"El que no tenga pecado que tire la primera piedra". Así, con esa frase, Jesús de Nazaret condenó e impidió un episodio colectivo de violencia de género sobre una mujer que había sido encontrada con un hombre que no era su marido. El criterio disruptivo de Jesús se oponía no sólo a los hombres que estaban allí listos para apedrear a aquella mujer, sino también a la cultura e incluso a las leyes vigentes entonces, que no sólo permitían, sino que mandaban la lapidación en esas situaciones. Pero Jesús rechazó esa acción. Y el modo de evitarla fue evidenciando la vulnerabilidad de todo ser humano… Cristo nos enseñó que él no vino a juzgar ni a condenar sino a sanar a los hombres y las mujeres vulnerables, lastimados por el mal. "El que no tenga pecado que tire la primera piedra" dice Jesús invitando a buscar siempre la justicia, pero nunca la violencia.

Por eso, cuando un cristiano mira los errores, los pecados y los delitos de otros, nunca debe hacerlo desde el odio o la exclusión, sino desde el compromiso de luchar para que se imponga la justicia y para que la dignidad humana sea respetada en todos. Paradójicamente, si sólo nos focalizamos en el rechazo a los corruptos, corremos el riesgo de ser tolerantes con la corrupción.

Hace algunos días, el papa Francisco escribió a los obispos de América Latina un mensaje donde se lamenta por la corrupción en esta región. Decía el Papa: "Uno de los pecados más graves que azota hoy a nuestro continente es la corrupción, esa corrupción que arrasa con vidas sumergiéndolas en la más extrema pobreza. Corrupción que destruye poblaciones enteras sometiéndolas a la precariedad. Corrupción que, como un cáncer, va carcomiendo la vida cotidiana de nuestro pueblo".

Las palabras del Papa y la noticia de una presunta grabación del presidente de Brasil pactando el pago de un soborno nos invitan a pensar sobre la corrupción.

La corrupción afecta hasta los más altos niveles de poder en nuestro país, en nuestra región y en el mundo. Ella es un emergente de la vulnerabilidad del sistema social que la tolera, pero también del corazón humano que yerra buscando la plenitud en el propio bienestar por encima del bien común y del respeto de la dignidad humana. La corrupción existe porque un sistema la tolera, pero también porque un ser humano cree que le es más conveniente el riesgo de incluso perderlo todo frente a la aparente seguridad de acumular bienes de cualquier manera; bienes que en muchos casos son tantos que no podrían ser disfrutados ni en todo el resto de su vida.

Hay corrupción en la política, en las empresas, en los medios de comunicación, en las iglesias, en las organizaciones sindicales y sociales y en los movimientos populares. Hay una corrupción generalizada que lo amenaza todo y quiere destruirlo todo. Será necesario, para combatir la corrupción, ir a la raíz humana: es decir, además de garantizar la acción de la justicia en esos casos (impunidad y corrupción se necesitan mutuamente), trabajar por la educación y la formación en aquellos valores que hacen más plenas a las sociedades y más felices a la vida de las personas. Motivar y desarrollar en las personas una genuina vocación de servicio es el primer antídoto contra la corrupción.

El papa Francisco decía en un discurso a los movimientos sociales, en 2016: "Quienes han optado por una vida de servicio tienen una obligación adicional que se suma a la honestidad con la que cualquier persona debe actuar en la vida. La vara es más alta: hay que vivir la vocación de servir con un fuerte sentido de la austeridad y la humildad". Y añadía: "El que tenga afición por todas esas cosas (las cosas materiales, el espejo, el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, etcétera), por favor, que no se meta en política, que no se meta en una organización social o en un movimiento popular, porque va a hacerse mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola".

La corrupción es una amenaza para todos, por eso la lucha contra ella debe empezar en el propio corazón, en la íntima y firme convicción de que el servicio y el trabajo por el bienestar de todos son a la larga un beneficio más redituable que una cuenta bancaria mal habida o prebendas adquiridas a cualquier precio. La firme convicción de que una vida es plena y feliz no por el valor material de lo que se posee, sino por la profundidad y la sinceridad de los vínculos humanos que se tienen.

Para luchar contra la corrupción es necesario creer que se puede ser verdaderamente feliz. Cuando en la vida hay vacíos interiores, se intenta acumular lo que sea para equilibrar así las carencias. Y acumular siempre es negativo, siempre termina lastimando la dignidad humana y los derechos de alguien. Acumular genera injusticia, genera vacío.

Es justo decir que muchas veces se manipulan los casos de corrupción con malas intenciones. Pero cuando leemos tantos casos que salen en las noticias, además de pensar estrategias legales y sociales para combatirlas, es necesario también auscultar la propia vida interior, para evitar que crezcan esas raíces de vacío, egoísmo y avaricia que entristecen el alma y que son el caldo de cultivo para que empiece la corrupción.

Es evidente que no se trata sólo de un fenómeno de moral individual sino social y estructural. Es evidente que no se podrá luchar contra la corrupción sin cambios estructurales del poder. Pero también es cierto que si no se ataca la raíz misma de la corrupción, que está en el corazón del ser humano, todo cambio será meramente exterior y por ende débil.

El mejor remedio contra la corrupción es un arraigado deseo de bien. De bien en serio. De bien para todos. Un deseo de verdadera felicidad. Porque no ser feliz es el peor de los pecados que un hombre puede cometer.

Para combatir la corrupción es necesario que nunca quede impune. Y también es necesario que todos descubramos la fuerza poderosa del bien, del servicio y del amor genuino y desinteresado. Esa es nuestra utopía: creer en la capacidad que tiene el bien para dar felicidad a la vida.