La situación de Corea del Norte parece haber llegado a un punto de no retorno, donde las tensiones sólo seguirían escalando en las próximas horas. El desenlace de esta crisis es absolutamente impredecible, con el agravante de que, tal como están dadas las cosas hoy, ninguno de los escenarios de resolución que se avizoran presenta una salida optimista para la paz y la seguridad mundial.

Los principales expertos militares en el tema coinciden en que el escenario de confrontación armada, sin importar quién inicie las hostilidades ni quién finalmente se imponga, desencadenaría una catástrofe con cientos de miles de muertos en la densamente poblada península coreana, además de daños materiales y ambientales inconmensurables.

No hay forma de que Estados Unidos, con el eventual apoyo de sus aliados Corea del Sur y Japón, realice ataques coordinados por las vías militar y cibernética capaces de neutralizar el poder de fuego misilístico de Corea del Norte, sin que esta previamente responda de manera lo suficientemente contundente para provocar un desastre que tendría epicentro en Seúl.

Mientras Kim Jong-un redobla su apuesta innegociable de seguir incrementando su arsenal nuclear con la mira en Occidente, Donald Trump asusta a la comunidad internacional con sus contradicciones, sus vaivenes y las preocupantes muestras de amateurismo en el manejo de lo que sin dudas constituye el asunto más delicado para la política exterior estadounidense. Todo parece indicar que Trump no tiene una estrategia clara sobre esta cuestión y está buscando tapar los fracasos de política interna y relanzar su alicaída imagen desde la política exterior.

En esta suerte de trampa geopolítica ha quedado la China de Xi Jinping, cuyo gobierno ha decidido cooperar con los Estados Unidos, pero insiste con una resolución realista para este grave problema que amenaza con estallarle en su frontera nororiental.

En ese sentido, Beijing sigue oponiéndose a una modificación del statu quo en la península vía acción militar unilateral; propone en cambio la vía pacífica de la doble suspensión para desescalar el conflicto. Esto significa que Pyongyang suspenda sus ensayos nucleares y misilísticos, al tiempo que los Estados Unidos y Corea del Sur también desactiven en contrapartida la instalación del polémico escudo antimisiles de alta altitud (Thaad, por sus siglas en inglés) y los ejercicios militares en la zona que tanto exacerban al régimen de Kim.

China ha ratificado que seguirá proponiéndose como interlocutor con Pyongyang, aunque sin dejar de condenar sus ensayos nucleares en la ONU y otros foros internacionales. Además, China está dispuesta a incrementar las represalias económicas, de ser necesario, tras la dura sanción impuesta en febrero último en la que Beijing suspendió las importaciones de carbón desde Corea del Norte para todo 2017.

Pyongyang depende económicamente en más de un 80% de su vínculo con China y está claro que el ahogo económico podría contribuir a precipitar la caída del régimen. Ahora bien, pese a las presiones de Trump, este escenario de provocar la implosión también tendría un desenlace preocupante y no es avalado por China.

¿Cómo sería el derrumbe de una potencia nuclear y militar al mando de un dictador impredecible, con la mayor parte de sus 25 millones de habitantes hambreados? De mínima, ello podría derivar en una guerra interna por la sucesión, con éxodo masivo de refugiados hacia China y Corea del Sur. Además, China seguramente rechazaría una eventual reunificación coreana formateada por Estados Unidos y sus aliados.

Es coherente entonces China al oponerse a la acción militar unilateral y a la estrategia de ahogo económico, ya que ninguna de las dos vías resolverá el problema, sino que seguramente lo agravarán. Ahora bien, sucede que también es cierto que Kim Jong-un no parece dispuesto a negociar su proyecto nuclear con China ni con nadie, lo que avala el endurecimiento de la postura de Trump.

Mientras tanto, los acontecimientos se siguen precipitando. Sería inminente un nuevo intento del recientemente fallido sexto ensayo nuclear norcoreano. Al mismo tiempo, China efectuó un despliegue masivo de tropas cerca de la frontera norcoreana, si bien lo atribuyó a operaciones de rutina. Por otra parte, en los próximos días se espera la llegada, ahora sí, tras el insólito falso anuncio de la Casa Blanca del 8 de abril, del imponente portaviones USS Carl Vinson y su flota de apoyo a las aguas peninsulares. Japón sumaría apoyo militar a dicha operación.

La pregunta entonces es: ¿cómo combinar el realismo pacifista chino con el amateurismo militarista de Trump frente a la obstinación sin límites que exhibe Kim? Hoy pareciera no haber respuesta para este interrogante. El mundo tan sólo puede aferrarse a la esperanza que genera el buen nivel de diálogo que han establecido Xi y Trump. Pero lamentablemente, por el momento, no hay mucho más a lo que aferrarse.

 

El autor es politólogo (UCA) y magíster en Políticas Públicas (Flacso). Docente universitario (UCA) y director de la consultora Diagnóstico Político.