El próximo 27 de abril está programada la primera reunión personal entre los presidentes Mauricio Macri y Donald Trump. Ambos comparten no sólo una relación personal y empresarial previa en la década de los noventa, sino también haber sido sorpresas políticas con sus triunfos en las respectivas elecciones. Pocos del círculo rojo de ambos países anticiparon sus victorias.

Todas las fuentes relevantes destacan que la conversación telefónica entre ambos pocos meses atrás fue breve pero en un tono de amistad y empatía, y que la idea de una reunión y un posterior almuerzo lo antes posible no surgió de la ansiedad del mandatario argentino sino de su contraparte, que pasó de la idea original de hacerlo en junio o mayo a agendar para fines de abril.

Macri ha venido destacando en los últimos días la intención de darle un papel central a los temas de comercio e inversiones, lo cual es lógico para una Argentina que de a poco intenta regresar al mundo luego de estar durante los últimos tiempos entre los países más cerrados en términos económicos. Un tema que tradicionalmente despierta interés en los medios y es usado como termómetro por algunos políticos y opinadores es el recurrente y remanido tema de la importación o no por parte de los Estados Unidos de limones argentinos. Luego de dos mandatos en el poder, Barack Obama impulsó en las últimas semanas de su mandato la predisposición a avanzar en esta cuestión. Picardía criolla se diría por estas pampas. Quien debería implementarlo y atender el lobby de las poderosas empresas productoras de cítricos norteamericanas sería la administración Trump.

Lógicamente, la nueva administración congeló la medida hasta revisar el caso. En este sentido, nos podemos remontar a mediados de los noventa, con las inefables referencias a los limones del fallecido canciller Guido Di Tella. Una mirada más amplia nos mostraría que un impacto fuerte y negativo para la inserción argentina en el mundo fue el fin de la hegemonía británica y su reemplazo por la de los Estados Unidos. Más allá de la postura neutral de nuestro país durante la Segunda Guerra Mundial y el malestar profundo que ello provocaba en Washington y luego la decisión de Perón de polarizar con la imagen de Braden y la embajada americana en las elecciones de 1945, un factor central fue y es que la superpotencia militar e industrial es además un megaproductor de granos, aceites, cítricos, carne, etcétera. O sea, un directo competidor del sector más dinámico y productivo de la Argentina.

Por lo tanto, focalizar en la relación bilateral sobre la base de aspirar a que Estados Unidos importe lo que ella misma produce no deja de ser complicado. Eso no implica renunciar a nichos específico como la cuota Hilton, etcétera. ¿Qué temas relevantes podrían formar una agenda de trabajo entre ambos países de aquí en adelante? Uno claramente y más vigente que nunca por las tensiones de estos días en la península coreana, y a futuro con Irán, es la temática de la no proliferación de armamento nuclear. La Argentina es un jugador de primer nivel y respetado en esta materia, con un fuerte y dinámico sector atómico de uso energético y médico. Con un esquema ejemplar de monitoreo mutuo con Brasil. La lucha contra las redes del terrorismo internacional y los flujos del narcotráfico son también materia de interés de ambos países, y contarían con el beneplácito de potencias como Rusia y China.

A nivel regional, la búsqueda de esquemas diplomáticos, políticos y humanitarios para una respuesta solidaria a las consecuencias sociales y políticas de la situación crecientemente desesperante de Venezuela. En estrecha consulta con Brasil y Colombia por sus miles de kilómetros de frontera común con ese país.

En lo que respecta a otras áreas, el intercambio en el sector educativo en especial en universidades y escuelas técnicas, el desarrollo de softwares, el uso pacífico de la Antártida, las energías alternativas y no contaminantes, el desarrollo de la producción de shale gas y shale petróleo que tienen al territorio argentino como segunda y cuarta reserva mundial, según diversos estudios.

Desde ya, el presidente argentino deberá saber navegar una de las mayores, entre tantas, incongruencias del ser nacional criollo. Nos referimos a los altos niveles de imagen negativa que Estados Unidos tiene en las encuestas de opinión en nuestro país. Usualmente ocupa los dos o tres primeros lugares en el ranking latinoamericano, aun antes de la llegada al poder de Trump. Al mismo tiempo, somos el país que rompe récords de pedidos de visas y que puebla en cada vacación las playas y las calles de Miami, Nueva York y Orlando. Ni que decir de las largas colas para comprar un teléfono celular de origen norteamericano. Estas contradicciones abarcan también a personajes de la vida pública argentina que durante el resto del año tienden a tener discursos anti Estados Unidos y destacar las virtudes de optar por una relación más alejada de Washington y, en su lugar, más cercana al bolivarianismo y al castrismo.

Ni que decir de la legítima obsesión nacional por el dólar americano como moneda de ahorro. Más de cien mil millones de ellos fueron blanqueados los últimos meses. Ese rasgo cultural argentino potenciado por la densidad de relato de la década pasada dista de haber llegado a su fin y no debe ser una traba para una política de la Casa Rosada de naturaleza práctica, pragmática y de diálogo sincero para acordar o disentir llegado el caso con la Casa Blanca.

Quizás una de las claves para mostrar al gobierno argentino que esto es posible sin alienar su relación con el electorado es cuando en las encuestas se busca profundizar las fuentes de ese sentimiento reacio de muchos argentinos hacia la superpotencia. El hallazgo no deja de sorprender: Estados Unidos no nos presta la suficiente atención. Un reflejo de una carga emotiva más de despecho que de odio o antagonismo.