A principios de mayo trascendió que el grupo palestino Hamas habría reconocido implícitamente que un Estado palestino puede basarse en los límites de 1967, antes de que Israel se expandiera en la Guerra de los Seis Días. Consecuentemente, la agrupación islamonacionalista estaría renunciando, por lo menos temporariamente, a la histórica pretensión de una Palestina "desde el Jordán hasta el Mediterráneo". Es decir, estaría reconociendo tácitamente la existencia de Israel, aunque no así su derecho a existir. Suponiendo que esta interpretación sea adecuada, Hamas estaría intentado proyectar que está moderándose, blanqueando su imagen y abriendo la ventana a potenciales negociaciones con los actores de la región.

Este desarrollo podría ser especialmente relevante a la hora de tratar el conflicto israelí-palestino. Por eso cabe preguntarse qué llevó a Hamas a este rumbo y qué posibilidades hay de que, en efecto, haya un desenlace positivo. ¿Son reales los indicios que sugieren que los tiempos están cambiando? ¿Se puede confiar en Hamas?

Para empezar, lo que sucedió concretamente fue que Khaled Meshal, el exiliado líder saliente de la organización, anunció la introducción de un documento político con nuevas directrices. Busca darle a Hamas dinamismo, para que tenga la flexibilidad para hacer negocios. Así y todo, Meshal dejó en claro que el objetivo ulterior de la plataforma continúa siendo la completa liberación de Palestina, y que no pueden hacerse concesiones, independientemente de toda realidad o coyuntura. Esta ambigüedad significa esencialmente que, aunque el grupo podría contemplar convivir con "el ente sionista", está postergando la lucha armada, acaso iniciando una tregua unilateral por una duración indeterminada.

Las autoridades israelíes han dejado en claro su escepticismo, planteando que las declaraciones de Meshal son una cortina de humo para ocultar las intenciones verdaderas de su agrupación. Desde luego, es muy temprano para poner a prueba la pretendida moderación de la plataforma militante, cuyo propósito fundacional está atado a la destrucción de Israel. Por este motivo, a diferencia de lo que algunos medios han reportado, aún no es preciso hablar de la existencia de una nueva carta orgánica. En tanto el grupo no deje entrever que su comportamiento ha cambiado, su virulenta carta fundacional de 1988 seguirá vigente. Aunque el nuevo documento distingue entre judíos y sionistas, ablandando el tono antisemita del texto fundacional, queda por verse cómo evolucionará la retórica del movimiento. Los ayatolas hacen la misma diferencia y, sin embargo, niegan el Holocausto con caricaturas antisemitas.

 

Hamas bajo la mira

Vistas las cosas desde una perspectiva más amplia, las declaraciones de Meshal no necesariamente están orientadas a cambiar la percepción de los israelíes. Ocurre más bien que Hamas tiene una prioridad específica, reflejada en que quiere congraciarse con la mayoría de los Estados árabes, que consideran al grupo islamista un lastre. En vistas de los jugadores musulmanes del vecindario, Hamas no es fidedigno de confianza por varias razones.

En primera instancia, sus lealtades son cambiantes. En 2012, con el trasfondo de la guerra en Siria, los regentes de la Franja de Gaza mudaron su oficina de Damasco a Doha y se distanciaron de sus benefactores iraníes. En aquel entonces el conflicto sectario contribuyó a que el grupo se apartase del eje chiíta que antagoniza con el sentimiento que predomina entre los sunitas. No obstante, más recientemente, a partir del año pasado, el grupo empezó a reconciliarse con Teherán. Esto se debe a que el patronazgo de Qatar no le alcanza al movimiento islámico, especialmente desde que Mohammed Morsi fuese derrocado en 2013. El ex presidente egipcio afiliado a la Hermandad Musulmana representaba un aliado prometedor a quien no dejaron cumplir. Por ello, desprovistos de patrones con peso regional, a los líderes de Hamas no les quedó opción salvo reanimar viejas amistades. Ahora bien, es evidente que Teherán no puede hacer mucho por Hamas en tanto su atención esté fijada en Siria y en Irak.

En segundo lugar, la campaña beligerante de Hamas contra Israel se ha vuelto un dolor de cabeza en capitales árabes cada vez más dispuestas a normalizar relaciones con Jerusalén. Desde que el grupo tomara posesión de Gaza, hace ya una década, viene provocando a Israel lanzando cohetes contra su territorio, incitando duras retaliaciones. Durante tales circunstancias, incluso cuando los Estados árabes se vieron forzados a condenar abiertamente las operaciones israelíes, en privado hacían todo lo posible por desprestigiar a Hamas. Es un tema delicado porque ayudar a Gaza es lo mismo que respaldar a sus gobernantes, y esto socava los intereses de Al-Fatah, el histórico partido secular de Yasir Arafat que goza de reconocimiento internacional.

En la "calle árabe" los ataques de Hamas contra Israel son vistos como prueba fehaciente de que la vieja guardia palestina, hoy encabezada por Mahmoud Abbas, ya no hace nada para plantarse frente a los designios del "enemigo sionista". Esto explica en parte la insuperable rivalidad entre Hamas y Al-Fatah por la conducción de la política palestina. Notoriamente, hace pocas semanas Abbas le informó a Israel que dejaría de pagar la factura de electricidad de Gaza, a los efectos de presionar a Hamas a que le ceda el mando de la franja.

