, el 23 de mayo, suponía el ahogamiento permanente de la economía israelí. Cuando la vía diplomática fracasó, las tensiones crecientes llevaron a una reorganización del gabinete israelí, empoderando a los hombres de acción. Consecuentemente, el 4 de junio se tomó la decisión de iniciar la guerra la mañana siguiente.

En suma, conocer a los protagonistas detrás del proceso de toma de decisiones es crucial en cualquier contexto, sobre todo al momento de hacer análisis histórico. Los líderes se codean o compiten con asesores o generales que no comparten las mismas percepciones y que poseen distinto temperamento. Aunque esta observación parece obvia, en el recuento situacional muchas veces se obvian detalles importantes como estos. Estudiar esta y otras crisis a través de los ojos de sus protagonistas permite ser testigo no solamente de diversidad de pensamiento, sino más bien analizar el impacto que diferentes individuos pueden sopesar sobre la historia. Lamentablemente, es muy común que comunicadores pasen por alto este punto en aras de simplificar o justificar teorizaciones que minimizan el papel del individuo en la historia universal.