El 14 de enero, con motivo de un incidente sin parangón en los anales de la diplomacia, se suscitó una escalada diplomática entre Serbia y Kosovo, y ahora alcanzó el grado de amenaza militar. Todo comenzó cuando un tren partió desde Belgrado con destino a Mitrovica, una ciudad kosovar étnicamente dividida, situada en una región predominantemente habitada por serbios. El tren está pintado con los colores de la bandera Serbia y lleva la leyenda "Kosovo es Serbia" en una veintena de idiomas. Por dentro, está decorado con motivos ortodoxos, que contrastan con la identidad musulmana de los kosovares. Evidentemente, más que puentear las diferencias y conectar a ambas entidades, el tren pretendía una provocación simbólica. Como era de esperar, los kosovares le denegaron la entrada al vehículo, que terminó parando antes de cruzar la frontera de la antigua provincia serbia.

El primer ministro de Kosovo Isa Mustafa dijo que no permitiría que la soberanía de su país fuera molestada por máquinas que traen "un mensaje de ocupación". Subsecuentemente, con ortodoxos protestando en las calles de Mitrovica, el presidente serbio Tomislav Nikolic aseguró que defendería "cada pulgada" de su país, lo que fue interpretado por su contraparte como una amenaza directa. Tras movilizar a sus fuerzas de seguridad a la frontera, el presidente kosovar Hashim Thaci alertó que Serbia pretende anexar la región de Mitrovica usando "el modelo de Crimea". ¿Será esto un presagio de guerra? ¿Será la primera crisis internacional a la que se enfrentará Donald Trump?

Kosovo declaró su independencia de Serbia en 2008 gracias al respaldo de Estados Unidos. Se trata de un país parcialmente reconocido por la comunidad internacional, con una población de aproximadamente dos millones de habitantes, la gran mayoría de los cuales son étnicamente albanos. El desgarrador conflicto en los Balcanes, particularmente durante el último bienio de la década de 1990, manifestó que serbios y albanos difícilmente podrían reconciliarse. Sólo la intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) logró poner un alto a la violencia, pudo expulsar a las fuerzas serbias del territorio que hoy compone el nuevo Estado. Este desarrollo llevaría a una administración interina de Kosovo por parte de las Naciones Unidas, lo que finalmente devino en la autodeterminación de los kosovares-albaneses.

Serbia, secundada por Rusia, protesta desde entonces frente a lo que siente como un ultraje sobre su soberanía. ¿Qué tan justo o legal era que una histórica provincia serbia declarase su independencia?

En 2010, la Corte Internacional de Justicia emitió una opinión al respecto. Amparándose en el principio de autodeterminación, entendió que la estadidad kosovar no violaba el derecho internacional. Aunque los serbios aún creen que "Kosovo es Serbia", la decisión del tribunal allanó el paso para dar lugar, en 2013, a una suerte de reconocimiento tácito, posible mediante mediación europea. Con este acuerdo, Serbia reconocía la jurisdicción de las instituciones kosovares a cambio de ciertas garantías para los serbios que quedaron dentro de Kosovo.

La crisis del tren tiene dos trasfondos, uno político, limitado a la coyuntura de Serbia, y otro geopolítico, relacionado con la proyección de poder de Rusia. El primero se explica en el interés que tendría el presidente serbio en atraer votos nacionalistas de cara a las próximas elecciones en abril. La política doméstica de distintos actores siempre juega algún papel en el desarrollo de crisis internacionales; y, en este sentido, la provocación serbia podría ser parte de una estrategia de campaña. El rival de Nikolic, Vojislav Seselj, es un ultranacionalista que se posiciona gracias a una retórica dura que aún resuena en la sociedad. Sin embargo, el Presidente no tiene un perfil demasiado diferente. Aunque es visto como un moderado, Nikolic comparte el mismo revisionismo ideológico. Desde este lugar, el tren "Kosovo es Serbia" es una jugarreta cínica con una finalidad interna antes que externa.

El segundo trasfondo tiene que ver con una perspectiva más amplia. Kosovo es un pequeño bastión prooccidental en los Balcanes. En Pristina, la capital kosovar, yace una estatua de Bill Clinton erguida en reconocimiento por su papel a la hora de frenar la mano de Serbia durante el conflicto yugoslavo. También hay una calle en honor a George W. Bush que hace de Kosovo el único país mayoritariamente musulmán en homenajear al expresidente que puso tropas en dos países islámicos. Este sentimiento proestadounidense choca con los anhelos estratégicos de Rusia. Desde la perspectiva del Kremlin, el fin de la pax sovietica posibilitó el gran sismo regional que concluyó con la desintegración de los Balcanes. Lo que es más, la caída de la Unión Soviética viabilizó la expansión de la OTAN, y el afincamiento de la influencia europea y estadounidense en la región, en detrimento de los intereses rusos.

Rusia se toma muy en serio el alineamiento internacional de los países balcánicos. Por eso, en la medida en que el también pequeño Montenegro busque integrarse al bloque occidental, Rusia intervendrá de alguna manera para truncar el proceso. Vladimir Putin ya ha demostrado muchas veces que no teme jugar sucio para hacer valer sus designios. Mientras la atención mundial giraba en torno a las Olimpíadas de Beijing de 2008, Rusia lanzó su ofensiva en el Cáucaso meridional, lo que facilitó la independencia de las regiones prorrusas que querían separarse de Georgia. Más tarde, cuando en 2014 los televidentes miraban los juegos olímpicos de Sochi, Putin inició su invasión de Crimea. En suma, por encima de cualquier consideración legal o principio internacional, Rusia busca retomar a las glorias pasadas y recuperar hegemonía sobre su patio trasero.