Con la excepción de Qatar, los países sunitas miran con aprensión a los movimientos islamistas. Sopesando estas consideraciones, a ningún regente árabe le conviene que Hamas se imponga sobre Al-Fatah, que islamice la escena política palestina o que ejerza influencia entre partidarios esparcidos por el mundo árabe, sobre todo luego de las revueltas de 2011. Lo cierto es que el islamismo representa una inmensa fuerza de movilización social que despierta resquemor entre los regímenes aferrados al poder.

Por este motivo, desde el año pasado Hamas viene intentando minimizar su afinidad ideológica con la Hermandad Musulmana. Por ejemplo, en marzo de este año todos los afiches esparcidos por Gaza conmemorando a Morsi fueron removidos. Pero El Cairo no compró el cuento. La desconfianza es tal que los gazatíes tienen vedado el accedo a Egipto. Mientras se desarrolla una insurgencia yihadista en el desierto egipcio, el paso fronterizo de Rafah raramente abre. Además, tras la llegada al poder de Abdel Fatah al-Sisi, los túneles entre "Hamastán" y el Sinaí fueron clausurados, asentando un duro golpe a traficantes y a la economía clandestina de Gaza en general. Estas trabas se suman a las impuestas por Israel y por el liderazgo palestino en Cisjordania, efectivamente castigando los prospectos económicos de Gaza, y con ellos la popularidad del grupo islamista.

Volviendo a las premisas, el propio Ismail Haniyeh, el jefe político de la organización, afirmó: "Los cambios [expresados en el nuevo documento político] tienen que ver con desarrollos regionales y la necesidad de adaptarse al momento". De este modo, rompiendo la tradición, el nuevo texto evita mencionar a los hermanos musulmanes, retratándose como un movimiento independiente. A juzgar por el lenguaje del documento, la organización está bajando su retórica islamista, enfatizando en su lugar postulados nacionalistas. Desvincularse con la Hermandad Musulmana significa que la organización palestina puede dispensar de compromisos inoportunos y adoptar una agenda más flexible.

Este análisis da la pauta de que el grupo está adoptando esta postura porque su situación es precaria. Se ha quedado sin aliados y la presión de los actores regionales sigue acumulándose. Podría decirse que los islamistas luchan por su supervivencia y su relevancia. Por esto es que Meshal, Haniyeh y compañía necesitan integrarse al proceso político palestino, para así perfilarse como una alternativa legítima a Al-Fatah. Para que esto suceda el grupo necesita hacerse con cierto reconocimiento internacional. No obstante, dado el expediente de estos personajes, este apoyo dudosamente llegará a materializarse en el tiempo previsible.

 

¿Coexistencia con Israel?

Hay una reflexión positiva que vale la pena rescatar. En este momento, Hamas no puede permitirse invitar otra intervención israelí en Gaza. Esto cancelaría el lavado de imagen al que los militantes apuestan, especialmente vis-à-vis Egipto, Estados Unidos y la Unión Europea. Así y todo, incluso si quisiera atacar a Israel, sus probabilidades ya se encuentran de por sí bastante limitadas. El sistema defensivo móvil israelí Cúpula de Hierro puede interceptar cohetes en el aire con casi un 100% de efectividad. Israel también está construyendo un muro subterráneo en torno a Gaza para evitar infiltraciones.

En mi opinión, Hamas está diciendo tácitamente que aceptará una tregua por tiempo indeterminado. Es lo que en la tradición política islámica se conoce como hudna. Si bien no renuncia a su sueño de destruir a Israel, reconoce que este objetivo es momentáneamente inalcanzable. En otras palabras, posterga el sueño para adecuarse a una realidad tajante. Si la historia sirve de pauta, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), dominada por Al-Fatah, sólo alteró el contenido más aguerrido de su carta orgánica en 1996, una vez manifiesta la incompatibilidad de esta con los acuerdos de Oslo. A su vez, también hay que recordar que Arafat sólo negoció con Israel una vez que cayó en desgracia. De no haber sido por el acuerdo de paz, la OLP hubiera quedado marginada en la era pos-soviética. En este sentido, apoyar a Saddam Hussein durante la guerra del Golfo fue a Arafat lo que apoyar a Mohamed Morsi fue para Hamas.

Pese a que tras Oslo la OLP se ha transformado en la Autoridad Nacional Palestina, la vieja guardia nacionalista tampoco ha descartado su deseo de destruir a Israel. Esta reticencia a enmendar la narrativa maximalista se ve en el hecho de que el liderazgo palestino no está dispuesto a reconocer a Israel como el Estado judío que es. Lo reconoce como una realidad temporaria, asumiendo que en algún futuro lejano ya no molestará. Si uno es optimista, esto no quita que las partes puedan alcanzar una paz imperfecta. Si uno es pesimista, esto implica que en tanto el odio no se extinga, nunca habrá una paz verdadera.

Sobre la base de lo expresado anteriormente, Hamas puede ser objeto de un juicio similar. En la medida en que necesita mostrarse como una plataforma moderada, lo más probable es que se abstenga de provocar a Israel. En cambio, priorizará perfilarse doméstica e internacionalmente como una plataforma circunstanciada con la realidad regional. En todo caso, el tiempo dirá si será el inicio de una tensada coexistencia. No solamente entre Hamas e Israel, pero entre agrupaciones palestinas también.

En conclusión, la aparente maduración política de Hamas no es signo de que su ideología ha cambiado. Siempre hay pugnas puertas adentro de las organizaciones y no hay razón para suponer que el flamante documento político refleja las preferencias de todos sus miembros. Sin embargo, el caso también marca que ciertos fanáticos pueden llegar a ser pragmáticos cuando los hechos prevalecen sobre ideas inalcanzables.