Los países de Europa occidental, desde la finalización de la segunda gran guerra, en 1945, han ido conformando un espacio común de concordia y paz para dejar atrás los errores y los horrores sufridos durante la primera mitad del siglo XX.

La conjunción de la Alemania Federal de Konrad Adenauer con la Francia de Charles de Gaulle, sumada a la Italia demócrata cristiana, fueron los motores de una Europa democrática no conocida hasta entonces, liberal en lo político pero con leyes sociales que servían para ponerle un escudo al avance del comunismo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que estaba a "sólo una vuelta de Francia" de distancia, según el general De Gaulle.

Las ideas liberales en lo político y sociales en lo económico se fueron afianzando en toda la geografía de la Europa occidental hasta convertirse en un paisaje democrático, socialdemócrata o demócrata cristiano.

Todo ello ocurrió hasta la caída del muro de Berlín, en 1989. Con la desaparición de la Unión Soviética, instrumentada desordenadamente por Mijaíl Gorbachov y liquidada sin pudor por Boris Yeltsin, los europeos pudieron seguir disfrutando de sus años de esplendor durante confortables 50 años (1950-2000).

Alemania se unió y pasó a liderar económicamente la Unión Europea, impuso el euro y todo comenzó a cambiar. Francia pasó a ser la mejor aliada de la primera potencia europea; el mundo bipolar de la finalización de la guerra dejaba de existir. Los irresueltos conflictos del Medio Oriente se extendieron geográficamente y complicaron la paz. Después de la invasión, los atentados terroristas hicieron de Francia su principal objetivo, las migraciones empujadas por el accionar de los gobiernos autoritarios y dictatoriales de Oriente se hicieron masivas, lo que complicó aún más un escenario social agudizado por las migraciones.

En ese marco surgieron con fuerza los partidos nacionalistas y xenófobos, en Francia en primer lugar, luego se fueron extendiendo hacia otros Estados europeos, sin mucho caudal de votos pero con un contagioso nihilismo. Con posterioridad aparecieron los partidos populistas de izquierda, también antiglobalizadores; en Francia, el partido de Jean-Luc Mélenchon, la Francia Insumisa.

El proyecto de integración francés que había funcionado durante los años de la posguerra comenzó a hacer agua. Los nuevos migrantes no querían ser iguales a los franceses, los franceses tampoco los querían. La grieta se hizo visible y se fue ampliando sin que los partidos tradicionales pudiesen evitarla. El odio y la incomprensión hoy forman parte del debate político electoral.

Las elecciones francesas que comienzan el próximo 23 de abril con el primer turno se sitúan precisamente en el medio de las contradicciones descritas, con una sociedad que no encuentra soluciones en los partidos tradicionales (socialismo y RPR), a los que seguramente abandonará. Optará entre dos propuestas populistas, una de derecha, el Front National de Marine Le Pen y otra la izquierda, de Jean Luc Mélenchon (Francia Insumisa), y una tercera liberal, de Emmanuel Macron.

Podemos constatar que, así como la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (Brexit) no se debió a hechos solamente nacionales sino a las consecuencias que trajo la globalización, en Francia ocurre lo mismo. El miedo al terrorismo, a la competencia comercial y económica que viene de Asia, la toma de conciencia de que se perderán los años de comodidad y bienestar son hechos que indudablemente han influido para que los franceses busquen en lo "nuevo" soluciones que sus partidos tradicionales no les brindarán.

Hoy todo Occidente teme la chinización del mundo, Francia también y es por ello que una gran mayoría se encuentra en la oscuridad del pesimismo y la falta de respuestas a fenómenos inexistentes e impensables hasta hace muy poco tiempo, y que su clase dirigente tradicional no puede resolver. El ausentismo en estas elecciones posiblemente sea un récord.

En ese contexto han surgido los políticos oportunistas que con propuestas utópicas y facilistas quieren hacer creer que tienen la solución a todos los problemas y esa solución pasa por el aislamiento y el proteccionismo, recetas que en el pasado demostraron su falta de consistencia y de eficacia y que pueden acercar el riesgo de conflictos bélicos a los que Europa supo escapar estos últimos 70 años.

No obstante, creemos que, en estas elecciones en Francia, la mayoría de sus ciudadanos finalmente elegirá la mejor propuesta, acorde con la realidad y seleccionará el proyecto que más se conecta con las tradiciones de su pueblo, con respeto a las instituciones europeas, sin tratar de "escaparse hacia adelante" con propuestas antiglobalizadoras y fuera del contexto histórico.

Francia necesita de la Unión Europea y el mundo necesita de una Europa con Francia dentro.