Tomando en cuenta este contexto, no es inconcebible que Moscú busque fomentar los lazos con Serbia mediante la injerencia militar, a los efectos de incrementar su influencia y disuadir a políticos antagónicos que buscan mejores vínculos con Occidente a costas de Rusia. No por poco Kosovo está pidiendo ayuda a Estados Unidos y a la Unión Europea. En Pristina se asume como muy real el prospecto de que Mitrovica sea a Kosovo lo que Crimea es a Ucrania. Gracias a la ambivalencia y la aversión que tienen los europeos y los estadounidenses a enfrentarse con Putin, el escenario de una incursión armada es plausible, porque hasta ahora el Kremlin siempre se salió con la suya.

La hipótesis de conflicto también contempla el factor Donald Trump, una de las variables más importantes en cualquier cálculo estratégico. Hay un gran resquemor por la falta de transparencia en la relación entre Putin y el flamante presidente republicano. Durante sus interlocuciones, incluyendo el discurso de inauguración, Trump dejó en claro que su agenda de exteriores será menos intervencionista y que Estados Unidos no será el juez de los intereses de otras naciones. También aseveró que la OTAN es cosa del pasado, sugirió que es una alianza "obsoleta", que consume demasiados recursos sin darle a Estados Unidos nada a cambio. Como resultado, parecería que Trump no estaría muy interesado en el embrollo de los Balcanes. Todo lo contrario, probablemente delegue la responsabilidad en una Europa que ya ha demostrado ser inerte frente a la beligerancia del oso vecino.

Hay en juego otra consideración muy importante. Se trata de un incentivo que podría mover a los rusos hacia la guerra, a escalar el conflicto y a invadir territorio kosovar. Me refiero a poner a la OTAN en duda existencial, lo que provocaría su desmoronamiento. Aunque el pequeño Estado no es una parte formal, se concede que es un apéndice de la alianza. La paz entre ortodoxos y musulmanes no está preservada por cascos azules de las Naciones Unidas sino por 4.300 efectivos del bloque atlántico, lo que conlleva una clara advertencia. Si Serbia y Rusia agreden a Kosovo, estarían exponiéndose a hostilidades generalizadas con Occidente. Difícilmente importe que España y Eslovaquia, miembros de la OTAN, no reconozcan la independencia kosovar. No obstante, sí importa que —con Trump en Washington— la determinación por mantener a raya al eje eslavo fuera mínima o bien obsecuente a Moscú. Por ello, si Mitrovica cae bajo ocupación serbia sin que haya una respuesta occidental lo suficientemente contundente como para revertir la situación, Putin exhibirá una victoria estratégica inmensa. Dejará en evidencia que la OTAN ya no es lo que era, que ya no tiene el mismo poder de disuasión que poseía hasta la llegada de Barack Obama.

A grandes rasgos, la humillación o la inacción de la OTAN alterarían significativamente el balance estratégico en Europa. Rusia sólo necesita que Estados Unidos y los países europeos acepten la anexión de Mitrovica por parte de Serbia como un fait accompli, un hecho que ya está dado y que por lo tanto hay que aceptar. No interesa que cuestionen la legitimidad de la ocupación. Más aún, los precedentes como las circunstancias apuntan a que esto es tal cual lo que podría suceder durante 2017. Rusia se justificaría del mismo modo que en Ucrania, alegando que busca proteger a los suyos y recuperar la unidad entre hermanos de la misma etnia.

Por lo pronto, hay indicios de que el escenario bélico está sobre la mesa. En noviembre se llevaron a cabo ejercicios militares ruso-serbios bajo el nombre de "hermandad eslava", y Moscú decidió regalarle un arsenal multimillonario a Belgrado: seis cazas MiG-29 polivalentes, treinta tanques T-72S y treinta vehículos de reconocimiento y combate. Además, refiriéndose a la crisis, el ministro de Exteriores ruso, Sergey Lavrov, instó a Albania a abstenerse de socorrer a Kosovo, sugiriendo que eso podría precipitar la guerra. Así y todo, para el ministro el verdadero agresor es Occidente, porque busca imponer sobre los Balcanes los supuestos valores europeos "en un paquete poscristiano nuevo y moderno".

De explotar el polvorín, la anexión de Mitrovica reafirmaría los lazos entre Rusia y Serbia, disipando cualquier duda sobre la orientación estratégica de esta última. Paralelamente, el presidente Nikolic podría asegurarse una victoria política que, de la mano de Putin, lo catapultaría hacia un incontestable mando autocrático. Ahora bien, incluso si no estalla la guerra, es manifiesto que las preocupaciones de Pristina están más que justificadas. En este aspecto, el incidente del tren podría ser, en términos del jefe de inteligencia kosovar, "una de las tantas provocaciones que Serbia podría utilizar" para desestabilizar a su vecino.

En todo caso, los kosovares tienen que tener cuidado de no morder el anzuelo y no caer en la trampa de responder con vigor a una provocación. Para avanzar sus intereses, el Kremlin suele recurrir a las mismas jugadas. En el momento en que los serbios aleguen que sus correligionarios ortodoxos en Kosovo están siendo oprimidos en Mitrovica —sus derechos violados—, Moscú articulará la necesidad de truncar los planes de supuestos terroristas con base en territorio kosovar. Si esto sucede, un nuevo conflicto en los Balcanes estará a la orden del día.

 

@FedGaon

 

El autor es licenciado en Relaciones Internacionales, consultor político y analista especializado en Medio Oriente. Su web es FedericoGaon.com.