1. El problema no es que haya paros docentes. De hecho, en muchos países desarrollados y que ocupan lugares muy destacados en las pruebas PISA de calidad educativa, también hay paros docentes. Para erradicarlos completamente, la solución sería disolver a los sindicatos docentes importantes, como sucedió recientemente en Ecuador: una medida política que vulnera derechos humanos, laborales y de participación ciudadana y que sucede en sociedades en las que una democracia avanzada constituye un lejano ideal.

2. El problema es que en la Argentina ya hace muchos años que los paros docentes se multiplican y no consiguen resolver los problemas que los generan. Es así que frente a una nueva huelga docente sólo hay que esperar que se produzca una huelga más, otra subsiguiente y así de seguido: el paro docente argentino no permite establecer un piso en el que se delimiten disensos y se consigan consensos básicos sino que es, apenas, un momento más en una larga retahíla de conflictos que forman parte de la espiral de declive de la educación. Un eterno retorno en el que nunca se termina de conformar una base común de acuerdos y proyectos. Una frustración de la que sólo se espera una nueva frustración

3. A estas alturas, ya no es suficiente criticar a los dirigentes sindicales como "irresponsables a quienes no les interesa la educación de los chicos" ni reclamarles humildad a los funcionarios que se autodefinen, orondos, como "expertos negociadores gremiales". Aunque sindicalistas y funcionarios sean solidarios en el colapso educativo, el problema los supera ampliamente: nuestra sociedad falla en ofrecer un proyecto político-educativo de real renovación mientras gobiernos de nacionales, de casi todas las provincias y de todos los colores políticos y sindicatos de diversa orientación y organización coinciden en enrostrarse recíprocamente un conjunto de responsabilidades que, ya no caben dudas, los exceden por completo.

4. Lo más lamentable de estos días son las peroratas contra el conjunto de los educadores. Se los tilda de incapaces, mal formados o mediocres, como si fueran una excepción en una sociedad que solo admite la excelencia. Se acude al ejemplo de Finlandia como si la Argentina fuera Finlandia: ¿alguien cree que el sindicato docente de Finlandia no haría paros si sus afiliados trabajaran en escuelas públicas argentinas?

5. Este escenario es muy regresivo para la educación porque deslegitima, otra vez, la autoridad de los docentes. No nos sorprendamos mañana con otro hecho de violencia contra algún educador.

6. Un día de clases es sagrado, especialmente para los sectores sociales más vulnerables y por eso los efectos de los paros docentes se resienten más en los sectores sociales de menores recursos y especialmente en las escuelas públicas de las barriadas populares, dado que en la mayoría de las escuelas privadas las clases no se interrumpen. Este es el motivo por el que no acuerdo con los paros docentes en general ni con este nuevo en particular.

7. Pero convengamos que echarle toda la culpa del incumplimiento de los días de clase a los gremialistas es muy útil en la retórica narcótica de los funcionarios, pero, lamentablemente, es una idea muy discutible: los nuevos feriados y los feriados puente no son decididos por los sindicalistas como tampoco las "jornadas" docentes, la mala organización del calendario escolar o las fechas de exámenes. La pérdida de tiempo escolar por problemas edilicios, de mantenimiento o de cortes de suministro de agua no parece ser responsabilidad de los gremialistas.

8. Y mientras todo esto ocurre, la agenda de reforma educativa argentina ni siquiera arranca a debatir problemas básicos tales como la organización de la escuela media (que es de las primeras décadas del siglo XX) el abandono escolar que se profundiza en adolescentes varones pobres, o las condiciones escolares y de trabajo docente que son de 1958. La calidad educativa puede esperar.

9. Tengamos muy en cuenta que en estas paritarias no se discuten aumentos salariales sino, apenas, actualizaciones inflacionarias. Los aumentos salariales de los docentes son, desde hace 60 años, únicamente por antigüedad por lo que no se estimula ni la innovación, ni el título de posgrado ni el compromiso social sino el mero paso del tiempo: es el peor sistema de todos y este año tampoco está en discusión

10. Como puede verse, las escuelas y los alumnos esperan cambios en serio. Hay tanto por hacer, tanto por soñar, que ni siquiera este nuevo traspié debería condenarnos a una nueva frustración.

El autor es profesor de la Universidad Torcuato Di Tella. Su último libro es "Un mundo sin adultos" (Debate)