Cristina da populista, Macri da CEO. Cristina da peronista, Macri da empresario devenido en político 2.0. Cristina da líder mesiánica, Macri da líder tipo charlas TED. Cristina da locuacidad, Macri da pocas palabras. Y así podríamos seguir hasta el infinito en el formato superficial (del "da") etiquetando los perfiles que se nos antojen y que, según la mirada del día, parecería lo pertinente. Ese temperamento frívolo sólo contribuye a aumentar la confusión y a colaborar en el juego del maniqueísmo ficcional en que se nos muestra parcialmente la película política argentina. Por estos días el asunto se complica un poco más con las diversas candidaturas de las próximas elecciones.

La semiótica dirá que somos la imagen que producimos de nosotros mismos, los gestos que se retienen y la fotografía mental que queda grabada en el inconsciente del imaginario colectivo. Imposible no imaginar a Macri hablando de camisa celeste. Imposible no imaginar a Cristina hablando con sus labios con botox. Sí, parecen tonterías, pero de esas tonterías se nutre buena parte de la masa ciudadana para decodificar y opinar sobre el protagonismo de los personajes públicos. No todos leen diarios, plataformas digitales o artículos de análisis. Menos lectura de libros. La masa se moviliza con insumos que le van llegando de costado, rebotes de los grandes medios de comunicación y ahora mucha red social que aterriza en los teléfonos móviles de forma viral.

Por cierto, los troll, los creativos-militantes de casi todos los partidos políticos, los ejércitos de nerds están a diario procurando mover piezas en el ajedrez de las redes sociales para derribar algún alfil, comerse algún caballo y llegar a la reina para tumbar al rey. Ese es el juego. El ajedrez es aleccionador, porque muestra el conflicto que hay en la vida real. El que gana vence a su adversario y canta jaque mate cuando le anula sus movimientos y lo deja sin salida. En política, al igual que en el ajedrez, nunca hay muertos eternos. Cada tenida hace que los jugadores revivan y se introduzcan en una nueva batalla. Sólo la muerte real (en política) sacude a las causas y, a veces, la muerte, si llega oportunamente, puede mitologizar proyectos o personas.

Lo misterioso del juego político es que aquello que el protagonista de la hora pretende casi siempre se parece tenuemente a lo que va logrando con su desempeño. El presidente Mauricio Macri creía que a esta altura el ambiente nacional sería distinto. Y la realidad, en concreto, importa poco. Lo que importa es la percepción de la realidad que se tiene de ella en la sociedad. Y eso es lo que gana la mente ciudadana antes que cualquier otra cosa. El malestar con el Gobierno es económico, no moral y esa convicción es el problema central de la Argentina del presente. Por cierto, cuando la economía cruje sobre las clases medias —las verdaderas revolucionarias siempre por su poder fáctico en la vida cotidiana—, es cuando el río se pone revuelto. Los pobres nunca hacen revoluciones, solamente las empujan detrás de las burguesías; ellos están acostumbrados a padecer. Por eso, cuando salen a vociferar desesperados, y no llevados con choripán y transporte gratuito, es porque ya no queda mucho por hacer. Los pueblos no se suicidan, sólo salen a la calle a gritar su desesperación. Lo vemos a diario en Venezuela.

O sea, las viejas leyes de las funciones latentes de los partidos políticos se siguen cumpliendo a carta cabal: los sectores sociales pujantes y con recursos se aproximan al poder buscando prebendas; la clase media aspira a aceitar la movilidad social para mejorar su calidad de vida y los más pobres pretenden que alguien les satisfaga algunas demandas básicas de sus contextos críticos. Con Cristina o Macri se cumple esta lógica. Los estudios de Robert Merton, en Boston, hace décadas, siguen siendo esclarecedores. Se puede calcar ese mapeo aún hoy, en una sociedad compleja, cruzada, con clases sociales económicas y mentales en montaña rusa permanente y donde las tribus urbanas de todo tipo, en lo cultural, hacen difícil la categorización. Igual allí los partidos políticos argentinos se las ingenian para estar y reinventarse.

Lo paradójico del mundo de Cristina es que podrían equivocarse los que le pronostican ineluctablemente un futuro funesto. No necesariamente será así. Eso es querer ver la realidad como se pretende que sea y no como necesariamente será. Cristina representa una minoría en la Argentina, pero es una minoría que no desciende jamás de un porcentaje de opinión también relevante. Si uno de cada cuatro o cinco argentinos piensa que la dama es el mesías, entonces en cualquier mesa de cuatro o cinco personas hay un cristinista en potencia. Esa persona es binaria, radical, confrontativa y alejada tensamente del universo de valores macristas que engalanan la vida arriba de la grieta. Sí, suena grotesco, pero ¿no es así? ¿Estoy afirmando algo que no vemos a diario? ¿O no visualizamos a los seguidores de Cristina (¿peronistas aún? ¿de veras habrá disociación absoluta?) como personas con ese perfil? La grieta entonces no es una mentira, es un drama porque se instaló en la sociedad toda, dejó de ser un asunto de la élite y pasó a la ciudadanía con los consiguientes riesgos lógicos.

Supongamos, por un segundo, que luego del periplo que la ex Presidente vivirá por los juzgados en un tiempo cercano, termina sentenciada y hasta algún día privada de libertad. ¿Alguno creerá que el Gobierno de Mauricio Macri no motorizó de costado en algún punto semejante asunto? ¿No tenemos la sinopsis light con Hebe de Bonafini y su circo demencial de reproches delirantes? ¿No llama a reflexión todo eso? Sea o no verdad esa imagen, nadie dejará de creer que los jueces actuaron al influjo del tiempo macrista, y allí habrá tormenta. No hay que ser Nostradamus para predecir eso.

Sigamos, por favor. Cristina presa: ¿es su final o el inicio de su martirologio y posterior mitologización? Si fuera privada de libertad, la Argentina institucional tiene que estar muy afirmada en sí misma para semejante desafío. Hablo de la calidad y la robustez de la democracia. Y desde la impresionante muerte del fiscal Alberto Nisman hasta la fecha, ya está visto que en la Argentina hasta lo inverosímil puede suceder. ¿O nos olvidamos las veces que Juan Domingo Perón salió por la puerta de atrás y regresó por la puerta principal?

Seguro que algún colega jurista me dirá: pero la ley es la ley y si se la infringió, entonces la norma penal debe condenarla y aplicarle la sanción por corrupta, por el delito que enmarque su accionar antijurídico, o sea por quebrar el mandato legal al que debía rendirle respeto. Claro, todo esto desde la pluma es sencillo de afirmar, pero en los hechos mandar a un ex presidente preso y que semejante asunto no mueva la estantería de cualquier país no es algo cotidiano. Recuerden Watergate y eran los Estados Unidos, donde los jueces son de verdad, bastante alejados del poder y mandando en serio.

Lo que afirmo, entonces, no es que no debería ser procesada, sino que semejante acto de imperio ante la ruptura del contrato legal que quebró no es un asunto baladí. Sólo una Justicia bien afirmada puede producir esa respuesta, no los empujones mediáticos o la presión de la hora. Y en esos asuntos le va el destino al país. De cualquier forma habrá que tener cuidado con las formas, el momento, la solidez de la sociedad y el armado del discurso de la Justicia ante semejante instancia. Nada debería ser librado al azar.

El capítulo de Cristina en la Justicia no nos debería sonar jamás a vendetta sino a racionalidad jurídica pura. Y eso no es algo que se hace talenteando sino pensando y actuando de manera absolutamente calculada.