La derrota del nacionalismo populista islamofóbico en Holanda dio un respiro a la Unión Europa, cuyas normas y organización vienen siendo castigadas. El Brexit británico fue una amonestación seria para Bruselas y una expresión de temor a la inmigración masiva, votada por los adultos y los viejos, no por los jóvenes ingleses. Curiosamente, aunque el Brexit tuvo en estos días la bendición de la reina, Escocia busca un referéndum para encontrar la soberanía y apartarse del resto de Gran Bretaña. Lo mismo viene sugiriendo Irlanda del Norte, históricamente aliada de Londres. Ni para Escocia ni para Irlanda del Norte el Brexit es negocio, porque gran parte del intercambio económico de las dos regiones con el continente es esencial para sus vidas.

La luz roja se había prendido en un país de larguísima tradición de tolerancia. En Holanda se refugiaron los judíos que huían de la España isabelina que los había expulsado en 1492 y abrió las puertas a los hugonotes, los protestantes franceses que casi tomaron el poder en el siglo XVI, luego asesinados y perseguidos por los católicos. Otro lugar donde los hugonotes tiraron anclas fue la Suiza francesa y dieron origen a uno de sus principales ingresos en aquellos tiempos: crearon la industria relojera. Ginebra se convirtió en capital de ese progreso en distribuir las horas del día.

Pero que el rubiecito holandés Geert Wilders rodeado de gran cantidad de guardespaldas haya perdido su caudal electoral de 24% en la última elección al 14% actual significa que su lenguaje crudamente racista en un país que ya tiene inmigración musulmana de segunda generación no fue comprado por un electorado que, especialmente en la capital, Ámsterdam, y alrededores, es multirracial y europeísta.

Geert Wilders fue el cuco que asustó al Viejo Continente con sus discursos donde escupía odio, resentimiento y violencia. Pero es bueno tener en cuenta que Wilders no es el único, ni el racismo, el nacionalismo a ultranza y el antisemitismo, un patrimonio holandés. Toda Europa está contaminada por la misma droga de intolerancia. No sólo la Europa occidental sino también la oriental y —oh, sorpresa— el mismísimo mundo báltico, históricamente democrático, abierto a ideas de tolerancia y buena vida. Ideas que han sido invadidas de crueles propuestas que recuerdan, por los encendidos discursos de sus líderes, a la década del treinta del siglo pasado, la que preparó la masacre de la Segunda Guerra Mundial.

En esa década Europa estaba fragmentada, el fascismo nacionalista extremo se había instalado en los principales países y el comunismo amenazaba con arremeter. Los occidentales democráticos vivían con miedo entre distintas corrientes. Por un lado, al autoritarismo reaccionario sin límites y por otro, al totalitarismo de la Unión Soviética. Cada país se resguardaba detrás de sus fronteras, había demasiado proteccionismo, demasiados odios y viejas cuentas a saldar. Y excesivo miedo.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial todos apoyaron un proyecto común de pacificación y de negocios, por supuesto. Así nació la Unión Europea, cuya principal propuesta fue: "Hagamos plata, revivamos el continente de las ruinas y evitemos nuevas guerras a través de un intercambio expresivo y creativo".

El euro, que se introdujo el 1º de enero de 1999, ayudó también a aquellos propósitos, aunque los problemas comenzaron a sentirse cuando la unión impuso nuevas normas financieras rígidas a todos sus integrantes. Fueron pautas financieras que muchos no pudieron cumplir y sus dirigentes políticos tomaron la mentira a Bruselas como estandarte.

Esas mentiras, más la crisis financiera de 2007-2008, multiplicó los problemas. Cayeron en el precipicio Grecia e Irlanda, y en el borde del abismo quedaron España e Italia. Irlanda logró salir y levantar vuelo, los otros, no. La acumulación de bonos basura los acorraló y no pudieron frenar a tiempo las pérdidas crecientes. Hoy, los bancos italianos tienen deudas por 300 mil millones de euros y no pueden hacerles frente. Además, el gobierno siempre tambaleante de la bota no tiene con qué ayudarlos.

Fue la ola inmigratoria que vino junto con la crisis la misma que generó una angustia colectiva. Temor a perder el empleo, caída del ingreso, fin de varias prebendas que gozaban los obreros clasificados, negocios que se fueron cerrando por falta de mercados y caída del consumo signaron los nuevos tiempos. Ningún economista consigue sugerir un camino fácil para dar vuelta toda esta mala suerte.

De allí que se haya instalado, como en la década del treinta, esa derecha xenófoba que no da tregua y que se hará presente en Francia con Marie Le Pen en unas próximas elecciones y el Movimiento 5 Estrellas en Italia, fundado por el actor cómico Beppe Grillo y Gianroberto Casaleggio, agrupaciones eurescépticas que pregonan contra la corrupción y la democracia directa. Para el Parlamento Europeo de 2014 Grillo consiguió el 21% de los votos, algo así como seis millones de votos.

Los de 5 Estrellas se ingresaron a otros grupos de extrema derecha como Demócratas de Suecia, la formación checa Partido de los Ciudadanos Libres y a la Unión de Verdes y Agricultores verde. El nacionalismo semifascista ya está presente en varios de los países que formaban parte del mundo comunista bajo la égida de Moscú.

Europa es una cuestión seria. Y la otra es Donald Trump, que está cumpliendo con gran parte de su programa que pone en peligro las relaciones internacionales y comerciales en el mundo. Todo junto, en un mismo paquete. Una bomba debajo de la silla.